Luego, escuché a Andreas decirle a su mejor amigo, Mark, que, aunque me amaba, no podía abandonar a Annabelle, su amiga de la infancia, que ahora era la madre de su heredero. Fríamente declaró: "Ella me entiende, y con eso basta. Me aseguraré de que Jewell nunca tenga un hijo. Annabelle tendrá a mi heredero, y Jewel tendrá mi amor. Es la única manera".
Mi matrimonio de cinco años era una mentira. Yo era la otra mujer, y me estaban borrando lentamente. La idea era humillante, absurda.
Salí tambaleándome del hospital, con la mente dando vueltas. Sabía que Andreas era posesivo y no me dejaría ir fácilmente. Necesitaba ayuda. Con dedos temblorosos, busqué en mi celular un nombre que no había marcado en diez años: Cassidy Farrell, mi antiguo amor de la secundaria.
"Esa oferta de ayudarme a desaparecer, ¿sigue en pie?", susurré.
Capítulo 1
Era nuestro quinto aniversario de bodas.
Andreas Cordova, mi esposo, me entregó un pequeño envase.
"Tus suplementos, Jewel".
Me dedicó una de esas sonrisas perfectas y encantadoras que solían hacer girar mi mundo. Él era un arquitecto brillante, un hombre al que todos admiraban, pero para mí, era simplemente mi esposo.
"Gracias, Andy", respondí mientras tomaba las pastillas con un vaso de agua.
Durante los últimos dos años, él me había acercado estas "vitaminas personalizadas" todos los días. Decía que eran para mi salud, para mantenerme fuerte mientras trabajaba en mis películas independientes. Nunca lo cuestioné, confiaba en él por completo.
El problema era que, últimamente, me sentía rara. Cansada todo el tiempo y con un dolor extraño en el estómago. Así que concerté una cita con el médico y llevé el envase de las pastillas por si acaso.
Luego de mirar las pastillas y el reporte del laboratorio de mi análisis de sangre, la expresión de la doctora Evans se tornó seria.
"Señora Cordova", comenzó, con voz suave. "Estas no son vitaminas".
Esperé que continuara.
"Son unos anticonceptivos muy potentes".
La sala se quedó en silencio. El aire se volvió denso, difícil de respirar.
"¿Qué?", me escuché decir. "Eso no es posible. Estamos intentando tener un bebé".
"Estas pastillas no lo permitirán", replicó, con los ojos llenos de compasión. "Están diseñadas para un uso a largo plazo, para asegurar que no haya posibilidad de concepción".
Mi mente se quedó en blanco. No tenía sentido. Andreas me amaba. Él quería tener una familia tanto como yo. Hablábamos de nuestros futuros hijos, de cómo se llamarían, de cómo se verían.
"Tiene que haber un error", insistí, con la voz temblorosa. "Mi esposo no...".
La doctora Evans suspiró. Parecía dudar.
"Jewel... conozco a tu esposo, Andreas".
La miré, confundida.
"Soy colega de él, bueno, de la firma. En realidad, mi esposo trabaja ahí. Asistimos a los mismos eventos de la empresa".
Un escalofrío comenzó a recorrer mi espalda.
"Hace unos días, hubo una celebración en el hospital por la nueva ala pediátrica que su firma diseñó".
Respiró hondo antes de continuar.
"Él estuvo allí. Con su esposa".
Esa palabra quedó flotando en el aire. Esposa. Yo era su esposa.
"No entiendo", susurré.
"Su esposa, Annabelle Downs", dijo la doctora Evans, con la voz más baja. "Acaban de tener un bebé. Andreas lo cargaba. Todos los felicitaban".
Tras decir eso, sacó su celular y me mostró la foto de una red social. Era una imagen grupal. Andreas estaba en el centro, y se lo veía radiante. En sus brazos, un recién nacido. A su lado, sosteniéndolo del brazo, había una mujer que reconocí. Annabelle. Esa "amiga de la infancia" que él mencionaba de vez en cuando, la hija de un amigo cercano de la familia. Siempre decía que era como una hermana para él.
Pero en la foto, ella lo miraba con una devoción absoluta. Parecían una familia perfecta.
