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Casada con el padre de mi hijo

Casada con el padre de mi hijo.

Casada con el padre de mi hijo.

Romance

5.0

Myriam Bennett creyó tenerlo todo: Un esposo perfecto, un matrimonio estable, solo les hacía falta un hijo, ella deseaba ese bebé para ser feliz con su marido, y él solo anhelaba ese niño para no perder su puesto de director en la corporación. La presión era muy grande para ella, que se sometió en reiteradas ocasiones a tratamientos de fertilización, sin resultado, hasta que su marido le exigió un bebé, así tuviera que acostarse con otro hombre. Gerald Lennox es un hombre frío, quien dedica gran parte de su vida solo a trabajar, no tiene novia, ni está interesado en tenerla, pues la mujer a quién amó lo rechazó, su mejor amigo insiste en buscarle pareja y una noche en un bar, tras perder una apuesta, debe acostarse con una mujer a la que no conoce, y que su amigo eligió. Los destinos de Myriam y Gerald se unirán de una forma que ellos no imaginan, a pesar de que ninguno de los dos se soporta. Obra registrada en Safe Creative: 2208091753609 ©Angellyna Merida, 2022. Queda prohibida la distribución, copia, adaptación de esta obra sin el permiso del autor, este libro se encuentra registrado en el Instituto de propiedad intelectual de Ecuador.

Capítulo 1 Introducción: ¿Me acosté con otro hombre

—¡Necesitamos un heredero! —expuso con voz gruesa el anciano—. De lo contrario, alguien te sustituirá —advirtió.

El fuerte eco retumbó en el pasillo de la casa de Jacob Wilson. Myriam se sobresaltó y se detuvo en la puerta de la oficina familiar. Había estado buscando a su esposo y alcanzó a escuchar la exigencia de su suegro.

Su corazón se encogió. Suspiró profundo y fingió no haber oído nada. Bajó la escalera y se sentó en el sofá de la sala de estar como si nada hubiese ocurrido. Pero al oír la palabra hijos, recordó que, en algún momento, pensó que tener un niño podría afianzar su matrimonio. Sin embargo, Dios no le dio esa oportunidad: nunca quedó embarazada. Y, aunque el problema no era de ella, lo había cargado en silencio.

Con los años, fue dejando atrás esa obsesión. Comprendía el deseo de sus suegros por ser abuelos, pero jamás imaginó que llegarían al punto de amenazar a su esposo por no darles un heredero.

Se había casado con Ray a los veintiún años, muy enamorada. Pero con el tiempo, la relación se volvió fría, tensa; ya no se hablaban como antes. Raymond estaba casi siempre ausente. Era CEO de una multinacional y un hombre ocupado, con constantes viajes de negocios.

Diez minutos antes, Myriam y su esposo habían llegado para celebrar el cumpleaños de su suegro. Raymond se acercó solo a sus padres, dejándola a ella de lado. Myriam notó que murmuraban entre ellos y desaparecían del amplio salón. En ese instante, se reprochó no haber escuchado el resto de la conversación.

Mientras tanto, en el despacho familiar:

—Tomaré cartas en el asunto, papá —dijo Raymond, ignorando la orden de Jacob. Se concentró en los balances de la empresa, sin apartar la vista de su padre. Sabía bien que, durante ese trimestre, las ventas de la multinacional de alimentos habían caído.

—Pierdes el tiempo en tonterías —refutó Kendra, su madre—. Tu padre y yo hemos considerado la idea de que uno de tus primos se haga cargo de la empresa, para que tú tomes vacaciones con Myriam... y engendres al heredero —propuso—. Llevan siete años de casados y no hay indicios de un nieto. Esperamos que, con un hijo, sientes cabeza y asumas tus responsabilidades, Raymond.

****

Minutos después, Jacob sopló las velas de cumpleaños y los aplausos de los presentes no se hicieron esperar.

—Felicidades —dijo Myriam al acercarse con un obsequio.

El padre de Ray tomó la bolsa y la dejó a un lado.

—El mejor regalo que podría recibir es la noticia de un heredero —expresó, mirándola fijamente a los ojos—. ¿No deseas tener hijos? —preguntó, frunciendo el ceño.

Myriam palideció, parpadeando con nerviosismo.

