Libros y Cuentos de Calv Momose
El Fuego que Encendió Mi Alma
Natalia Arnal POV: Por diez años, sacrifiqué mi prometedora carrera como cirujana para convertirme en la mente maestra detrás del ascenso político de mi esposo, Andrés. Pero él no solo me traicionó con su asistente, Ivanna. En la gala que lanzaba su campaña nacional, me humilló públicamente. Frente a todos, insinuó que construiría una nueva familia con ella, incluso hablando de "nuevas vidas" que llegarían a su hogar. Sus palabras fueron un puñal, porque en secreto, yo estaba embarazada del hijo que por años había anhelado. El hombre al que le entregué mi vida y mi futuro me desechaba como si no fuera nada. Esa noche, le arrojé nuestro símbolo de unión a los pies y anuncié el divorcio. A la mañana siguiente, tomé la decisión más dolorosa de mi vida: interrumpí el embarazo en secreto. Era la única forma de cortar para siempre el lazo que nos unía y empezar a reclamar la vida que él me había robado.
El Precio de Predecir
Mi hermano Leo, que llevaba diez años en un silencio ininterrumpido, era una presencia extraña en nuestra casa. Mi mamá lo llamaba un alma vieja, mi papá suspiraba, esperando que algún día hablara. Yo, Ana, de diecisiete, solo veía un niño mudo. Hasta un martes por la mañana, cuando, con mi papá a punto de irse al trabajo, Leo rompió el silencio. "Papá no va a ir a la chamba", dijo con una voz rasposa pero firme, clavando mi mundo en el asombro y el miedo. Mi mamá dejó caer la licuadora, mi papá quedó petrificado en la puerta. Él se quedó en casa ese día, pero no para descansar. Horas después, lo encontré en el patio, tirado en un charco de sangre, muerto. La policía lo cerró como un trágico accidente: un sonámbulo que cayó. Pero las palabras de Leo se clavaron en mi mente; nadie más pareció notarlas, solo yo. Cinco años después, el dolor seguía, mezclado con la culpa de un secreto que guardaba. Me había enamorado de Carlos, un refugio de normalidad. Anunciar nuestro compromiso significaba volver a casa, a ese mausoleo de nuestra familia rota, y enfrentarme a Leo, ahora un adolescente distante. Intenté ignorar el nudo en mi estómago, la inquietud que me decía que esa cena familiar no sería un nuevo comienzo. En medio de la cena, Leo, de nuevo en un susurro inaudible para mí, advirtió a Carlos. "Gracias por el consejo", dijo Carlos, una extraña calma en su voz, mientras mi hermano me lanzaba una sonrisa vacía, la misma de nuestra tragedia pasada. Él negó que fuera algo importante, pero yo sabía que me estaba mintiendo. La historia se repetía, y yo estaba, de nuevo, en el centro de la tormenta. Menos de veinticuatro horas después, el mundo se derrumbó. Los titulares lo gritaron: "El \'Niño Profeta\'…es encontrado muerto. Autoridades sospechan suicidio". No podía ser, no me creí la versión oficial. La llamada de Leo antes de su muerte resonó en mi cabeza, cortada por un ruido sordo. "No vayas a la iglesia... es una trampa...", me había advertido con pánico en su voz. Justo después, Carlos tuvo un accidente, su auto destrozado. La advertencia de Leo no era una casualidad, sino una profecía. Y ahora, todo se conectaba en una telaraña oscura y pegajosa que nos estaba atrapando a todos. El miedo me invadió, un terror insoportable por Leo, por Carlos, por mi madre. Ignoré todo y tomé una decisión: debía ir a esa iglesia. Tenía que llegar al pueblo de San Miguel y descubrir la verdad, sin importar cuál fuera.
La Mala Intención De Mi Mejor Amiga
El aire en el autobús era sofocante, el sol de Sevilla caía a plomo, pero el ambiente era gélido. Faltaba una hora para que cerraran las inscripciones del Concurso de Danza Juvenil de la Feria de Abril, y estábamos parados esperando a Scarlett, quien "olvidó" una flor. Máximo, mi novio y líder del grupo, insistía en esperarla, apoyado por los demás que me miraban con impaciencia, esperando que yo, Luciana, la colíder, cediera. Sentí un escalofrío: esta misma escena la había vivido en mi vida pasada, el principio de una traición devastadora que me llevó a la muerte y la ruina de mi madre. En esa vida, rogué, me llamaron egoísta, y al final, cedí, perdiéndolo todo por su culpa. Ahora, ellos me observaban, y las viejas voces acusatorias resonaban: "¿Luciana, qué dices? Scarlett es tu mejor amiga." Mi corazón se hundió, viendo la ceguera de Máximo y los rostros de quienes me traicionarían de nuevo. Pero yo ya no era la misma tonta manipulable. Con una calma sorprendente, les confirmé que debíamos esperarla, haciendo que un murmullo de alivio recorriera el autobús. Fingí sentirme mal, me retiré al autobús sola, y desde mi asiento, secretamente envié un mensaje a mi madre: "Mamá, el plan empieza ahora. Prepara todo." Observé a los que se reían y bromeaban abajo, ajenos a la catástrofe que acababan de elegir. En esta vida, ellos llorarían por sí mismos.
