El restaurante era pequeño y acogedor, con paredes de ladrillo visto y una tenue iluminación dorada. Humanos y lobos compartían las mesas sin que nadie tuviera que anunciar qué era. Por eso llevaba tres años viviendo en aquel distrito. Allí, a nadie le importaba que fuera la hija del alfa de la manada Whitlock ni que careciera de aroma.
Allí solo era Wendy Vance: una asistente de ventas con un apartamento alquilado, un coche de segunda mano y una mejor amiga empeñada en no dejarme renunciar a la idea de formar una familia.
Tres años atrás, aún creía que el amor debía hacerte sentir segura. Entonces Drexel Pace eligió a Mabel, y la historia se extendió por todas las manadas cercanas antes de que yo alcanzara siquiera los límites del territorio. Que yo era demasiado fría. Que lo había ahuyentado. Que debería haber agradecido que alguna vez me quisiera.
Había confiado en que mi padre me protegería. En que alguien saldría a buscarme cuando desapareciera.
Nadie lo hizo.
Así que corrí hasta que el distrito humano me engulló por completo. Después construí una vida lo bastante pequeña para que nadie pudiera arrebatármela de nuevo.
-Esta será la última -le advertí.
La puerta se abrió y, en cuanto aquel hombre entró, toda la sala pareció reorganizarse a su alrededor.
Era alto y de hombros anchos. Llevaba un abrigo negro de corte impecable. Cabello oscuro, facciones afiladas y unos inquietantes ojos azul hielo. No se movía como un lobo común. Había demasiado control en cada gesto, demasiado poder contenido de manera deliberada.
Las conversaciones se apagaron. Las cabezas se volvieron hacia él.
Yo llevaba años aprendiendo a reconocer el peligro antes de que pudiera alcanzarme, y todos mis instintos me advertían lo mismo: aquel hombre era peligroso.
Entonces percibí su aroma.
Cedro negro. Humo frío. Piedra empapada por la lluvia.
Wraith se lanzó contra mis costillas con tanta fuerza que aferré el vaso hasta que los nudillos se me pusieron blancos.
«Compañero».
La palabra me atravesó una y otra vez. Apenas oí a Nell susurrar mi nombre.
Él cruzó el salón y se detuvo junto a nuestra mesa. Durante un segundo imposible, creí que podría reconocerme.
Pero no lo hizo.
Nadie podría hacerlo jamás.
Yo era una loba sin aroma.
Inclinó la cabeza con cortesía.
-¿Señorita Vance?
-Sí.
-Cassian Vey.
Pronunció su nombre como si esperara que lo reconociera. Sin embargo, yo me había acostumbrado a evitar las noticias de las manadas, los titulares de negocios y cualquier cosa relacionada con la vida de la que había huido. Me limité a apartar la silla para hacerle sitio.
Nell ya se había puesto de pie, y las patas de su silla chirriaron contra el suelo.
-Acabo de recordar que tengo que ir a un sitio. -Se inclinó hacia mí y susurró-: No entres en pánico. Es guapísimo.
Luego le dedicó una sonrisa.
-Soy Nell. Trátala bien.
Cassian arqueó apenas una ceja.
-Esa era mi intención.
Se sentó, se quitó los guantes y los dejó junto al plato. Una cicatriz tenue le atravesaba el dorso de la mano derecha. Se dio cuenta de que la observaba, pero no trató de ocultarla.
-¿Nos conocemos? -preguntó-. Me resultas familiar.
-Tengo una de esas caras.
La respuesta me salió demasiado rápido. Cassian me sostuvo la mirada un instante más de lo necesario, aunque al final decidió dejarlo pasar.
«Díselo». Wraith no dejaba de pasearse dentro de mí. «Es nuestro».
«No puede olernos», le respondí.
Ella gruñó.
Cuando llegó el camarero, Cassian pidió un filete y café solo. Yo elegí pasta porque era la opción más segura del menú y porque las manos aún me temblaban bajo la mesa.
No preguntó por mi familia. Tampoco quiso saber por qué una mujer con mi porte se dedicaba a archivar informes de ventas en un distrito humano, ni me miró con lástima cuando le conté que no tenía parientes cerca.
Sus preguntas fueron más difíciles.
-¿Qué esperas de un matrimonio?
Alcé la vista. En una primera cita, los hombres solían preguntar por destinos de vacaciones. No por aquello.
-Un hogar tranquilo -respondí despacio-. Cuentas claras. Armarios separados. No me gusta que toquen mis cosas sin pedirme permiso.
Asintió como si acabara de darle la lista más razonable del mundo. Eso me impulsó a decir el resto antes de poder contenerme.
-Y alguien que no me obligue a suplicar para poder quedarme.
Algo cambió bajo su aparente serenidad. Una leve tensión en los ojos. Una sombra fugaz.
-¿Alguien te obligó a suplicar?
-Alguien lo intentó.
La cita duró una hora y cuarenta minutos. No coqueteó conmigo ni me tocó. Tampoco hizo una sola promesa que no pudiera cumplir.
Una vez fuera, en medio del frío, me pidió mi número y me escribió de inmediato para que yo tuviera el suyo.
Cassian Vey. Nada más.
Ni un corazón. Ni un cumplido. Ni una exigencia para saber cuándo volvería a verme.
Aquello debería haber hecho que resultara fácil olvidarlo.
No fue así.
Durante dos días, Wraith no me dio tregua. Entre hojas de cálculo, mientras esperaba en la fila para comprar café e incluso dos veces en medio de la oscuridad, siguió susurrando la misma palabra.
«Compañero».
Me repetí que no importaba. El destino jamás me había protegido.
Así que hice lo de siempre cuando mi corazón deseaba algo peligroso: lo ignoré.
La segunda noche, el teléfono sonó mientras doblaba la ropa. Esperé hasta el último momento antes de contestar.
-¿Estás libre el próximo miércoles?
-¿Por qué?
Hubo un breve silencio. Después, con la misma calma y seguridad con que me había dado su nombre, respondió:
-Quiero casarme.
La mano se me quedó inmóvil sobre las camisas.
-¿Perdón?
-Lo he pensado. Somos compatibles. Te respeto. Quiero una vida estable y creo que tú buscas lo mismo.
-Solo nos hemos visto una vez.
-Sé que es rápido.
-Esto no es rápido, Cassian. Es una locura.
-Posiblemente.
Un atisbo de diversión apareció en su voz y se desvaneció al instante.
Me presioné la frente con los dedos.
-¿Por qué yo?
La pregunta escapó antes de que pudiera contenerla.
Cassian no respondió enseguida. En medio del silencio, oía su respiración lenta y constante. Y tuve la extraña sensación de que llevaba mucho más de dos días esperando aquella pregunta.
Cuando por fin habló, no quedaba rastro de ligereza en su voz.
-Porque dijiste que querías un hogar tranquilo y creo que puedo ofrecértelo.
Se me cerró la garganta.
-No te estoy pidiendo que te enamores de mí -añadió.
-Entonces, ¿qué me estás pidiendo?
Tampoco respondió a esa pregunta.
-No tienes que decidirlo esta noche.
Y colgó.
Me senté en el borde de la cama, rodeada de ropa limpia y del olor a detergente. Durante un minuto entero, me permití desear lo que me había ofrecido.
Después enterré aquel sentimiento bajo una piedra, donde no pudiera matarme.
Él no conocía mi historia.
Y mi historia era lo único que me pertenecía.