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Historia

Capítulo 6 El rey

Palabras:1290    |    Actualizado en: 07/04/2026

ítu

VISTA D

u presencia me dejó sin aliento antes inc

el mundo entero se doblegara a su voluntad. Me resultaba familiar. Su figur

u nombre, pe

resulta familiar. Su aura. Quiero estar cerca d

ió la espalda. Algo and

juego con su atuendo real, como si hubiera sido hecha exclusivamente para él. No podía verle

le. Todos los lobos y licántropos del salón parecían atraídos hacia él, obligado

a que no podía resistirme. Me dolía el pecho. Quer

endo. Simplemente me siento atraída hacia él. Lo

da y los labios entreabiertos en señal de asombro. Otras susurraban, lanzando miradas d

damas lo miraban como si quisieran devorarlo? Mi loba gruñó en silencio. ¿Qué

n él. Cuando se acomodó en su asiento, nuestras miradas se cruzaron, y lo sentí, una chispa de reconocimi

z juicio. Un destello de reconocimiento, como si me conociera.

arañando mi mente. «Compa

, ahora, disfrazado de rey. Sin embargo, mi corazón, mis instintos, me gritaban que podía ser

se extendiero

compañera ahora? Espero que s

disgustara. Podría matar a s

ente. Mis sentidos agudizados los captaban con

ultitud, su miedo mezclado con asombro. Todos los alfas, la

aire pareció estremecerse ante la orden, y todos mis instintos se tensaron. A

a- era imprescindible. Pero cada fibra de mi ser, cada instinto, gritaba para mostrar los di

ndo de mi mente, susurrando su nombre en un lenguaje que ninguna palabra podía capturar. A

arría el salón con dominio imperioso, supe una

cumplir los treinta años. Tengo veintiocho. No hay necesidad de apresurarse, pero no veo razó

oído muchos rumores sobre mi rostro; algunos dicen que es feo, que tiene cicatrices. S

pecho, con el corazón latiendo con fuerza. Artemisa se agitó bruscamente den

stá reaccionando así

jo, llevando la mano al borde de

cargado de poder, expectación y tensión. Artemis gruñó en voz baja, advirtiéndome de

ar, extrañamente

jaba en su rostro, trazando los rasgos marcados de su máscara, la fuerza de su mandíbu

nterior s

ero innegable, me oprimía el pecho; el vínculo de pareja, enterrado durante tanto tiempo, en silencio durante tres año

e agudizaron, las garras me picaban, el impulso de saltar, de reclamar, de proteger, me

indescifrables y, sin embargo, había reconocimiento. Una chispa qu

ndo los bordes de mis pensamientos: «Se sie

a indiferencia serena, incluso mientras mi pulso se a

fin, se quit

ponente, increíblemente cautivador. Se me cortó la respiración. Todos mi

nstándome a la precaución, pero incapaz de

podía moverme. No po

a ató

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