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Relatos De Una Loca Pasión.

Relatos De Una Loca Pasión.

5.0
11 Capítulo
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"En el juego del amor y la venganza, el corazón es el único que puede perderlo todo." ​Esmeralda Lombardi ha crecido bajo la sombra de una injusticia: el robo del imperio hotelero que su padre construyó y que el patriarca de los Guidacci le arrebató mediante engaños. Tras la muerte de Don Dimarco Guidacci, Esmeralda regresa de Italia dispuesta a reclamar lo que le pertenece, pero se encuentra con un testamento cargado de veneno. El anciano, en un último y retorcido acto de control, ha estipulado una cláusula ineludible: para recibir la herencia, Esmeralda debe casarse con el arrogante y despiadado heredero de la familia, Lino Guidacci. ​Lino odia a Esmeralda. Para él, ella es solo una oportunista que ha venido a destruir el legado de su familia. Forzados a un matrimonio de dos años que ambos consideran una pesadilla, la mansión Guidacci se convierte en un campo de batalla donde los insultos y la desconfianza son el pan de cada día. Sin embargo, tras la fachada de odio, empieza a surgir una tensión eléctrica que ninguno de los dos puede ignorar. ​Bajo la sombra de una conspiración familiar liderada por la cruel tía Carlota, Lino acepta un plan perverso: seducir a Esmeralda, enamorarla y llevarla al punto de la entrega total para que ella le ceda voluntariamente sus derechos legales. Pero mientras Lino despliega su juego de seducción, la línea entre la actuación y la realidad comienza a borrarse. ​¿Podrá Esmeralda descubrir la trampa antes de entregar su fortuna y su corazón? ¿O será Lino quien termine cayendo en su propia red, atrapado por la mujer que juró destruir?

Contenido

Relatos De Una Loca Pasión. Capítulo 1 La Nueva Heredera

Florencia, Italia

​-Lo lamento mucho, pero el señor Joaquín ha muerto. Hicimos todo lo que estaba en nuestras manos, pero fue imposible salvarlo.

​Esas palabras atravesaron como una bala el corazón de la joven. Solo deseaba ver a su padre una vez más; anhelaba que saliera de aquel hospital con vida, como lo había hecho tantas veces antes, pero esta vez el destino era distinto: se había ido para siempre.

​Las lágrimas que surcaban sus mejillas estaban cargadas de dolor y rabia. Se sentó lentamente, intentando procesar la noticia, pero le resultaba imposible aceptar la ausencia de su padre. Su tía paterna se sentó a su lado e intentó consolarla, acariciando su larga cabellera negra mientras susurraba:

​-Era lo mejor, hija. Mi hermano ya estaba muy enfermo, estaba sufriendo demasiado.

​-¿Por qué, tía? ¿Por qué me ha tocado esta vida? -preguntó Esmeralda con el alma desgarrada, un nudo en la garganta y una opresión asfixiante en el pecho.

​-No lo sé, Esmeralda, pero ahora debes ser fuerte, como siempre lo has sido. Tenemos que seguir adelante porque no nos queda otra opción.

​Esmeralda miró a su tía y cerró los ojos, intentando recuperar la fuerza que se le había escapado apenas unos segundos atrás.

​Los Ángeles, California

​Mientras tanto, a kilómetros de allí, en un mundo totalmente diferente, el heredero del CEO más poderoso de Estados Unidos ponía fin a otra relación.

​-Lo siento, Lino, pero me he enamorado de otro hombre. Intenté luchar por nosotros, pero no tenía sentido; cada vez me sentía más sola e ignorada. Lo único que te interesa es tu trabajo y complacer a tu abuelo.

​Lino, un hombre de atractivo imponente, alzó la vista y clavó sus ojos azules en la bella rubia frente a él. Sus palabras no eran nuevas; era un guion que ya había escuchado muchas veces.

​-Está bien, Soraya. Si ya has tomado una decisión, la respeto. No voy a suplicarte que te quedes.

​-¡Vaya! ¿Eso es todo? Eres increíble, Lino. ¿Ni siquiera una disculpa por más de seis meses de total abandono? -preguntó ella, indignada.

​-¿Una disculpa? No, Soraya, no esperes eso de mí. No soy de los hombres que piden perdón -sentenció él con frialdad, como si el final de su relación fuera un trámite más. Acto seguido, dejó dinero sobre la mesa y se marchó.

​En una elegante habitación, un hombre mayor miraba fijamente por la ventana.

