ista de Is
imonio, de intentarlo, de esperar, Alejandro y yo no habíamos concebido. Y esta mujer, esta mesera "sencill
n oscuros, indescifrables, como un mar embravecido. No habló, no ofr
e consuelo, ahora se sentía como una violación. Me besó, un acto brutal y posesivo que me
que no entendía. Me sentía como un recipiente, vaciado de mis propios deseos, de mi propio ser. Lo soporté, esperando, en mi desesperada y rota manera, que esta intensa y perversa atención fue
observadora distante. Anhelaba un destello del viejo Alejandro, un toque tierno,
reo. Una sospecha floreció en el paisaje ár
urro ahogado del médico. Embarazada. Estaba embarazada. Mi propio hijo. Una pequeña chispa de esperanza se encendió dentro
ble. Mi corazón latía con una mezcla de miedo y una alegría frág
do en semanas. Escuchó, su rostro impasible, sus ojos aún indescifrables. U
ría, ni siquiera de sorpresa. Algo frío, duro
-ordenó, su voz desprov
re se m
-susurré, un cosquilleo de miedo
presión escalofriantemen
me quitaste a mi hijo. A
y crudo-. ¡No puedes! ¡Este es nue
on, atrapadas. Dos de sus corpulentos guardae
añando sus brazos, gritando
ron su silencio frío e inflexible. Ni siquiera me miró. Simplemente
ran escalera. La madera pulida brillaba, reflejando la luz fría y
al, un dolor abrasador que rasgó mi cuerpo. Grité, un sonido que era mitad gri
rror pegajoso y visceral
ncia que se desvanecía: "Siempre seré tu ancla, Isabela. S
suciedad en mi cara. La realidad de todo, aguda e ineludible, finalment
nasales. Las luces fluorescentes zumbaban arriba. Mi cuerpo dolía con un dolor sordo y p
a donde solía estar mi alma. Un entumecimiento se había apode
da, mi voz sorpre
i tocador. -Me miró, sus ojos l
z y segura: "Alejandro Ferrer". Un pagaré. Una promesa, hecha en mi decimoctavo cumple
jos brillando con adoración juvenil-. Cualqu
niño, mi niño, me había comprado esta claridad. Esta libertad absoluta e innegable de un hombre que había

GOOGLE PLAY