A sus espaldas, los pasos ligeros de Sofía resonaron sobre el mármol italiano. Mateo se giró para ver a su esposa bajar la escalinata central. Llevaba un vestido de seda en tono verde esmeralda que abrazaba su figura con una elegancia calculada, la espalda descubierta y el cabello oscuro recogido en un moño pulcro. Era una visión deslumbrante, la encarnación perfecta de la esposa de un magnate. Sin embargo, Mateo conocía de memoria la tensión casi imperceptible en la comisura de sus labios, la rigidez en su postura que ningún diseño de alta costura podía disimular.
-Estás hermosa, Sofía -dijo Mateo, acercándose para ofrecerle la mano cuando ella tocó el último escalón.
-Gracias, mi amor -respondió ella, esbozando una sonrisa ensayada antes de dejar un beso leve en su mejilla. El contacto fue rápido, casi evasivo-. Los invitados no tardarán en llegar. La prensa ya está apostada en la entrada de la propiedad. La seguridad dice que hay al menos tres cadenas de televisión cubriendo la gala.
-Siete años de matrimonio no se celebran todos los días, se supone que la prensa debe estar interesada -comentó Mateo con una leve sonrisa, intentando aligerar el ambiente mientras le ofrecía una copa de champán que descansaba sobre la bandeja de un camarero servicial.
Sofía observó la copa un segundo antes de aceptarla, aunque no probó una sola gota. Su mirada vagó hacia el fondo del salón, donde las fotos del día de su boda lucían en marcos de plata sobre el piano de cola.
-Siete años, Mateo -murmuró ella, y por un instante, la fachada perfecta de la anfitriona cayó, dejando al descubierto una amargura añejada-. Siete años y la junta directiva de tu padre sigue mirando mi vientre cada vez que entro a un salón como si fuera un activo en pérdidas.
Mateo suspiró hacia adentró y dio un paso más hacia ella, tomando su mano libre con delicadeza. La herida estaba abierta y sangraba con especial fuerza esa noche.
-Olvídate de la junta directiva y de los periódicos. Esta noche es sobre nosotros. Hemos superado cosas peores.
-¿Peores que cuatro tratamientos de fertilidad fallidos? -interrumpió Sofía en un susurro afilado, manteniendo la voz baja para que el personal de servicio no captara la discordia-. ¿Peores que las miradas de lástima de tu madre cada Navidad? Mañana tenemos la cita con el especialista para los resultados de la última inseminación. No sé cuántas noticias negativas más puedo soportar, Mateo. Siento que cada prueba negativa me quita un pedazo de lugar en esta casa.
-Esta es tu casa -sentenció él con firmeza, mirándola fijamente a los ojos-. Y los niños llegarán cuando tengan que llegar. Si el tratamiento de este mes no funcionó, buscaremos otras opciones, viajaremos al extranjero si es necesario. Pero no voy a permitir que transformes nuestro aniversario en un juicio contra ti misma. Eres mi esposa, Sofía. Eso es más que suficiente para mí.
Por un segundo, la mirada de Sofía pareció suavizarse, cruzada por una ráfaga de emoción indescifrable que Mateo interpretó como alivio o frustración reprimida. Ella apretó suavemente la mano de su esposo antes de enderezar la espalda y recuperar la compostura.
-Tienes razón. Perdóname. No es el momento ni el lugar -dijo ella, ajustando una de las esmeraldas que colgaban de sus orejas-. Voy a revisar que el catering tenga todo listo en el terraza antes de que entren los primeros invitados.
Mateo la vio alejarse hacia los jardines interiores. Sintió un vacío punzante en el pecho. Sabía que la presión por un heredero no era solo una cuestión de orgullo personal; en el despiadado imperio de la familia Valente, la línea de sucesión dictaba el control de los fideicomisos y el reparto del capital mayoritario. Sin un hijo, la posición de Mateo como cabeza firme de la corporación siempre tendría un flanco vulnerable, un vacío que otros no dudarían en explotar.
-Parece que la reina de la noche está un poco tensa -resonó una voz idéntica a la suya desde la entrada del salón.
Mateo se volvió para ver a Gabriel cruzando el umbral. Su hermano gemelo vestía un esmoquin idéntico al suyo, aunque con el cuello ligeramente desabrochado y una sonrisa desenfadada que marcaba la eterna diferencia entre ambos. Mientras Mateo era la disciplina, la estrategia y el control, Gabriel siempre había encarnado la soltura, la audacia y la impudicia del hijo menor por apenas diez minutos de diferencia.
-Ha sido una semana difícil para ella -contestó Mateo, saludando a su hermano con un fuerte abrazo y una palmadita en la espalda-. Gracias por venir temprano, Gabriel. Necesito que me ayudes a entretener a los consejeros mayores antes de que empiecen las preguntas incomodas.
-Para eso están los hermanos, ¿no? -dijo Gabriel, tomando una copa de vino tinto de la mesa lateral y dándole un sorbo pausado-. Aunque debo admitir que la presión que le pones a Sofía es destructiva, Mateo. Todo el mundo en el club habla de la famosa consulta de mañana. Si el médico les da malas noticias otra vez, vas a tener que protegerla de los lobos de la junta. Sabes como es el viejo Morales cuando huele debilidad en la familia.
-No hay ninguna debilidad -replicó Mateo con tono seco-. La empresa está registrando las mayores ganancias del último lustro y mi vida privada no es asunto de la mesa directiva.
-En este nivel, tu vida privada es la empresa, hermano -Gabriel sonrió, dando un paso hacia la cristalera que daba a los amplios jardines de la propiedad-. Un heredero asegura la estabilidad de las acciones. La gente quiere saber que el imperio Valente tiene un futuro a largo plazo. Pero no te preocupes, yo siempre estaré cubriéndote las espaldas. Como siempre.
Mateo observó el perfil de su hermano reflejado en el cristal nocturno. Había algo en la calma de Gabriel que debería haberlo tranquilizado, pero en el fondo de su estómago, una ligera e inexplicable inquietud comenzaba a echar raíces. A fuera, los primeros automóviles de lujo comenzaban a detenerse frente a la escalinata principal, haciendo destellar las luces de los fotógrafos contra la noche. La función estaba a punto de comenzar, y entre el peso del pasado y la incertidumbre del futuro, Mateo sonrió para las cámaras, sin sospechar que el teatro de su vida perfecta ya estaba ardiendo por dentro.