​-¿Señor Dimarco? Aquí le traigo sus medicinas -dijo Braulio, su empleado de confianza.

​El hombre lo ignoró, con la mente perdida en algún lugar lejano.

​-¿Qué sucede, señor? ¿Se encuentra bien? -preguntó Braulio, quien había sido su amigo por más de cincuenta años.

​-Creo que es hora de devolver lo que robé hace medio siglo, Braulio. El fruto del trabajo de un hombre que lo dio todo.

​-Señor, ¿aún sigue con eso?

​-Sí, hoy más que nunca. Siento el aliento de la muerte en mi cuello, Braulio. ¿Qué le diré a Dios cuando esté frente a Él? ¿Cómo voy a explicarle mi traición?

​-¿Pero qué piensa hacer? Han pasado muchos años. Seguramente Joaquín pudo rehacer su vida; ya no tiene sentido que se angustie.

​-Para mí sí lo tiene. No quiero marcharme sin reparar mi error. Me duele por mi familia, pero tengo miedo de la condena eterna.

​Braulio lo miró inquieto, temiendo que Don Dimarco hubiera perdido la razón.

​Florencia, Italia (Dos días después)

​-Me partió el alma dejar a mi padre en ese lugar tan solitario, tía.

​-Lo sé. La vida sin Joaquín será difícil, pero fue lo mejor. Ya no teníamos dinero para sus medicinas y él sufría cada vez más. Desde aquel accidente, su vida cambió para siempre. Mi pobre hermano luchó tanto para nada...

​-He estado pensando algo, tía. Quiero reabrir la panadería de papá.

​-¿Qué? ¿Pero con qué dinero? No nos queda nada.

​-Podría hipotecar la casa y usar ese capital para el negocio.

​-Hija, es muy arriesgado. La panadería ha estado cerrada años. Si nos va mal, perderemos la casa que tanto esfuerzo le costó conseguir a tu padre.

​-No importa. No pienso quedarme de brazos cruzados. Tengo que hacer algo.

​Esmeralda se miró al espejo, secó sus lágrimas y retocó su maquillaje. Sus ojos café claro aún reflejaban el dolor de la pérdida, pero también una nueva determinación. Sin perder tiempo, se dirigió al banco.

​La residencia se preparaba para una gran celebración.

​-¿Abuelo? Buenos días. Mi tía y mi madre están vueltas locas con los preparativos de tu fiesta -dijo Lino, besando la frente del anciano.

​Dimarco no respondió; para él, la fiesta carecía de importancia.

​-Te noto extraño, abuelo. ¿Qué pasa?

​-Nada. ¿Cómo va todo en la compañía? -preguntó, evadiendo el tema.

​-Muy bien. Sabes que puedes confiar en mí.

​-Lo sé. Eres mi orgullo, Lino, igual que lo fue tu padre.

​-No me engañas -insistió Lino, inclinándose hacia él-. ¿Qué tienes?

​-Lino, quiero pedirte algo muy serio -dijo Dimarco con solemnidad-. No me preguntes nada, solo prométeme que cumplirás lo que deje ordenado en mi testamento.

​-¿Qué? Abuelo, me estás asustando. No hables de testamentos hoy, es tu cumpleaños.

​-Solo promételo. Haz exactamente lo que estipule; será por el bien de la familia.

​-Está bien, te lo prometo -respondió Lino, desconcertado.

​Al caer la noche, la mansión se vistió de gala. Los invitados vitorearon cuando el CEO bajó lentamente las escaleras.

​-¡Feliz cumpleaños, suegro! Espero que nos acompañe muchos años más -dijo Anthony, el esposo de Carlota.

​-¿Más años viéndote gastar mi dinero sin trabajar? No lo creo -replicó Dimarco con dureza.

​La fiesta avanzaba, pero Dimarco comenzó a sentir un dolor agudo en el pecho. Mientras disimulaba el malestar, Sora, la madre de Lino, se acercó a su hijo.

​-¿Qué pasa con Soraya? ¿Por qué no ha llegado?

​-No vendrá, mamá. Terminamos hace un par de días.

​-¿Otra vez, Lino? No duras más de seis meses con nadie. Tu única relación es con el trabajo.

​Lino sonrió con suficiencia. Para él, el amor era irrelevante; su única meta era ser como su abuelo: un hombre poderoso y respetado. De repente, un grito desgarrador de Carlota interrumpió todo.

​-¡Papá!

​Don Dimarco se desplomó, con la mano apretada contra el pecho. El momento que tanto temía había llegado.

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