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re el laberinto de árboles y sombras que se extendía a los pies de los rascacielos. Gabriel Volkov no era un hombre que soliera mirar el cielo. Sus ojos estaban usualmente fijos
la cima de Apex Capital, ahora yacía en algún lugar sobre la hierba húmeda cerca de la 72nd Street. La camisa de seda, desabrochada y rasgada en un hombro, apenas cubría los músculos que se tensaban y distendían bajo su piel.
ja Sangre lo llamaba, lo arrastraba de su torre de marfil y lo arrojaba a la crudeza de su naturaleza. Había aprendido a gestionarlo, a canalizarlo, incluso a usarlo. Esa furia contenida, esa visión
el depredador. El parque por la noche era un santuario para los desamparados, un parque de juegos para los adictos, y un coto de caza para aquellos como él. La policía de Nueva Yo
ás antiguo, más puro. La mandíbula se le tensó, los dientes de atrás empujando hacia adelante, buscando la forma de colmillos. El vello de su cuerpo se erizó, oscureciéndose, en
n animal. Era un hombre. Un homb
pleto al expandirse su espalda, sus omóplatos crujiendo bajo la presión de la nueva masa muscular. La metamorfosis no era completa. No era un lobo de cuatro patas, aullando a la luna. Él era un cambiafo
encorvada sobre otra. Un drogadicto, por el olor a sudor rancio y la química artificial que se afer
ito ba
los ojos inyectados en sangre y una navaja brillando en su mano. Su cerebro no
balbuceó el drogadicto, su
no por el castigo. La bestia exigía orden, incluso en la oscuridad. Él era el alfa de esta ciudad, y
r la navaja. El golpe de Gabriel no fue con el puño. Su mano, ahora una garra afilada, se cerró sobre la muñeca
elo. El hedor a miedo del hombre era embriagador, casi intoxicante. La bestia en Gabriel se regodeaba. Podía sentir el pulso débil de su víctima,
un asesino sin piedad. Tenía reglas. Tenía una manada a la que proteger, no solo d
los colmillos que apenas podía contener. "Y si te atreves a volv
aleándose, con la muñeca rota colgando inútilmente, y corrió hacia la oscuridad, aterrorizado. Su historia, si algu
ente. Él arrancó un trozo de su camisa rasgada y lo presionó suavemente sobre la herida para contener la hemorragia. Su sentido del olfat
bía pasado, y con él, el pico más agudo de la sed de sangre. La forma humana de Gabriel comenzaba a reafirmarse, los músculos ret
asta asegurarse de que ella estuviera a salvo. Era parte de su deber como Alfa, com
miedo. Un olor a jazmín y algo más, algo eléctrico y a la vez terroso. Un aroma que su bestia in
lor a promesa. A destino. Un aroma femenino, poderoso, que le golpeó con una
u
ente, profunda y ancestra
oma que había irrumpido en su mundo de depredador y control. Pero no vio a nadie. Solo las so
na, aunque el traje estaba hecho jirones. La policía y
ocido. Una promesa, o quizás una sentencia, de que su vida, tan meticulosamente controlada, estaba a pun
edio de una noche de cacería, con las garras aún pulsando y la sangre de la justicia fresca en sus manos. Su mu

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