Chiara Rossi permanecía de pie junto a la ventana del gran salón, observando las gotas resbalar por el cristal. Su reflejo le devolvía la imagen de una mujer joven, de tez pálida como el mármol y una melena ondulada del color del fuego ardiente que caía en cascada hasta su cintura. Sus ojos verdes, profundos y analíticos, no mostraban lágrimas, sino una frialdad forjada por la traición.
Sobre la mesa de caoba maciza reposaba una sola carta. No había notas de despedida emotivas, ni disculpas elaboradas de su padre. Solo una hoja de papel arrugada con una lista de cifras astronómicas y una firma temblorosa en el fondo. Su familia había huido en la oscuridad de la madrugada, dejando atrás la mansión embargada y una deuda de juego que superaba cualquier fortuna ordinaria. Lo peor de todo no era la suma de dinero, sino el acreedor. La deuda no pertenecía a un banco ni a una entidad financiera legal; pertenecía a la Consorzio, el sindicato criminal que gobernaba las tripas de Veridia desde las penumbras.
El sonido de varios motores potentes interrumpió el silencio de la estancia. Dos limusinas negras de cristales blindados se detuvieron frente a la escalinata principal. Chiara no se movió. Sabía que huir era una ilusión infantil; en una ciudad donde las sombras tenían ojos y los callejones oídos, nadie escapaba de Alessandro Vance.
Las pesadas puertas de roble del salón se abrieron sin necesidad de violencia. Entraron tres hombres vestidos con trajes oscuros impecables, pero fue el hombre que caminaba al frente quien congeló la atmósfera del lugar.
Alessandro Vance, el dueño absoluto del imperio de las apuestas y los casinos ilegales de la región, avanzó con una elegancia felina. Era un hombre alto, de hombros anchos y rasgos esculpidos con una severidad casi aristocrática. Su cabello oscuro peinado hacia atrás y sus ojos de un azul helado contrastaban con la calidez de la chimenea extinta. Vestía un traje de tres piezas diseñado a medida, y de su bolsillo sobresalía la cadena de oro de un reloj antiguo.
-Una casa vacía es un espectáculo triste, signorina Rossi -habló Alessandro. Su voz era un susurro grave, profundo y aterciopelado que pareció retumbar en las paredes de piedra.
Chiara se giró despacio, manteniendo la cabeza erguida. No estaba dispuesta a mostrar el menor atisbo de debilidad ante el hombre más peligroso de la ciudad.
-Mi padre ya no está aquí, Don Vance. Como podrá deducir por el silencio de este lugar, se ha marchado -respondió ella con voz firme, sin que un solo temblor traicionara sus nervios.
Alessandro esbozó una leve sonrisa, una mueca ladina que transformó por un segundo su rostro severo en la máscara de un seductor peligroso. Avanzó lentamente hacia ella hasta quedar a apenas un metro de distancia. El perfume de él -una mezcla de madera de sándalo, tabaco caro y la frescura de la lluvia nocturna- envolvió de inmediato los sentidos de Chiara.
-Sé perfectamente dónde no está su padre, Chiara -dijo él, pronunciando su nombre con un acento italiano fluido y melódico-. Sé que abordó un barco hacia el sur a las tres de la mañana. Lo que su padre parece haber olvidado es que las deudas en Veridia no viajan en barco. Se quedan aquí. Y la ley del Consorzio establece que la familia responde por la sangre.
-No tengo ese dinero -contestó Chiara, sosteniendo su mirada azul-. Mi padre vendió hasta las joyas de mi madre antes de escapar. Si busca oro o propiedades, esta casa es lo único que queda, y está gravada hasta el último ladrillo.
Alessandro la observó en silencio durante largos segundos. Su mirada no era la de un prestamista calculando pérdidas, sino la de un coleccionista de arte evaluando una pieza invaluable. Recorrió el contorno de su rostro, el destello rebelde de sus ojos verdes y el contraste hipnotizante de su cabello de fuego sobre la pálida piel de su cuello.