—Yo… Eh… —balbuceó.

Raymond apareció enseguida.

—Pronto te daremos esa noticia, papá —masculló entre dientes—. Es hora de irnos.

Casi a rastras sacó a su esposa de la casa.

Al subir al auto, Myriam liberó el aire que había estado conteniendo.

—Hemos intentado, sin resultado, la fertilización… Quizás deberíamos adoptar —propuso.

Raymond golpeó el volante con furia. Giró el rostro, desencajado, y la miró con ira.

—¿Te volviste loca? ¿Acaso no te funciona el cerebro? —gruñó—. Si hacemos eso, todos sabrán de mi problema, y no pienso ser la burla de nadie —refutó, respirando con agitación—. ¡Debes tener un hijo! Así tengas que embarazarte de otro.

“¿Tengas que embarazarme de otro?” retumbó en la mente de Myriam.

Sus labios se abrieron en una gran O, y sintió que la sangre se le iba a los pies al escuchar semejante propuesta.

—¿Cómo puedes pedirme eso? —susurró, tratando de contener las lágrimas.

—¿Me amas? —preguntó Raymond.

—Claro que sí… —respondió ella, o al menos eso creía.

—Entonces dame un hijo. De lo contrario, buscaré una mujer que esté dispuesta a todo —dijo con cinismo.

—¿Cómo? —Myriam no podía creer lo que acababa de escuchar.

Se sintió como un objeto, una máquina de fabricar bebés. Su corazón se rompió.

Entonces, enfurecida, empujó a su esposo y pisó el acelerador con fuerza.

—¿Estás loca o qué? —gruñó Raymond—. ¡Nos vamos a matar!

Reñían, forcejeando por el volante. Myriam no respondió. De pronto, soltó el acelerador y frenó en seco.

Raymond, a punto de golpearse, logró estabilizar el auto. Cuando estaba por abrir la boca para reñirla, ella bajó del vehículo, cerró la puerta con fuerza y se alejó, llevando los tacones en las manos, sin dar explicación.

Esa noche vestía un vestido rojo vibrante. Alzó la mano y un taxi se detuvo frente a ella. Subió sin mirar atrás.

****

Gerald Lennox aparcó frente al bar donde lo esperaban sus amigos. Lanzó las llaves al valet para que estacionara su BMW y entró con paso firme, erguido en su metro ochenta y cinco de estatura.

A sus treinta años, era el director general de la multinacional de alimentos Lennox. Tenía una fría mirada azul, piel clara y cabello oscuro. Vestía vaqueros celestes, camisa gris y blazer negro.

Varias mujeres murmuraban al verlo pasar, intentando coquetear con él. Gerald era atractivo, pero parecía inmune a los encantos femeninos.

Llegó a la mesa, saludó a sus compañeros y tomó asiento. Comenzaron una partida de póker, entre charlas, risas y tragos de whisky.

—Si pierdes esta noche, yo elijo a la mujer que te llevarás a la cama —propuso Kevin, ladeando los labios con picardía.

Gerald resopló, negando con la cabeza.

—No tengo interés en el sexo —respondió, recordando a Bianca, la mujer de la que creyó enamorarse. Suspiró al pensar en cómo lo rechazó, por la ruina inminente de su familia.

—Te estás oxidando —advirtió Kevin. Los demás soltaron carcajadas—. ¿Tienes miedo de enamorarte?

—Cada día estás más loco —bufó Gerald—. No volveré a caer en tus juegos, como aquella vez de hace unos meses.

Bebió otro trago de whisky, mientras la partida continuaba.

Kevin, entonces, reparó en una hermosa mujer que pasó cerca: cabellera oscura, vestido rojo, mirada decidida.

—Ya tengo a la candidata perfecta para que vuelvas a divertirte esta noche —dijo, señalando hacia la barra—. Se ve espectacular.

Gerald, un poco ebrio pero aún lúcido, la vio. Minutos antes, ella había pasado con paso firme y elegante. No parecía una mujer de una noche, ni alguien que se prestara para las absurdas apuestas de Kevin. Y él tampoco estaba dispuesto a seguirle el juego.

