Libros y Cuentos de Survivor
Adiós, Princesa Falsa
Un dolor de cabeza punzante me despertó, pero no era un dolor cualquiera. Se sentía como si algo dentro de mi cráneo se estuviera reorganizando, y entonces lo vi: números flotando sobre la cabeza de las personas. Mi mayordomo, Alfredo, tenía un 85, señal de lealtad. Pero el "0" que vi sobre el nombre de Camila, mi prometida por diez años, me heló la sangre. Justo cuando intentaba asimilarlo, ella me llamó, con la voz histérica, diciendo que sus "padres adoptivos" la habían echado a la calle y que no tenían a dónde ir. Corrí a auxiliarla, como siempre, pero al llegar a su apartamento, escuché su voz. "Es un idiota. Le pagué a esa actriz (la 'abuela' enferma) lo suficiente. Se lo tragará como siempre." Y lo peor: un beso. Un beso apasionado entre Camila y Mateo, su supuesto hermano. Mi mundo se hizo añicos; fui el tonto, el cajero automático con sentimientos. Diez años de mi vida, de mi amor, de mi dinero, ¡una farsa! La rabia me consumió, borrando cualquier duda. Ya no habría más Ricardo el ingenuo. Ahora, la venganza sería mi nueva prometida, y ellos pagarían cada centavo. La caída de la falsa princesa iba a ser espectacular, y yo estaría en primera fila.
El Sabor de Venganza como el Jerez Fino
Regresé a mi hogar en Jerez, a la finca familiar de las Bodegas Solera Real, para darle una sorpresa a mi hermana Lucía. Esperaba encontrarla plácidamente estudiando, preparándose para heredar nuestro negocio. Pero lo que hallé me heló la sangre. Lucía, mi dulce hermana, estaba en el patio principal, de rodillas sobre las piedras calientes, fregando el suelo con harapos y las manos en carne viva. Su mirada, vacía, tardó en reconocerme. "Los criados solo bebemos agua," susurró. Mi madrastra Isabel apareció, la sonrisa de un depredador, y mi padre, Ricardo, asintió cobardemente a sus crueldades. Me inmovilizaron, me quitaron el medallón de mi madre, mi herencia. Vi cómo Lucía, como un autómata, repetía que estaba "feliz" y se arrastró para beber agua sucia de un cuenco para perros. Era la humillación más cruel imaginable. La rabia y la desesperación me invadieron al ver a mi hermana reducida a eso. ¿Cómo pudieron aniquilarla de tal manera? ¿Dónde estaban nuestros aliados, los que una vez protegieron nuestro legado? Estaba sola, rodeada de caras hostiles, y mi propia familia me había traicionado. Fue entonces cuando la cargué en mis brazos y, a regañadientes, la arranqué de ese infierno, llevándola a un hospital. El médico confirmó mis peores temores: desnutrición severa, deshidratación, y un cuerpo cubierto de contusiones, cicatrices y quemaduras de cigarrillo. Con cada desgarradora palabra, una furia fría se encendió en mi interior. Sabía lo que tenía que hacer. Volvería por ellos, y juro por mi madre que lo pagarían con creces.
La Venganza del Hijo Débil
Mi hermano Leo murió tras una herida de novillo en nuestra hacienda. Mis padres, líderes del imperio del tequila, solo vieron su muerte como una "debilidad", no una tragedia. Solo yo, Mateo, quise darle un funeral digno. Les pedí dinero, pero mi padre me negó hasta un centavo, riéndose de mi "drama" y obligándome a ganarlo como jornalero. Su influencia me cerró todas las puertas de trabajo en Jalisco. Mi "hermano" Ricardo, el hijo que mis padres siempre desearon, me empujó a las garras del brutal prestamista El Caimán. Fui golpeado salvajemente, pero logré enterrar a Leo con dinero manchado por la desesperación. Pero el horror llegó después: Ricardo me confesó con una sonrisa macabra que él había provocado el accidente de Leo. ¡Había asesinado a mi hermano! Y mis padres, que lo sabían, me castigaron a mí por mi duelo, por no ser el "hombre fuerte" que ellos querían. ¿Cómo podría un "hijo débil" como yo luchar contra la frialdad y traición de mi propia sangre? Una noticia viral expuso su crueldad, desatando el escándalo. Desesperados por el honor, en el sagrado Día de Muertos, mi padre, incitado por Ricardo, intentó profanar la tumba de Leo, golpeándome frente a todos. Ese día, la dinastía Agave de Reyes firmó su propia condena. Mi padre y mi madre habían cavado su propia tumba, y la de Ricardo. ¡Ahora, la verdadera justicia para Leo y para mí está a punto de comenzar!
Mi Guardaespaldas, Mi Verdugo
Durante tres años, amé en silencio a mi guardaespaldas, Alejandro. Él era mi roca inquebrantable, la única figura constante en mi solitaria vida tras la muerte de mi madre. Intenté de todo, pero siempre mantuvo un muro de profesionalismo. Una noche, mi mundo se desmoronó. Lo escuché hablar por teléfono, su voz llena de ternura... pero no para mí. "Sofía es solo una niña mimada y vulgar", confesó. "Camila es un ángel". El desprecio en su tono fue un golpe físico. Él había amado a mi hermanastra, mi supuesto "ángel", durante años, confundiéndola con la chica que salvó un quetzal. Desde ese instante, su devoción a Camila fue humillación constante. En una subasta, usó la fortuna de su padre para comprar todos los lotes para Camila, aplastándome públicamente. Días después, cuando un perro salvaje me atacó, él la protegió a ella primero. Mi pierna sangraba en el suelo mientras él consolaba a Camila. No satisfecho, para vengar la "marca" que le dejé, él orquestó una brutal golpiza: noventa y nueve latigazos que casi me matan. ¿Cómo pudo hacerme esto? ¿Cómo fui tan ciega? Mi dolor ardía. La amarga verdad me golpeó: Mi madre no murió de "complicaciones"; Camila la envenenó lentamente. Y yo, un mero estorbo. Fue entonces cuando lo decidí. Durante mi partida hacia un matrimonio arreglado en España, me aseguré de que él escuchara la verdad de los labios de su "ángel": "Alejandro es un perro faldero, un idiota útil". Mi escape a la libertad era solo el principio de su despertar y de mi silenciosa venganza.