-El dinero es un recurso vulgar, signorina. Se gana y se pierde en una sola ronda de ruleta en el Palazzo di Notte -comentó él, dando un paso más hacia ella y reduciendo el espacio entre ambos a un suspiro-. Lo que yo valoro es el talento, la lealtad y la belleza. Y usted, según tengo entendido, posee una mente prodigiosa que su padre desperdició en frivolidades.
Chiara frunció el ceño, desconcertada por el rumbo de la conversación.
-Estudié economía y ciencias políticas en Venecia. Sé cómo funcionan las finanzas, pero dudo que necesite una contable para sus negocios ilegales.
-No necesito una contable, Chiara. Necesito una asistente personal. Alguien con la elegancia suficiente para caminar a mi lado en los salones de la alta sociedad y la inteligencia matemática para gestionar la logística que no aparece en los libros oficiales -explicó Alessandro, extendiendo una mano envuelta en un guante de piel negra hacia la carta de deudas sobre la mesa. La tomó y la rompió en dos con una serenidad pasmosa-. Su deuda familiar queda congelada a partir de este momento. A cambio, usted trabajará directamente para mí.
-¿Como su empleada? -preguntó ella, desconfiada.
-Como mi sombra -corrigió Alessandro, dando un paso tan cercano que Chiara pudo sentir el calor que emanaba de su cuerpo-. Vivirá en mi residencia. Gestionará mi agenda, revisará las cuentas secretas de mis operaciones y me acompañará a las reuniones donde los hombres poderosos de esta ciudad pretenden ser honestos.
Chiara procesó la oferta. La alternativa era terminar en un callejón oscuro o vendida al mejor postor por los acreedores secundarios de su padre. Sin embargo, entregarse al dominio de Alessandro Vance significaba adentrarse en la boca del lobo.
-¿Y si me niego? -desafió ella en un susurro audaz.
Alessandro se inclinó ligeramente hacia su oído. Su aliento cálido rozó la piel de su cuello, provocando un escalofrío incontrolable en la joven.
-No se negará, Chiara. Porque bajo esa fachada de hija devota y educada, sé que prefiere el peligro de mi mundo antes que la mediocridad de la pobreza. Además... no soy un monstruo. Descubrirá que sé premiar muy bien a quienes me sirven con devoción.
El Don retrocedió, mirándola con una intensidad que hizo que el corazón de Chiara se acelerara violentamente. No era solo miedo lo que sentía; era una atracción oscura, una fascinación inevitable ante la fuerza aplastante y el romanticismo peligroso que este hombre proyectaba.
-Tiene diez minutos para reunir sus pertenencias personales -sentenció Alessandro, haciendo un gesto a sus hombres para que esperaran fuera-. El carruaje nos aguarda. Esta noche comienza su nueva vida en el Palazzo di Notte.
Cuando los hombres salieron, Chiara se quedó sola en el centro del frío salón. Tocó levemente su cuello, donde aún parecía resonar la voz del mafioso. Sabía que acababa de firmar un pacto con el diablo, pero mientras contemplaba la lluvia golpear los cristales góticos de la mansión, una chispa de determinación se encendió en su pecho. Si iba a entrar en el submundo de la mafia y la alta sociedad corrupta, no lo haría como una víctima. Utilizaría la misma inteligencia que Alessandro admiraba para sobrevivir, entender las intrigas del poder y, tal vez, encontrar la manera de comprar su propia libertad.
Diez minutos más tarde, Chiara descendía la escalinata de piedra llevando una sola maleta de cuero. Alessandro la esperaba junto a la portezuela abierta del automóvil, ofreciéndole la mano con una galantería impecable que parecía pertenecer a otra época. Ella aceptó su toque; sus dedos enguantados se cerraron con firmeza alrededor de los suyos, marcando el inicio de un viaje hacia las profundidades de la seducción, la política y el crimen.
El coche se puso en marcha, alejándose de los restos de su pasado y adentrándose en el corazón latente de Veridia, donde los casinos resplandecían como joyas doradas en mitad de la noche gótica.