xia
et y había regresado a mi puesto, con la cara ardiendo. Quería irme. Quería transformarme y destrozar este lugar. Pero me hab
ese hombre
as pasaba por la barra-. Jessica dice que la champaña no ti
era una bebida de truco, calentada casi hasta
otras mesas -in
, Ricardo te echa de la casa de la manada.
n me entregó la copa humeante en una charola.
uro aquí, bordeado de lujosas cortinas de terciopel
u mesa. Estaba recargada contra la pared en
rece una loba de verdad. Una Luna que pueda darle cachor
on voz firme. La charola e
líg
earla, pero fue rápida. Fingió un
itó, su voz f
a sostenerse, sino para golpear
a se i
meante y pegajoso se derramó por el borde. No
charola. Se hizo añicos co
r blanco, abso
ó, lo olí: el aroma metálico y sulfuroso del concentrado de
o; detiene el proceso de curaci
e mi piel. Mi carne burbujeaba y siseaba. Mi loba inte
lándome con un dedo de manicura perfecta-. ¡Me
sillo. Apareció Marcos, seguido
sando aquí? -
imas de cocodrilo-. ¡Le dije que no quería que
con el sudor gotea
la charola. Tiene pla
undizándose por segundos. Podía oler la carne quemada. Él lo sabía. Cualqui
stenía el colgante del "Juramento
ia mí, con lo
a torpe y vengativa. Tienes suerte de que la señorit
usurré, el dol
de hielo. Y mantente fuera de la
instaló en mi pecho, pesada y fría,
acunando mi mano destrozada, y p
aroma de las tormentas de invierno y el ozono- se filtró solo una fracción. M
obrar. Y los interese

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