de pánico. La tomó del hombro con firmeza y la empujó a sus espal
stadas y la mirada pesada de quienes no piden permiso para entrar a ningún lado. El más alto de ell
cicatriz, dejando ver una sonrisa incompleta-. Nos ahorraste la caminata, Gael. Venimos por
os de Julián, Ramírez -respondió Gael con
s aún metidas en los bolsillos-. En los papeles que dejó ese idiota figura la dirección y el nom
sola idea de terminar en las manos de Don Héctor la hacía temblar, p
la mano derecha con una calma aterradora-. Díganle a Héctor que mañana a primera hor
res un simple peleador de poca monta. No estás en posición de dar órdenes
ta, Gael acortó la distancia con una velocidad pasmosa. Con un movimiento seco, le enganchó el brazo, le giró la mu
rir la hoja. Soltó a Ramírez y le conectó un zurdazo directo al estómago que le sacó todo el
n dificultad. Miró a Gael con puro odio, pero al ver que el peleador no tenía la
do sangre en el piso-. Mañana Don Héctor te v
prisa, dejando tras de sí el eco de sus
la venda ensangrentada de la mano y se giró hacia Renata. Ella continuaba parali
tamente a los ojos mientras se limpiaba los nudillos en
tipo dijo q
, tomándole el brazo suavemente pero con fi
izna, Renata sintió un dolor agudo y punzante en la

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