Nadie se dignó a preguntarme si estaba bien - que se joda la ley de la manada.
Y para cuando me enteré, ya estaba en mi sitio, bañándose en la gloria que yo había ganado a punta de sangre.
El salón de baile era puro brillo y éxito.
Los miembros de la manada reían, chocaban copas de champaña, brindando por nuestra subida - del puesto diez al segundo en el ranking continental.
Una victoria por la que yo había sangrado. Por la que había dado todo.
Y mi esposo la celebraba... con su amante entre los brazos.
Estaba clavada en la puerta del salón, aún con el abrigo puesto desde el coche. Los dedos apretaban la bolsa donde traía el vestido de seda blanca que había diseñado para MAÑANA EN LA NOCHE, cada costura con diamantes.
Sí. Mañana.
Todo el mundo me dijo que el banquete era al día siguiente.
Y yo, como idiota, me lo creí.
Si no llego a escuchar a la modista mencionarlo en mi prueba de vestido, ni enterada. Habría sido ajena a la celebración de mi propia manada, mientras otra ocupaba mi lugar.
"¡¿Luna?!" Ruby, mi doncella, soltó con la voz cortante, rompiendo la música.
Todas las cabezas se volvieron hacia mí.
Los murmullos empezaron en seguida:
"¿No dijo el Alfa que estaba enferma la Luna?"
"¿Tú aún te crees eso? No seas ingenuo..."
"Por los dioses... están los dos aquí..."
Cada palabra era una daga directo al pecho.
Pero los verdaderos tontos no eran ellos.
Era yo. La más idiota del salón.
Mi loba, Kara, gruñó en lo profundo.
"Desgárrales la garganta."
Quería hacerlo. Era la guerrera más temida de nuestra manada.
Pero ahí... no podía moverme. Ni siquiera respirar.
Al otro lado, Alexander deslizaba su mano por la espalda de Faye - con esa seguridad, esa intención, como diciendo "sí, es mía". Y me miraba mientras lo hacía.
Sus ojos azules, que antes se suavizaban cuando se cruzaban con los míos, ahora eran puro hielo.
"Ni se te ocurra armar un escándalo. Sabes lo que arriesgas."
Maldito.
Fue entonces cuando Faye me vio.
Sus ojos verdes se abrieron como si estuviera viendo un fantasma, y sus labios se formaron en una O perfecta de falsa preocupación.
Apoyó una mano perfectamente arreglada en el pecho de Alexander - ese toque íntimo me dio arcadas - y le murmuró algo que le hizo apretar la mandíbula.
Luego me miró otra vez. Y sonrió.
Satisfecha. Triunfante. "Mía."
Perra.
¿Cómo se suponía que soportara esto?
Diez pasos separaban esa puerta del centro del salón y se sintieron como caminar sobre brasas.
Todos me veían.
La música se fue apagando, hasta morir. Las charlas quedaron a la mitad. Hasta los camareros congelaron sus movimientos, con botellas aún en el aire.
Podía oler el miedo llenando el ambiente.
Perfecto. Que teman.
Soy hija de la Manada del Invierno. Elegí a Alexander cuando él no era más que otro heredero quebrado, con una manada hecha trizas.
Uní nuestras tierras durante el funeral de mi padre y convencí a mi gente de aceptarlo como Alfa, cuando lo querían muerto.
Yo lo reconstruí todo.
Y justo ahora, en la cima, ¿él decide humillarme así? ¿Qué se cree? ¿Que la manada entera debe ver que Faye es su verdadera Luna?
Jamás.
La Manada del Invierno no perdona traiciones.
Mis tacones resonaban contra el mármol - cada paso, una declaración de guerra.
Alexander se movió para interceptarme, colocándose frente a Faye como un escudo.
Sus hombros anchos la tapaban, pero ella asomaba la cabecita para mirarme, encantada.
"Scarlett." Su voz tenía ese tono condescendiente que usaba en las reuniones del Consejo. Como si yo fuera una empleada, no su pareja. "No es el momento ni el lugar."
Me detuve a un metro de él. Tan cerca que podía ver el tic nervioso en su mandíbula. Tan cerca que el perfume de jazmín de Faye mezclado con su aroma me revolvía el estómago.
"Yo creo que es exactamente el momento," dije, con voz firme que resonó en toda la sala. Miré a Faye, que aún fingía ser inocente.
"Si pensabas avergonzarme en público, entonces defenderé mi dignidad de la misma forma."