img Mi cuñado, mi unico refugio  /  Capítulo 5 Promesa | 50.00%
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Historia

Capítulo 5 Promesa

Palabras:1440    |    Actualizado en: 26/10/2026

sala parecía una advertencia de la vida en la que Gael acababa de sumergirse. Tragó saliva, estiró la mano con t

bjeto era aceptar la magnitud del

a pequeña. Llevaba el torso desnudo, dejando al descubierto una red de cicatrices viejas en los costados y la espalda, vestigios de

so tranquilo, se acercó, tomó la chaqueta, metió la mano en el bolsillo interior y guardó la pistol

e -dijo él con voz neutra, sirviéndose un vaso de

casa donde las reglas eran obedecer y callar. Mi papá decidía todo, Julián prometía cosas que nunca

vaso. No hubo tono de burla en s

a barra-. Aquí nadie te va a pedir que calles ni que obedezcas por capricho, pero si quieres sobrevivir a Don Héctor, tienes qu

queta. Antes de cruzar la puerta, dejó sobre la mesa una copia l

inal -advirtió, revisando el pasillo exterior antes de salir-. Si escuchas algo

Renata escuchó sus pisadas firmes descendiendo por los esc

lgo de energía al cuerpo, pero su mente no dejaba de dar vueltas. Pensó en sus padres, en la frialdad con la que su padre le había cerrado la puerta en la cara; pensó en Julián, encerrado en una celda, probablemente ech

en la cama de la pequeña habitación, pero cada crujido del edificio antiguo la hacía dar un brinco. Se levantó, caminó en

e el reloj marcó las cuatr

acó de un duermevela ansioso.

humedad y alcohol derramado. Venía despeinado y al cerrar la puerta apoyó la espalda

nata, poniéndose de

la calle que filtraba por la persiana le permitió ver el estado en el que venía: su camiseta negra estaba desgarrada en e

-raspó él con una voz

orando su tono y acercándose

olo una cortad

interrumpió ella, tomándolo con cuidado del bra

Renata encendía la pequeña luz amarilla de la barra. Buscó en el baño el botiquín básico

os nudillos desde el índice hasta el meñique, producto de haber golpeado a alguien o haber roto una ventana. Le temblaron las manos,

s y apretó el borde de la mesa con la otra mano. Renata aplicó la gasa con delicadeza pero con fir

a, mirándola fijamente a través de las pestaña

el taller -contestó ella en voz baja, sin soltarle la

. Estaban a escasos centímetros de distancia; el calor de la respiración de él le rozaba las mejil

erminar mat

que entender algo, Renata. El dinero que traje hoy y el que voy a traer mañana está manchado. Con ese dinero voy a pagar la clínica del

sma le había puesto y luego lo miró a los ojos. Ya no sentía el impulso de salir co

er esto juntos. Si tú pones el cuerpo en la calle, yo voy a administrar est

estuviera viendo a una persona completamente distinta a la ch

ometo -co

os que subían la escalera a toda prisa. Gael se puso de pie de un salto, ignorando el dolor de la mano, y su brazo sano f

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