Isabel no respondió. No podía. Su garganta se había cerrado en algún momento entre el aperitivo y el instante en que Alonso de la Vega entró al salón de baile con Claudia Chávez del brazo.
Alonso se veía más que feliz. Se veía victorioso.
Estaba de pie en el centro del salón, bajo el enorme candelabro que costaba más que toda la matrícula universitaria de Isabel. Su mano descansaba en la parte baja de la espalda de Claudia, con los dedos extendidos posesivamente contra la tela blanca de su vestido. Se inclinó, susurrándole algo al oído que hizo que Claudia echara la cabeza hacia atrás y soltara una carcajada.
El sonido fue agudo. Cortó a través de la pesada música orquestal y se alojó directamente detrás de las costillas de Isabel.
Era la misma risa que Claudia usaba cuando se burlaba de los zapatos de segunda mano de Isabel.
-Permiso -murmuró un mesero, golpeando el hombro de Isabel con una bandeja pesada.
El champán se derramó sobre el borde de su copa, empapando el corpiño de su vestido gris. Se sentía frío y pegajoso.
El mesero no se disculpó. La miró, la reconoció como "la arrimada", y curvó el labio en una mueca de desprecio antes de seguir adelante para servir a los invitados que realmente importaban.
El estómago de Isabel se contrajo. La humillación era un peso físico, aplastando sus hombros hasta que sus rodillas se sintieron líquidas. Necesitaba aire. Necesitaba no estar allí, viendo al chico que prometió protegerla anunciar su compromiso con la chica que la atormentaba.
Se dio la vuelta y caminó hacia la biblioteca, manteniendo la cabeza baja.
La biblioteca estaba oscura, oliendo a papel viejo y cera de limón. Era la única habitación en la mansión De la Vega donde Isabel se había sentido segura alguna vez. Cerró la pesada puerta de roble detrás de ella y apoyó la frente contra la madera, jadeando por aire. Sus pulmones ardían.
La manija de la puerta giró bajo su agarre.
Isabel saltó hacia atrás, limpiándose frenéticamente los ojos. Esperaba a Alonso. Esperaba que entrara y le dijera que dejara de hacer una escena, que sonriera para las cámaras, que estuviera agradecida por el techo sobre su cabeza.
Pero la figura que llenó el marco de la puerta no era Alonso.
Era una muralla de hombre en un esmoquin negro que parecía absorber la tenue luz de la habitación. Era más alto que Alonso, más ancho, con una quietud en él que hizo que la temperatura en la biblioteca descendiera diez grados.
Diego Carranza.
El aliento de Isabel se detuvo. ¿Por qué estaba él aquí? El CEO de Industrias Carranza, el hombre más poderoso de la ciudad, no se escondía en bibliotecas. Ni siquiera miraba a personas como Isabel.
Se quedó allí, con la mano todavía en el pomo de latón, sus ojos oscuros escaneando su rostro. Asimiló la mancha de champán en su vestido, las manchas rojas en sus mejillas, la forma en que sus manos temblaban tanto que la copa de cristal tintineaba.
Por un segundo, la máscara estoica que llevaba -esa que lo hacía parecer una estatua tallada en granito- se agrietó. Un músculo en su mandíbula se tensó.
Entró y cerró la puerta, sellando el ruido de la fiesta.
Metió la mano en el bolsillo de su saco y sacó un pañuelo. Era de seda blanca, doblado en un cuadrado perfecto. Se lo tendió sin decir una palabra.
Isabel lo miró fijamente.
-Yo... estoy bien.
-No estás bien -dijo Diego. Su voz era un retumbo bajo, vibrando en la habitación silenciosa-. Tómalo.
Isabel extendió la mano. Sus dedos rozaron la palma de él al tomar la seda. Una descarga de electricidad estática chasqueó entre ellos, intensa y sorprendente. Ella se estremeció, pero él no se movió.
El pañuelo olía a sándalo y a algo limpio, como lluvia sobre pavimento. Olía a dinero. Olía a estabilidad.
Desde el pasillo, la voz de Alonso se filtró a través de la gruesa madera de la puerta. Estaba haciendo un brindis.
-...por mi hermosa prometida, Claudia...
Las palabras fueron como un golpe físico en la parte posterior de las rodillas de Isabel. Sus piernas cedieron.
No golpeó el suelo.
Diego se movió con una velocidad que no debería haber sido posible para un hombre de su tamaño. En un momento estaba a un metro de distancia, y al siguiente, su brazo rodeaba su cintura, atrapándola.
Su agarre era firme. Sólido. La sostuvo sin esfuerzo, su brazo como una barra de acero contra su columna.
