Libros y Cuentos de Xia Qingnuan
Un trago amargo de verdad
El aroma a sal y pescado en el muelle siempre había sido el perfume del trabajo duro para Armando, hasta el día en que se mezcló con el luto que el aire traía consigo. "Su hijo... no sobrevivió", le dijo la monótona voz del policía, y cada palabra fue un golpe seco, pero la realidad, la muerte de su Juanito, su campeón, aún no se asentaba en su mente. Con el teléfono temblándole en la mano, llamó a Sofía, su esposa, buscando compartir este dolor que amenazaba con partirlo en dos. Pero en lugar de la voz preocupada de una esposa, un estruendo de mariachi y risas le respondió: "¿Qué pasa con Juanito? ¿No te pagó lo de la semana o qué? Dile que mi primo necesita más promoción", dijo Sofía, irritada, y colgó. El pitido final fue más doloroso que cualquier golpe, pues mientras su único hijo yacía en la morgue, ella seguía en una fiesta, una fiesta para celebrar la carrera del primo Ricardo, financiada con las deudas por las que Juanito había muerto trabajando. ¿Cómo era posible tanta frialdad, tanta indiferencia? ¿Cómo la mujer que compartía su cama, la madre de su hijo, podía ser tan ajena a la tragedia, tan preocupada por un parásito que su propio hijo? Armando apretó el teléfono, sintiendo el crujir del plástico bajo sus dedos, y una certeza helada, más allá del dolor, se instaló en su pecho: el tiempo de la sumisión había terminado, y ahora, la verdad saldría a la luz.
Devolución Sin Condiciones
Trabajé años para construir mi carrera como arquitecta, y finalmente, la oportunidad de mi vida llegó: presentar un proyecto millonario para "Aldunate & Co.". Pero el destino, o la envidia, tenía otros planes. Javier Aldunate, un viejo conocido universitario, revivió el cruel rumor que destruyó mi juventud: me llamó "dama de compañía" frente a todos, insinuando que mis logros eran favores. La humillación fue pública, despojada de mi proyecto y humillada hasta la médula. Lo peor fue ver a Mateo Castillo, el inversor principal y mi antigua conexión, aprobar mi caída con una mirada fría, reafirmando que la "reputación lo es todo" y permitiendo que mi carrera se desmoronara. Justo cuando creía tocar fondo, la vida me dio otra bofetada: mi hermano Ricardo, un músico talentoso, fue amenazado por mafiosos. Cincuenta millones de pesos en 24 horas, o sus dedos, y su sueño, desaparecerían. ¿Cómo podía la vida ensañarse tanto conmigo? Sin un centavo y con el tiempo agotándose, solo quedaba una opción, una que me destrozaba el alma: suplicar ayuda al hombre que me había pisoteado. Mateo Castillo. ¿Me arrastraría él por el barro, o me salvaría, pero a qué precio?
Ya no te Amaba: El Heredero
La segunda raya en la prueba de embarazo, por tenue que fuera, inyectó una frágil esperanza en mi entumecido corazón. Años de limpiar casas ajenas y pagar las "deudas" de mi pareja, Mateo, me habían costado nuestro primer bebé. Pero esta vez, creí, todo sería diferente. Él juró cambiar, y yo le entregué mis últimos ahorros. La verdad me golpeó poco después. Seguí a Mateo y lo encontré con su "amiga" Isabel, riéndose. Mi vida entera, mis sacrificios, incluso la pérdida de nuestro hijo, todo había sido una "prueba" cruel, una farsa orquestada para ver si una "inmigrante pobre" lo amaba desinteresadamente. Y planeaban continuar la mentira un año más. No derramé una lágrima. Solo pedí cita para abortar. Él siguió fingiendo pobreza, mientras yo descubría que era el heredero de un imperio, Mateo Ríos. Me vio, vestida de limpiadora, con glacial indiferencia. Al llegar a casa, Isabel usaba los patucos de mi bebé como posavasos. Mateo me humilló. Colapsé. ¿Todo, cada dolor, cada sacrificio, había sido una manipulación despiadada? ¿Mi hijo solo una herramienta en su juego de vanidad? La traición me dejó un vacío abrumador, pero también una furia helada. Desperté en el hospital, escuchando a Mateo rogar por "este también". Me confesó su riqueza, suplicando. Con una calma escalofriante, le dije que nuestra relación terminaba, que era por dinero. Dejé que me despreciara. Lo bloqueé de mi vida, destrocé su mansión y me marché con su fortuna, para ser por fin libre.
