Libros y Cuentos de Zi Tengluo
Infierno de Amor Perdido
La mansión Alcocer, ahora un mausoleo de deudas, asfixiaba a mi familia con su aire pesado. Mi padre, que antes caminaba con altivez, ahora estaba encorvado, consumido por la inminente bancarrota. La única salida, según él, era un pacto con el diablo: Damián Montenegro. Su precio no era dinero. Él me quería a mí, Elena Alcocer, la hija de su archienemigo, como un trofeo para humillar y destruir. Acepté, con una sola condición: el estudio de mi difunta madre, su legado, debía permanecer intocable, un santuario en medio de la tormenta. La boda fue una farsa grotesca, un circo de miradas curiosas y sonrisas burlonas. Vestida de blanco, me sentía como un cordero en el matadero. Damián, cruelmente guapo, se inclinó, su aliento venenoso en mi oído: "Bienvenida al infierno, Elena Alcocer. Cada día desearás estar muerta". Luego, en mi mente, una voz helada que no era suya: "Esto es solo el comienzo. Pagarás por cada lágrima que mi madre derramó. Tu padre te usó para salvarse, y yo te usaré para destruirlo" . La pesadilla comenzó: me degradó a sirvienta, limpiando baños, comiendo sobras, todo para romperme. Mi propio cuerpo, sin que ellos lo supieran, ya se rendía a una leucemia avanzada, y ni mi padre ni mi hermano Leo mostraron la compasión que tanto anhelaba. Un dolor inmenso, la traición de la familia, y la enfermedad que me consumía parecían sellar mi destino. Pero no moriría en vano.
La Que Te Amó y Perdiste: Un Destino Inesperado
En la víspera de mi vigésimo octavo cumpleaños, el hombre con el que compartía mi vida, Mateo, volvió a humillarme. Él estaba ocupado en Madrid, como de costumbre, mientras una noticia devastadora golpeaba mi vida sin piedad. Recibí el diagnóstico: un glioblastoma en etapa avanzada, una sentencia de muerte. Esa misma noche, después de años de desdén, me enteré de que mi matrimonio era una farsa y mi esposo, el heredero de un imperio, tenía una aventura con su ex amor. Mi propio padre me había vendido a este hombre, y él solo me quería por mi herencia, mientras me trataba con desprecio. La indiferencia de Mateo ante mi sufrimiento era una tortura, mientras yo cargaba sola con el peso de una enfermedad terminal y un matrimonio sin amor. Para él, yo solo era un problema, una esposa aburrida de la que estaba ansioso por librarse, mientras que yo le había dado todo. ¿Cómo pude haber sido tan ciega, tan sumisa, tan ingenua para creer que algún día me amaría? No había vuelta atrás, mi decisión estaba tomada: pediría el divorcio para luchar por mi vida en silencio, lejos de él.
