Una chica cuya vida da un cambio de 180°👩🏻📿, Un extraño psicópata del que te enamorarás👨🏻⛓️, Una mejor amiga que te apoyará en todo👩🏽🤞🏼 Y un mejor amigo sobreprotector👨🏼👿. ¿Te animas a leerme o tienes miedo al éxito😈?
Una chica cuya vida da un cambio de 180°👩🏻📿, Un extraño psicópata del que te enamorarás👨🏻⛓️, Una mejor amiga que te apoyará en todo👩🏽🤞🏼 Y un mejor amigo sobreprotector👨🏼👿. ¿Te animas a leerme o tienes miedo al éxito😈?
Sandra
De un tiempo para acá he tenido la sensación que me observan.
Quizás sí.
Quizás no.
Quizás sea paranoia mía.
Pero tengo esa sensación, nadie sabe lo que se siente. Nadie sabe lo incómodo que es. Y lo feo que se siente despertar de esas horribles pesadillas.
Cuando voy en la calle, tengo que voltear a todos lados y cuando estoy en la escuela tengo que buscar disimuladamente, pero nunca me funciona. Pero lo peor es cuando estoy sola en casa, no puedo estar quieta. Cierro las puertas con seguro, cierro las ventanas y me aseguro de siempre tener el bate de mi hermano a la mano.
Es irritante no saber cómo ni porqué ni para qué, sólo tienes que quedarte como que si no pasara nada, disimular, porque tal ves si le cuentas a alguien te tacharan de loca. Y no quiero que eso me pase.
No estoy loca...
El timbre suena indicando la hora del recreo y sacándome de mis pensamientos.
Me pasé toda la clase de matemáticas pensado en esos momentos en los que siento que me observan, que no me di cuenta que ya había escrito todo lo que el profesor había copiado en la pizarra, fue casi automático.
Me levanto rápidamente, guardo mis libros en mi mochila y me aseguro de tenerlo todo.
-Bien clase, -habla el profesor Lake, dando instrucciones, pero su voz la escucha lejana-, para la siguiente clase quiero estos ejercicios resueltos en hojas...
De ahí no escuché más.
Voy rumbo a la cafetería, el trayecto era algo largo, destacando el hecho de que el profesor eligió el aula que está más alejadas de las demás, alegando que "es por nuestro propio bien".
¡Tonterías! El trayecto era más largo, tenías que bajar más escaleras de las que bajaba normalmente. Por eso odiaba los martes, odiaba las matemáticas -pero era una de la mejores-, y odiaba al profesor Lake.
Aprovecho que estoy en el tercer piso -los cuales son cuatro-, para ir al aula de informática y tecnología y ver a Alex, mi mejor amigo.
Me acerco a la puerta, que está abierta, y lo veo, ahí sentado alrededor de una mesa con otros compañeros. Puedo ver que en la mesa había varios artefactos, parecidos a lo de las computadoras. Recordé que Alex me había comentado de que hoy les enseñarían las partes de las computadoras, pero olvidó mencionar que las dañarían de esa manera para ver -lo que yo llamé- anatomía.
Sí, es ridículo. Pero es válido, porque están viendo su interior y composición general.
Él repara en mi presencia, sus ojos se abrieron casi a su límite. Él pensó que yo no vendría, por el malestar que tenía la noche anterior.
-¿Qué haces aquí? -articula con sus labios.
-Estoy esperándote -articulo también.
-Bien. -articula en respuesta, y lleva su vista hacia el lado opuesto de donde yo me encuentro, seguramente prestándole atención al profesor-, ya voy a salir.
Me hace señas para que me aleje de la puerta, yo le obedezco.
Me acerco al balcón a esperarlo. Desde allí se ve todo el campus de la escuela, es como sentirte como un dios o diosa del mundo. La vista es realmente perfecta. Como de película.
No estoy segura de cuánto tiempo pasó, me quedé embelesada viendo el panorama escolar. Sentí la presencia de alguien. Sí, es raro. Pero desarrollé esa ¿virtud?. No sé cómo llamarle. Tenía miedo de mirar. ¿Y si de verdad hay alguien detrás de mi? ¿Estará vigilándome? ¿O simplemente, estará allí parado?
El miedo comenzaba a apoderarse de mí. Mi respiración entrecortada. Mis manos sudaban.
¡Angelito de mi guarda, si estás allí, ayúdame!
