Sin un solo centavo en la cartera, expulsada de su hogar y con el teléfono lleno de mensajes de texto amenazantes de los cobradores de la zona, Renata no tenía a dónde ir. La policía no era una opción; en ese sector de la ciudad, los uniformados respondían a las mismas familias que manejaban los préstamos clandestinos, y Julián, en su desesperación por lavar dinero rápido, había usado el nombre y la dirección de ella en sus compromisos antes de que la patrulla se lo llevara arrestado. Intentar huir de la ciudad sin dinero en efectivo era una sentencia de muerte: los hombres de Don Héctor vigilaban la terminal de autobuses desde el amanecer.
Sola en el asfaltado mojado, solo le quedaba un nombre al cual acudir.
Bajó la escalera metálica que conducía al sótano del gimnasio subterráneo, donde el ruido metálico de las pesas y los gritos de apuestas ahogaban el tráfico de la calle. En el centro del aro iluminado por una sola bombilla amarilla, Gael esquivó un puñetazo directo y devolvió un gancho de derecha que mandó a su rival contra las cuerdas.
Gael no se parecía a Julián. Mientras su hermano menor era todo sonrisas fáciles y excusas rápidas, Gael era denso, alto, de mandíbula rígida y hombros anchos moldeados por años de peleas sin guantes.
El combate terminó con el árbitro levantando la mano de Gael, pero él ni siquiera celebró. Se bajó del cuadrilátero, tomó una toalla sucia para limpiarse el sudor del cuello y caminó hacia el pasillo de los vestidores. Renata apretó el paso tras él antes de que la valentía se le evaporara del pecho.
-Gael -lo llamó, con la voz ahogada por el pánico.
Él se detuvo en medio del pasillo oscuro, sin girarse del todo. Olía a cuero viejo, sudor y hierro. Tenía los nudillos de la mano derecha hinchados y marcados por la lona.
-Julián ya está procesado -dijo él, sin mirarla, con un tono rasposo y distante-. Lo trasladan mañana al penal. No hay nada que puedas hacer por él aquí, Renata.
-No vengo por Julián -logró decir ella, dando dos pasos al frente-. Vengo porque rompieron la ventana de mi casa. Los hombres a los que tu hermano le quedó a deber tres mil dólares fueron a mi puerta. Dijeron que si él no paga desde la cárcel, se van a cobrar conmigo. Mi papá me echó a la calle, Gael. No tengo a dónde ir.
Gael se giró despacio. Sus ojos oscuros, fríos y analíticos, la recorrieron desde los zapatos mojados hasta la palidez de su rostro. Siempre había mantenido una distancia estricta con ella mientras fue la novia de su hermano; para Gael, las mujeres de Julián eran un terreno que no le correspondía tocar ni opinar.
-Julián se buscó su propio hoyo -respondió Gael, apoyando la espalda contra la pared de ladrillos vistos-. Yo no tengo tres mil dólares para pagar sus deudas, ni me interesa sacarlo de la celda.
-No te estoy pidiendo que pagues su fianza -Renata dio un paso más, sacando del bolsillo un papel arrugado con el membrete de un laboratorio local-. Necesito que me prestes algo de dinero para irme lejos... y para hacerme un procedimiento médico antes de que sea tarde.
Gael se quedó en silencio. El único sonido en el pasillo era el gotero constante de una tubería rota. Su mirada bajó instintivamente hacia la mano de Renata, que se apretaba con desesperación contra la zona baja de su vientre.
-¿Estás embarazada? -preguntó. No hubo grito ni sorpresa en su voz, solo una gravedad pesada que cortó el aire.
-No puedo tenerlo, Gael -murmuró ella, sintiendo que las lágrimas le quemaban los ojos-. No tengo trabajo, no tengo casa y los perros de Don Héctor me están cazando. Si me das para el billete y la clínica, te juro que no vuelves a saberme de mí.
Gael se acercó un paso. Su sombra la cubrió por completo. Estiró la mano y la tomó del antebrazo con firmeza, sacándola del canal de aire frío que entraba por la rendija de la calle.
-Si pisas una terminal con las manos vacías, te van a agarrar antes de que subas al autobús -dijo él, mirándola fijamente a los ojos-. Y si entras a una clínica clandestina en esta zona, vas a terminar desangrada en un basurero.
-¡No tengo otra salida! -estalló ella en un susurro desesperado.
Gael apretó la mandíbula, soltando un largo respiro que denotaba la decisión que acababa de tomar a sabiendas de que cambiaría su vida para siempre.
-Vas a recoger las maletas que dejaste en la esquina. Te vas a quedar en mi departamento -sentenció, con una voz dura que no admitía réplica-. El bebé nace, y yo me voy a encargar de que nadie vuelva a tocar tu puerta.
Antes de que Renata pudiera procesar las palabras de Gael, un ruido seco resonó en la parte superior de la escalera metálica. Dos hombres altos, vestidos con chaquetas oscuras y con las manos metidas en las bolsas del pantalón, comenzaron a bajar los escalones lentamente, bloqueando la única salida del sótano.