Isabel levantó la vista. Su visión nadaba en lágrimas, desenfocando las facciones de él, pero podía ver la intensidad en sus ojos. No la miraba con lástima. La miraba con un tipo de enfoque aterrador.
-Llévame lejos -susurró ella.
Las palabras salieron de su boca antes de que pudiera detenerlas. Fue una súplica desesperada, nacida de la angustia y del repentino y abrumador instinto de que este hombre era la única cosa en la habitación que no intentaba aplastarla.
Diego se quedó inmóvil. Sus ojos se oscurecieron, cambiando de café a algo casi negro. La miró, evaluando el peso de su petición, calculando el costo.
-No hay vuelta atrás si nos vamos, Isabel -advirtió. Su voz era baja, áspera en los bordes-. Si sales por esa puerta conmigo, no volverás a esta casa.
Isabel asintió frenéticamente. Las lágrimas se derramaban ahora, caminos calientes sobre su piel fría.
-Por favor. Solo sácame de aquí.
Diego no dudó. Cambió su agarre, guiándola hacia la salida de servicio oculta detrás de un tapiz. Movió su cuerpo para protegerla de las cámaras de seguridad, bloqueándola de la vista con sus anchos hombros.
El aire nocturno afuera mordía. Un Maybach negro mate, elegante y siniestro, estaba esperando en la acera, pareciendo un depredador en las sombras.
Diego abrió la pesada puerta y la ayudó a entrar. El interior olía a cuero y aislamiento. Cerró la puerta de golpe, y el silencio fue absoluto. La música, las risas, la voz de Alonso... todo había desaparecido.
Isabel se desplomó contra el asiento. Había una licorera de cristal en la consola central. No pensó. Simplemente se sirvió líquido ámbar en un vaso y se lo bebió de un trago.
Quemó. Quemó todo el camino hasta su estómago vacío, prendiendo fuego a su sangre.
Diego se subió al asiento del conductor. No la miró. Apretó el volante con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.
-¿A dónde vamos? -preguntó ella, arrastrando un poco la voz mientras el alcohol golpeaba su sistema con la fuerza de un camión.
-A mi casa -dijo Diego.
El auto se movió. Las luces de la ciudad se desenfocaron en rayas de neón. Isabel se sentía mareada, a la deriva. El alcohol se mezclaba con la adrenalina y el duelo, creando un cóctel tóxico en su cerebro.
Miró el perfil de Diego. Era el papá de Dalia. Era dinero viejo. Era poder.
-Necesito un escudo -balbuceó, las palabras atropellándose-. Necesito un muro que él no pueda escalar.
Diego la miró por el espejo retrovisor. Su expresión era ilegible.
Llegaron a un edificio que perforaba el horizonte. El viaje en ascensor fue un borrón de mareo. Cuando las puertas se abrieron en el penthouse, Isabel tropezó.
Diego estaba allí de nuevo, estabilizándola. Sus manos sobre los brazos de ella se sentían calientes a través de la tela delgada de su vestido.
Ella lo miró hacia arriba. Bajo la dura iluminación del vestíbulo, no parecía un salvador. Parecía peligroso.
-Cásate conmigo -soltó ella.
El silencio que siguió fue ensordecedor.
Era el alcohol hablando. Era el instinto de supervivencia de un animal herido tratando de encontrar al depredador más grande del bosque para esconderse detrás de él.
Diego se congeló. El aire en el penthouse se volvió eléctrico, cargado con una tensión que hizo que el vello de los brazos de Isabel se erizara.
No se rio. No le dijo que estaba borracha.
Caminó hacia una caja fuerte oculta detrás de una pintura. Marcó un código, los pitidos sonaron fuertes en la habitación silenciosa. Sacó un documento y una pluma estilográfica pesada.
Regresó hacia ella y colocó el papel sobre la mesa de consola de mármol.
-Firma -ordenó. Su voz era suave, pero llevaba el peso de un mazo golpeando el estrado de un juez.
Isabel parpadeó, tratando de enfocar el papel. Las palabras nadaban. Vio "Matrimonio" y "Acuerdo".
No le importaban los detalles. Solo quería que Alonso supiera que ella se había ido. Quería quemar el puente tan completamente que nunca pudiera volver a cruzarlo.
Agarró la pluma. Su firma fue desordenada, un garabato irregular en la línea inferior.
-Hecho -susurró.
La pluma se resbaló de sus dedos y repiqueteó sobre el mármol. La habitación se inclinó hacia un lado.
Lo último que sintió fue a Diego atrapándola de nuevo, levantándola en sus brazos mientras la oscuridad se la tragaba entera.