Unos minutos antes Myriam había llegado al bar donde su mejor amiga, Elsa —ginecóloga de profesión—, tomaba unos tragos. Al ingresar, varios caballeros habían centrado su atención en ella. Siempre captaba miradas. Sin embargo, ignoró esos galanteos. Encontró con la mirada a su amiga, se acercó a la barra y la abrazó con fuerza.

Pidieron un tequila y un Martini mientras charlaban. Myriam le contaba la discusión que había tenido con su esposo.

Elsa no podía comprender cómo Raymond le había hecho semejante propuesta a su esposa.

—¿Y qué piensas hacer? —preguntó, bebiendo de su Martini.

Myriam apuró el tequila de un solo trago.

—No quiero perderlo. Sin embargo... quizás la fertilización sea una opción —balbuceó, sin estar convencida aún de volver a someterse al procedimiento.

Elsa, que era bastante liberal, sonrió y asintió con picardía.

—Escogiste la vía aburrida. Yo me hubiera ligado a un hombre apuesto y habría hecho un bebé —bromeó, señalando con la mano hacia las mesas cercanas antes de brindar con su copa.

—Eres incorregible —respondió Myriam con una sonrisa apagada, mientras notaba cómo varios caballeros las observaban y susurraban entre sí.

Sus ojos se cruzaron entonces con la mirada fría e inexpresiva de un hombre atractivo, de ojos azulados. Él desvió la vista hacia sus compañeros al instante.

Myriam sacudió la cabeza. La idea de Elsa era absurda, impensable.

—No sé si ese procedimiento funcione. Ya lo intentamos... y mis órganos se van debilitando —suspiró.

—Una vez más —suplicó con la voz entrecortada. Sentía que, de ese hijo, dependía su matrimonio.

Siguió bebiendo, intentando disipar sus penas con licor. Casi tambaleándose, se dirigió al baño. Al salir, fue interceptada por un hombre muy apuesto y galante, quien se inclinó para hablarle al oído y le señaló a otro caballero en una mesa cercana.

Myriam enfocó su vista en el hombre que él le señalaba. Le pareció guapo... más que su propio esposo. Pensó que, tal vez por los tragos que había ingerido, estaba viendo alucinaciones. Pero entonces recordó la loca propuesta de Raymond. Tenía su permiso. Así que, sin pensarlo demasiado, aceptó.

Acompañada del hombre que la había interceptado, se acercó a la mesa. El apuesto caballero la miró. A pesar del alcohol, esos ojos tristes la estremecieron.

Él se levantó. Salieron juntos del bar y subieron al convertible del desconocido. Al llegar al lujoso hotel, Gerald se dio cuenta de que la mujer se había quedado dormida. Su vestido se había subido, dejando al descubierto sus largas y firmes piernas.

Los ojos de él se abrieron de golpe. La garganta se le secó. Era una mujer hermosa, esbelta, de figura impresionante. Una verdadera tentación.

Bajó del vehículo y la tomó impulsivamente en brazos. Pero, de pronto, vislumbró un anillo dorado en su dedo anular.

«Está casada»

Bajó los párpados. El azul gélido de sus ojos se nubló al instante, cubriéndose de gris.

Tras un momento de vacilación, sostuvo a la mujer cerca de su pecho. Inhaló su aroma dulce, a violetas, y minutos después entró en la suite cinco estrellas.

La colocó con cuidado sobre la cama y examinó su rostro. Las mejillas sonrosadas eran encantadoras, y el cabello castaño caía en ondas por las curvas de su cuerpo.

Le acarició la mejilla. Estaba por marcharse en silencio cuando escuchó su voz, ebria y suave, desde el interior.

—No te vayas… te necesito.

Gerald se detuvo. Giró con lentitud. Al regresar a la habitación, encontró a la bella dama de pie. Se aclaró la garganta al ver cómo dejaba caer el vestido hasta sus pies. La escena era tremendamente sensual.

—Está muy ebria, señora. Deténgase —pidió con voz ronca.

—Ray… ven… Cuánto tiempo sin sentir tanta pasión… Hagamos un bebé… vamos…

Myriam lo miró, pero en su mente alucinada creía estar con su esposo.

Gerald comprendió que lo estaba confundiendo con otro hombre. Y, frente a sus ojos, ella se quitó la fina lencería que cubría su cuerpo.

