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te de auto, pero mi familia nunca vino. Mi padre y mi hermano estaban de
a mi promet
a, sus últimas palabras por te
fierno, por
grabaron mi nombre en una lápida. Me enterraron bajo una montaña
morí.
e best-sellers, casada con el CEO de una empresa tecnológi
la primera persona que encontré fue a Ricardo, de pie frente
ítu
vista d
ro que me golpeó mientras conducía mi auto de alquiler a través de las rejas oxidadas del panteón de la familia Garza, un lugar al que juré que nunca volvería a poner un
un eco doloroso de la vida que había desechado. La piedra era nueva, más nueva que la de mi madre, e inquietantemente impecable. En su base, un ramo descolorido de liri
o los pies. Probablemente había estado cuidando estas tumbas desde antes d
el vivo retrato de la pobre Sofía Garza. El mismo cabello oscuro, los mismos ojos tristes
por mi interior, más prof
na. No lo corregí sobre lo de los "ojos tristes
mbros, apoyándos
ero se parece igualito a ell
apellido como ce
lers de la Ciudad de México. Estoy aquí para encargarme de la herencia de mi di
, sin in
strillar las hojas caídas, el sonido mundano en marca
como el sol. Mi vida estaba construida sobre cimientos sólidos, una fortaleza de amor y éxito que había construido minuciosamente, ladrillo
adre y su hermano elegían una boda por encima de sus heridas críticas. Fue aquella cuyo prometido, Ricardo, bailaba con su manipulador
no, pensé, un final tranquilo para una vida que había sido tan brutalmente truncada por las mismas personas que
que estaba aquí. No para llorar a un fantasma, sino para honrar a la única persona de esa familia que alguna vez me amó de verdad. R
So
a de un mal sueño. Me quedé helada, con la mano suspendida sobre la correa de mi
e, presentar mis respetos y dejar este maldito lugar para siempre. Ace
e firme, se aferró a mi br
de verdad
co más robusto, pero inconfundiblemente él. Su agarre era doloroso, sus ojos muy abiertos e inyectados en sangre, fijos
la voz quebrada. Parecía genuinamente conmoci
agarre, la pi
ción. Mientras lo miraba, mi vista se posó en los lirios de plástico descolo
na chica que ayudó a matar. Tenía los ojos enrojecidos, la mandíbula

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