El mundo comenzó a dar vueltas a mi alrededor. Las palabras de la doctora se apagaron hasta convertirse en un ruido sordo. Una mentira. Toda mi vida, mi matrimonio de cinco años, era una mentira.
Salí tambaleándome del consultorio, aturdida. No sé cómo terminé en un pasillo silencioso del hospital, encogida en un banco. Mi celular vibró. Era Andreas. Lo ignoré.
Entonces escuché su voz. Pero no provenía del celular, sino de la vuelta de la esquina. Estaba hablando con alguien.
"Mark, tienes que ayudarme a mantener esto en secreto".
Mark era su mejor amigo.
"Andreas, esto es una locura", dijo con una voz que sonaba estresada. "No puedes seguir mintiéndole a Jewel. Annabelle tuvo a tu hijo. Tienes que elegir".
Luego de un largo silencio, Con un dolor que, por un segundo aterrador, creí que era real, Andreas dijo:
"No puedo elegir. Amo a Jewel. No tienes idea de cuánto la amo. Estar con ella es como respirar. Pero en cuanto a Annabelle, bueno, ella ha estado conmigo desde que éramos niños. Mi familia, su familia... no puedo abandonarla. Mucho menos ahora".
"¿Entonces cuál es tu plan?", preguntó Mark. "¿Annabelle tiene a tu hijo, y Jewel se queda con qué? ¿Con nada?".
Las siguientes palabras de Andreas me helaron la sangre.
"Me tiene a mí", declaró, con una voz que se volvió fría y dura. "Y con eso basta. Me aseguraré de que nunca tenga un hijo. Así, Annabelle tendrá a mi heredero y Jewel tendrá mi amor. Es la única manera".
La única manera.
La crueldad de eso, la destrucción calculada de mis sueños, de mi cuerpo, de mi futuro, rompió algo dentro de mí.
El aire en mis pulmones se convirtió en algo tóxico. Jadeé, traté de respirar, pero mi pecho era un bloque de hielo.
Mi celular vibró de nuevo. Era un mensaje de Andreas.
"Cariño, ¿dónde estás? Estoy preocupado. Te amo".
Al leer esas palabras, un sollozo ahogado y silencioso me atravesó. Amor. Él no conocía el significado de la palabra. Su amor era una jaula. Su amor era un veneno que me daba todos los días.
Todas las pequeñas inconsistencias, los viajes de negocios repentinos, las veces que no podía localizarlo... de pronto, todo encajó. Él no estaba construyendo una vida conmigo. Él llevaba dos vidas separadas, y yo era la que se mantenía en la oscuridad, a la que borraban lentamente.
Yo era la otra mujer.
El pensamiento era tan absurdo, tan humillante, que casi me hizo reír. Después de cinco años de matrimonio, yo era la amante.
Mi mente sentía que se resquebrajaba. No podía gritar. No podía llorar. El verdadero colapso es silencioso. Es el momento en que te das cuenta de que los cimientos de tu mundo entero son de arena, y que la marea está subiendo.
Otro mensaje. Esta vez, una foto. Provenía de un número desconocido. Era una imagen de Annabelle, cargando a su bebé, sonriendo a la cámara con aires de suficiencia. El pie de la foto decía: "Esta noche está con su verdadera familia. No lo esperes".
No lo borré. Solo me quedé mirando.
Él no era mío. La vida que creía que teníamos no era mía. El futuro que soñé no era mío.
De acuerdo. Él podía quedarse con todo. Podía quedarse con absolutamente todo.
Pero yo conocía a Andreas. Sabía que su amor era posesivo. Él nunca me dejaría ir voluntariamente. Necesitaba ayuda.
Con los dedos temblorosos, recorrí mis contactos. Me detuve en un nombre al que no había llamado en diez años. Cassidy Farrell.
Mi antiguo amor de la secundaria. Aquel que me dijo, el día antes de que me fuera a la universidad, que su oferta siempre estaría en pie.
El celular sonó una, dos veces, hasta que contestó.
"¿Jewel?". Su voz era más grave, pero la reconocí al instante.
Unas lágrimas, que no sabía que me quedaban, comenzaron a caer. Mi voz sonó como un susurro quebrado.
"Cassidy... soy yo".
Tomé aire y continué.
"Esa oferta de ayudarme a desaparecer, ¿sigue en pie?".