No Soy Tu Tonta Enamorada
Era el día de mi boda civil con Javier, el hombre al que di todo, incluso la influencia secreta de mi familia Vargas para catapultar su carrera. Lo esperaba en el ayuntamiento, vestida de blanco, cuando mi teléfono vibró. No era él, sino una foto de Instagram de su protegida, Isabella, en mi cama, con una sonrisa triunfante, anunciando "buenas noticias". Cuando Javier finalmente llamó, su voz no era de disculpa, sino de irritación, diciendo que Isabella había "desmayado" y debían posponer la boda. La humillación me quemaba por dentro al verme plantada, la heredera de Bodegas Vargas, en mi propio "gran día". Pero lo peor llegó después: me llamó para confesar un embarazo con Isabella, ofreciéndome criar a SU BEBÉ en común, y pedirme que ocultara todo, como si yo fuera una idiota manipulable. Cada palabra era un puñal, revelando que para él, yo era solo un "pasaporte" a la élite, una "tonta enamorada" a la que siempre regresaría. Mi hogar, mis pertenencias, todo fue borrado para hacer espacio a ella y "su" embarazo. Me di cuenta de que mi amor fue ciego, mi generosidad, una estupidez. Entonces, al oír a Javier y a Isabella conspirar para usarme y luego desecharme, una frialdad glacial me invadió. En ese momento de quiebre absoluto, no sentí dolor, sino una decisión inquebrantable. Miré mi teléfono y marqué el número de Mateo, mi amigo de la infancia, mi único refugio. "Cásate conmigo, Mateo. Hoy mismo", dije, con una calma que lo sorprendió. Y así, sin mirar atrás, salí de aquella humillación para forjar mi propia venganza.
Corazón Roto de La Bailaora
El suelo del tablao vibraba bajo mis pies, un eco de mi corazón embarazado por cuatro meses. Todo era perfecto hasta que una mano oscura me empujó, haciéndome caer del escenario, perdiendo a mi bebé y prometiendo una lesión grave de columna. En la oscuridad del hospital, aún bajo el efecto de los sedantes, escuché la voz de Javier, mi novio, diciéndole a su primo Mateo: "Es mejor así... Él [el niño] tenía que desaparecer", revelando que todo fue un plan para complacer a Catalina, la rica heredera. ¿Mi propio futuro esposo, el padre de mi hijo, había orquestado mi caída y la muerte de nuestro bebé por herencia y un estúpido "honor"? Cuando Javier me obligó a firmar un acuerdo de confidencialidad para perdonar a Catalina, y esta, en un acto teatral, se "autolesionó" para manipularlo, vi con horror cómo Javier, el hombre que me había jurado amor eterno, me abofeteaba con rabia, acusándome de no tener corazón por una mujer que me había destruido. En ese instante, morí. Pero la bailaora Isabela nunca se rinde. En medio del caos que orquesté para mi propia "muerte", decidí que, si me habían quitado a mi hijo y mi vida, yo les quitaría todo. Ahora, Elena ha vuelto.
Mi Venganza Silenciosa
Mi vida era una farsa dedicada a Isabela, mi "esposa" supuestamente amnésica, por quien abandoné mi sueño de arquitecto y me hice repartidor de Glovo para financiar sus tratamientos. Justo cuando su adinerada familia la recuperó, ella me miró con seis años de desprecio congelado, y su madre, sin emoción, me ofreció un millón de euros para que desapareciera y olvidara a nuestro "hijo", Leo. Fui tratado como un paria, humillado por Ricardo, su nuevo amor, quien me golpeó y me llamó "sudaca", mientras mi propio hijo me escupía y pisoteaba mis sueños, representados en mis bocetos de arquitectura universitaria. Reviví el horror de mi vida pasada: un manicomio, tortura, y la muerte a manos de mi "hijo", comprendiendo la profundidad de su manipulación y el vacío de mi existencia, un dolor que transcendía lo físico. Pero esta vez, en lugar de la ira, elegí una calma helada: tomé el cheque, exigí estudiar arquitectura en Suiza, y con ese acto, sellé mi renacimiento, transformando el desprecio en la semilla de mi fría y calculada venganza.