Su instinto masculino reaccionó de inmediato, pero no era un hombre que se aprovechara de una mujer en esas condiciones.

«No puedo más. Tengo que salir de aquí», se ordenó mentalmente. Salió de la suite y cerró la puerta tras de sí.

****

Al día siguiente, los rayos solares acariciaron el rostro de Myriam. Frunció el ceño y abrió los ojos de golpe. Se llevó una mano al pecho al darse cuenta de que estaba en una habitación desconocida.

—¿Dónde estoy? —susurró, confundida.

Notó su vestido y demás prendas tiradas sobre la alfombra. Abrió los labios, temblando.

—¿Qué sucedió? —se preguntó a sí misma. Parpadeó varias veces—. No… no pude haberlo hecho…

Intentó recordar, pero tenía lagunas mentales. Recordaba la voz del hombre, su mirada fría y nada más. Se sobresaltó cuando escuchó el sonido del móvil. Se levantó, buscó el bolso y lo sacó con manos temblorosas. Al ver que era su esposo, se estremeció. Su corazón se desbocó.

—¿Dónde estás? —rugió Raymond al otro lado de la línea.

—Me quedé con Elsa —balbuceó, buscando su vestido—. Voy directo al trabajo.

—¿Con Elsa? —repitió con suspicacia—. Espero que le digas a tu amiga que nos ayude… —dijo, antes de colgar.

Myriam resopló. Por un momento creyó que la había descubierto. Miró a su alrededor. Buscó entre las sábanas y la mesa de noche algún indicio de lo ocurrido, pero no encontró nada.

Tembló solo de imaginar que pudo haberse acostado con un desconocido.

—¿Qué hice? —murmuró, llevándose las manos a la cabeza. Le dolía—. No pude haber traicionado a Raymond… —dijo entre sollozos, con la voz quebrada.

****

Minutos después, llegó al apartamento de Elsa. Respiró aliviada al encontrarla. Necesitaba saber si su amiga recordaba con quién se había ido la noche anterior.

—No sé nada. Solo desapareciste. Pensé que te habías ido a casa —dijo la ginecóloga—. ¿Por qué? —añadió, observándola con atención.

Myriam resopló. Le contó lo sucedido. No recordaba nada.

Elsa soltó una carcajada divertida.

—Espero que haya sido muy atractivo —bromeó.

Myriam la fulminó con la mirada.

—Sabes que no soy ese tipo de mujer. Prefería volver a someterme a la fertilización antes que traicionar a Raymond —dijo, sintiendo un nudo en la garganta—. No sé cómo voy a mirarlo a los ojos —agregó, cubriéndose el rostro con ambas manos.

Elsa frunció los labios.

—Tu marido fue quien te sugirió esa idea. No tendría por qué ofenderse. Además, él…

Se detuvo. No quiso atormentar a su amiga con las cosas que sabía sobre Raymond.

—No te aflijas. Confiemos en que ese sujeto del bar tampoco recuerde lo que ocurrió —concluyó.

Le sirvió un café y le prestó ropa limpia para que se duchara y pudiera irse a trabajar.

****

Días después, Myriam se sometió nuevamente al procedimiento de fertilización. Ya se había estado preparando desde días antes de aquella noche confusa, y ahora solo quedaba esperar que el óvulo fecundado se implantara en su útero.

Varias semanas más tarde, Myriam notó un retraso. Para salir de dudas, compró varias pruebas caseras. Siguió las instrucciones y, mientras esperaba el resultado, caminaba de un lado a otro por la habitación.

—Que esta vez funcione… —suplicaba con las manos entrelazadas. Sentía que el estómago se le revolvía por los nervios. Cuando el reloj marcó el tiempo indicado, corrió al baño. Las miró… y todas mostraban dos líneas.

—¡Positivo! —exclamó con infinita emoción.

Derramó lágrimas de felicidad. Aquello era justo lo que necesitaba para salvar su matrimonio. Sin esperar más, se dirigió al consultorio de Elsa. Necesitaba que la revisara. Su amiga confirmó el embarazo… pero en el corazón de Myriam nació una duda devastadora:

¿Ese bebé era producto de la fertilización… o de la noche que no recordaba?

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