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Val
rme en la cama ni un minuto más. Mi madre necesitaba su medicina a las siete en punto, y si llegaba tarde al trabajo otra
beza, y llevaba tres meses prometiéndome que la arreglaría. Pero entre el trabajo, cuidar a mamá y dormir lo poco
estí rápido, con la misma ropa de siempre: unos pantalones negros que ya tenían la tela brillante de tanto uso y una blusa blanca que había comprado hacía tres años en una liquidación
lujo que no me
e la tarjeta de crédito seguía ahí. Dos mensajes de la farmacia confirmando que la medicina de mamá es
pudiera borrar ese mensaje de mi mente, pero siempr
perando que yo entrara con su medicina. Tenía sesenta y dos años, pero parecía mucho mayor desde que empezó con l
ija -dijo con u
s, mamá. ¿D
preocupes por mí. Anda a tra
s que supuestamente la ayudarían a estar mejor, pero cada mes subían de precio. La primera vez costaban treinta mil
asar a la farmacia antes del trabajo, así que n
tomó la mano. Sus
es tanto. Te est
so, mamá. Y
beso en la frente y salí corriendo. Eran las seis y cuarto y el autobús pasaba a las sei
nde las aceras están rotas y los perros callejeros pelean por la comida en las esquinas. Mis vecinos y
otra vez, mi
doña Góm
je y me acomodé en un asiento cerca de la ventana. El bus estaba lleno de gente con cara de sueño,
o pago. Eso tenía que durarme dos semanas para comida, transporte, las medicinas de mamá y un montón de otras cosas que siempre aparecía
lista intermin
ntana, viendo pasar la ciudad sin realmente verla. La gente en sus carros, los edificios, los semáforos. Todo pasaba rápido mientras yo
a especial. Trabajaba en una empresa de contabilidad que llevaba el nombre de un señor que ni siquiera conocía. Mi pue
hora. Siete y cincuenta y ocho. Dos minutos
a un cubículo pequeño, con una silla que ya no tenía ajuste de altura y una computadora que tard
laba de verdad. Tendría unos cincuenta años, era gorda y siempre tenía u
te el correo que
enas estoy pr
eportes del cliente grande y dice que todos ten
las nueve de la noche. Significaba que mi madre estaría sola todo el día, que no podrí
rápido? -pregunté, aunq
o. El cliente grande
jefe les aceptaba todo. Si ellos querían cambios a última hora, nosotros trabajábamos hasta ta
renta años, que siempre parecía estar enojado. Caminaba rápido por la oficina con una car
os números otra vez. El cliente dice
evisé esos números t
cliente paga, el cliente tien
escuchaba. Nadie me escuchaba. Yo era la asistente, la que hacía el
a pantalla. Sumando, restando, verificando, cor
s a al
raje c
mos, un día no
lata, Paty.
ros compañeros. Yo saqué mi fiambrera del bolso. Adentro había arroz con un poco de pollo que había coc
amá me había mandado un mensaje: -Ya tom
pago. La deuda de la tarjeta no bajaba nunca, porque solo podía pagar el mínimo cada mes. Los int
o yo seguí en mi escritorio. Roberto había dicho que todos debían quedars
do los mismos números tantas veces que ya los veía hasta cuando
te hace
Paty. ¿Tú
o mío. ¿Tú cuánto
Todaví
o la mano e
vir así, Valentina. Deb
dejo este trabajo, no tengo otro. Y s
a oficina con dos personas más que estaba
n el ascensor vacío. La calle estaba oscura y el frío de la noche me golpeó la cara. C
eve. Yo siempre lo perdía cuando
ba, casi lloro. Eso era lo que gastaba en comida para tres días.
de mi mamá. Entré despacio y la vi dormida en su cama, con el televisor encendido en un
-susurré-. Lleg
ndo, y eso era bueno. Significa
ran las once de la noche. En seis horas, el despertador
a que la arreglara. Cerré los ojos y pensé en el
ía. Así que me levantaba cada mañana, trabajaba cada día, pagaba cada cuenta
ncia, las cosas nunc
pasado mañana también. Y
á tuviera su medicina. Al menos hoy pagam
que ser
ah

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