Libros y Cuentos de Bing Xia Luo
Cuando el Amor Se Quiebra
El aroma a pan recién horneado siempre había sido mi refugio, un recordatorio de la vida simple que amaba, incluso mientras la fortuna de mi esposa, Sofía, crecía exponencialmente. Éramos Ricardo, el panadero humilde, y Sofía, la magnate de la moda; un contraste que, según ella, nos hacía fuertes. Pero esa fortaleza se desmoronó cuando un reloj de lujo, un regalo para su joven asistente Luis, se convirtió en el símbolo de una traición pública. Lo vi en la panadería, entregándole el costoso reloj con una familiaridad hiriente, como si celebraran un secreto que no me incluía. Intenté hablarlo esa noche, pero Sofía, con una frialdad que me destrozó, desestimó mis sentimientos, acusándome de celos infantiles. Años de lealtad, de construir su imperio hombro con hombro, se desvanecían bajo la sombra de un descarado favoritismo. El desprecio se hizo público en la fiesta anual de la empresa. Luis, exhibiendo un nuevo y más caro reloj aún, se jactaba de la "generosidad" de Sofía, mientras ella nos observaba y giraba la cara. Escuché los murmullos, las miradas de lástima de los demás, confirmando que mi humillación era el espectáculo de la noche. ¿Cómo podía la mujer que me prometió un "nosotros contra el mundo" pisotear nuestra promesa con tanta indiferencia? ¿Era ciego o el único que no veía que este hombre ponía en peligro todo lo que habíamos construido? La ira y la decepción se fusionaron en una decisión fría: Sofía no solo había roto una promesa; había declarado la guerra. Y yo, el Vargas que nadie conocía, estaba a punto de recordarle al mundo lo que significa el verdadero poder.
El Guardaespaldas que Salvó mi Alma
La furgoneta me dejó tirada en una nube de polvo, mi cuerpo temblaba, mi traje de flamenca hecho jirones. Ni el dolor de las piedras ni el calor sofocante podían apagar el vacío inmenso dentro de mí. Un Mercedes negro se detuvo y, para mi horror silencioso, Mateo, mi hermanastro, me recibió con desprecio, regañándome por mi "aspecto vergonzoso" que dañaba el "orgullo familiar". Mientras me arrastraban de vuelta a la mansión, una jaula dorada, recordé las risas de mis secuestradores: "Tu hermanito no tiene prisa por pagar... 400.000 euros es mucho por una bailaora adoptada". Días después, mi padre adoptivo me entregó una vieja guitarra, la única herencia de mis padres biológicos, valuada en 400.000 euros: la misma cantidad exacta del rescate. Mateo lo sabía; él me había dejado pudrirme. La humillación culminó cuando mi hermanastro intentó arrebatarme mi último refugio: mi estudio de baile. En ese momento, una furia gélida encendió una decisión inquebrantable en mi pecho. Ya no era una víctima; era hora de huir y que el mundo supiera la verdad.
