-Tú firmaste la última página, Mónica. En el Grupo Financiero Voraz, la última firma es la que va a la guillotina. No tolero la incompetencia, y mucho menos los pretextos. Firma.
Mónica soltó una risa amarga, dejando la pluma sobre la mesa con un golpe seco.
-Es una excusa perfecta y lo sabes. Querías recortar personal de mi división y encontraste el chivo expiatorio ideal. Llevo seis meses trabajando catorce horas diarias para esta empresa.
-Y cobraste cada uno de tus sueldos, supongo -Adrián se reclinó en su sillón, entrelazando los dedos-. No confundas esto con algo personal, Mónica. Eres una analista promedio, perfectamente reemplazable. El mercado está lleno de jóvenes con ganas de trabajar y sin tantas quejas. Recursos Humanos ya tiene tu liquidación.
-Eres un monstruo corporativo, Adrián. No tienes la menor empatía.
-La empatía no cotiza en la bolsa de valores. Te quedan cuarenta minutos para salir del edificio. Adiós, Mónica.
Mónica apretó los puños para evitar que las manos le temblaran de rabia. Se puso de pie, enderezando la espalda con toda la dignidad que le quedaba.
-Algún día vas a mirar hacia abajo desde tu pedestal, Adrián, y no habrá nadie para sostenerte cuando te caigas.
-Afortunadamente, no planeo caer de ninguna parte. Que tengas una buena tarde.
El silencio de la oficina se cerró detrás de ella cuando cruzó la puerta.
Tres horas más tarde, Mónica empujaba con la cadera la puerta de su pequeño apartamento en los suburbios de la ciudad. Llevaba los brazos ocupados con una caja de cartón mugrienta que contenía sus pocas pertenencias de la oficina: una taza con su inicial, un par de libretas y una planta suculenta medio seca.
Dejó la caja sobre la barra de la cocina y se dejó caer en el sofá. El espacio se sentía ridículamente pequeño comparado con la opulencia de la firma, pero era lo único que tenía. El alquiler vencía en diez días y acababa de quedarse sin ingresos.
-Analista promedio... -susurró para sí misma, sintiendo que las lágrimas del orgullo herido finalmente amenazaban con salir-. Idiota arrogante.
El timbre de la puerta interrumpió sus pensamientos. Mónica frunció el ceño. No esperaba a nadie, y menos a esa hora de la noche.
Se levantó de mala gana y abrió. Al otro lado del umbral se encontraba un hombre de unos sesenta años, impecablemente vestido con un traje de sastre de tres piezas que gritaba dinero. Dos hombres Corpulentos, con trajes oscuros y auriculares, permanecían de pie unos pasos más atrás en el pasillo común.
-¿Señorita Mónica Voraz? -preguntó el hombre mayor con una voz profunda y educada.
Mónica dio un paso atrás, desconfiada.
-Solo Mónica. No uso ese apellido... ¿Quién es usted? ¿Y qué hace en mi edificio?
-Mi nombre es Ernesto Sandoval, abogado principal y albacea del consorcio Voraz. Lamento irrumpir de esta manera, pero es un asunto de máxima urgencia. ¿Puedo pasar?
Mónica miró al hombre y luego a los guardaespaldas.
-¿Viene de parte de la empresa? Si es por el despido de hoy, ya firmé todos los documentos con Recursos Humanos. No tengo nada más que hablar con Adrián.
-El director ejecutivo Adrián no tiene la menor idea de que estoy aquí, señorita -Ernesto sonrió con suavidad, mostrando una formalidad imponente-. Mis asuntos van mucho más allá de las decisiones de ese muchacho. Vengo en representación de su abuelo.
Mónica se congeló.
-Mi abuelo murió cuando yo era una niña. Mi madre siempre me dijo que no nos quedaba familia. Debe estar equivocado de dirección.
-Su madre le mintió para protegerla, Mónica. El hombre que falleció la semana pasada, el fundador del imperio en el que usted trabajaba... Guillermo Voraz, era su abuelo biológico.
El apartamento pareció quedarse sin aire. Mónica se sostuvo del marco de la puerta, sintiendo un repentino mareo.
-¿Guillermo Voraz? ¿El magnate? Eso es ridículo. Yo vivía con cupones de descuento mientras ese hombre salía en las portadas de Forbes. Si fuera su nieta, ¿por qué me dejaría crecer en la clase trabajadora? ¿Por qué me ignoraría?
-No la ignoró. La observó cada día de su vida -Ernesto metió la mano en su maletín de piel y sacó un sobre lacrado de color marfil-. Guillermo Voraz tuvo una familia legítima sedienta de poder. Hijos y nietos que habrían destruido a cualquiera con tal de heredar un dólar más. Cuando su madre se alejó del negocio familiar, Guillermo estuvo de acuerdo. Sabía que la única forma de que usted creciera a salvo de los buitres corporativos era manteniéndola en el anonimato. Fuera del mapa.
-¿A salvo? -Mónica alzó la voz, la indignación mezclándose con la confusión-. ¡Hoy mismo me echaron a la calle como si fuera basura!
-Y es exactamente el momento que su abuelo estaba esperando -Ernesto extendió el sobre hacia ella-. El señor Guillermo sabía que usted querría ganarse la vida por sus propios méritos, por eso entró a la empresa desde abajo. Pero él dejó instrucciones muy claras. El día que la empresa le diera la espalda, el juego del anonimato terminaría.
Mónica tomó el sobre con manos vacilantes. Rompió el sello de cera y desplegó el documento oficial. Sus ojos recorrieron las cláusulas legales impresas en papel de alta seguridad.
-Esto... esto dice que...
-Dice que usted es la heredera universal del patrimonio personal de Guillermo Voraz -completó Ernesto, cruzando las manos a la espalda-. Lo que incluye, de manera inmediata, el cuarenta por ciento de las acciones del Grupo Financiero Voraz. Usted es, a partir de este momento, la socia mayoritaria del holding.
Mónica soltó el papel sobre la barra de la cocina, retrocediendo como si el documento quemara.
-¿El cuarenta por ciento? Eso significa que...
-Significa que usted posee más control sobre la firma que toda la junta directiva junta. Y, por supuesto, mucho más que el director ejecutivo actual.
Mónica procesó la información en segundos. La imagen de Adrián sonriéndole con desprecio en su oficina de cristal cruzó por su mente. "Eres una analista promedio, perfectamente reemplazable".
Un fuego nuevo, ardiente y desconocido, comenzó a encenderse en el pecho de Mónica. La tristeza por el despido desapareció, reemplazada por una fría determinación.
-Adrián tiene una reunión con el consejo mañana por la mañana -dijo Mónica, su voz cambiando por completo, perdiendo la timidez-. Van a votar la reestructuración de mi antigua división.
-Lo sé -Ernesto sonrió con complicidad-. En El Pabellón de Cristal, a las nueve de la mañana.
-¿Tengo acceso a ese lugar con estas acciones?
-Señorita Voraz, usted es la dueña de ese lugar. Si lo desea, puedo tener un automóvil oficial esperándola abajo a las ocho y media. Su suite ejecutiva ya está siendo preparada.
Mónica miró la caja de cartón en la cocina, luego el testamento de su abuelo, y finalmente al abogado. Se enderezó el saco arrugado de su traje sastre barato.
-Dígale al chofer que llegue a las ocho, Ernesto. No me gusta llegar tarde a mi primer día como jefa.