Lentamente, me volteo, intentando en vano de parecer tranquila.
Un chico, está a unos cuantos metros de mí. Alto, muy alto, de contextura delgada, cabello color caoba, su piel un poco pálida. Estaba vestido con pantalones, zapatos, franela y chaqueta negros. Lo que más me llama la atención fue que: tenía puesta la capucha de la chaqueta, por lo tanto su rostro no lo distinguía muy bien.
Es raro. Nunca lo había visto por aquí... Pero eso no es lo que importa ahora. Está allí parado, viéndome fijamente.
-No quiero asustarte. -murmura, suficiente como que yo pueda escucharlo.- Tu eres Sandy, perdón, Sandra, ¿cierto?
Por un momento, me asustó que supiera mi nombre, pero era de esperarse: casi toda la escuela sabe mi nombre por los retos académicos en los que he participado y por ser la estudiante estrella. Me relajé.
-S-sí. -digo en un hilo de voz, con pequeño asentimiento de cabeza.
Él no dice nada. También asiente. Aparta la mirada y noto que empuña las manos. Noté que tenía pequeñas cortadas en las manos.
El chico se queda allí parado, inmóvil. Se empezaron a escuchar pasos y el griterío de los estudiantes muy cerca. El pasillo se comienza a llenar de gente y de un momento a otro, cuando decido ver si el chico seguía allí, él se esfumó. Como si fuera posible, algo brillante estaba en el lugar donde él se había quedado inmóvil.
La curiosidad me ganó, y en un pestañeo ya estaba agachándome para recoger el objeto del suelo. Me pareció raro el hecho de que un chico tuviera ésta clase de cosas: un collar.
Era un cadena color plateada, y pequeños cristales colgaban de él; uno de ellos, el del centro, un poco más grande, en forma de corazón.
Muy bonito, debía admitir.
¿Qué estará haciendo un chico con un prenda de este tipo? Digo, es muy elegante como para que a una alumna se le haya caído. Y muy costosa además: una colegiala no tendría suficiente dinero como para costearla.
Me hice mil suposiciones en mi cabeza. Tantas que podría escribo un libro, hasta hacer una película.
«Que absurdo». Nada de eso tenía sentido. Nada tenía sentido desde...
-Sandy, logré escaparme de la clase de Maddox, -Alex llega a mi lado, jadeando con su pelo rubio un poco despeinado, y con su lentes torcidos, probablemente viniera corriendo a través del largo pasillo-, fue lo peor. Odio esa aula, hace mucho calor ahí.
Todavía me encuentro en shock, con el collar en la mano y mi mirada perdida, fingiendo escuchar las quejas de mi mejor amigo sobre su clase de hoy.
No entiendo como un completo extraño viniera y se quedara a pasos de mí, me preguntara una cosa tan trivial como mi nombre, y luego solo desapareciera cuando los estudiantes empezaron a llenar los pasillos.
«¡Basta!». Decido no darle vueltas al asunto. Tengo que concentrarme en mis clases del resto del día. Tengo que comenzar con buen pie el año, que sería mi último año en el colegio.
Me da nostalgia pensar que será mi último año. Ya pronto me graduaré. Iré a la universidad. Demonios, ¿como se supone que tengo que sentirme con respecto a eso? Estoy emocionada, mucho. Pero a su vez, me siento mal. Dejaré el Instituto, a mis amigos, a mi familia, y me mudaré lejos para estar cerca de la universidad.
Mi mente está hecha un desastre. Una maraña de pensamientos que se entretejen y forman una enredadera de lo que parece ser nada en realidad. Mis pensamientos no son lo suficientemente claros como para formar una idea clara.
«Demonios, estoy loca. Lo sé, no estoy para nada cuerda».
Sin darme cuenta, Alex y yo ya estamos en la cafetería abarrotada de gente. Nos sentamos en una de la mesas redondas. Ambos dejamos nuestras mochilas en el asiento de al lado. Un pequeño hábito que se nos ha pegado ambos del otro.
La cola para la comida es interminable, y casi todas las mesas están ocupadas por estudiantes.
-Voy a buscar algo de comer de la máquina dispensadora, -me informa Alex levantándose- Ahora vuelvo. -Asegura.
Echo un vistazo a la cafetería completa y sus ocupantes. La mayoría de los chicos están sentados en grupos grandes; otros son grupos más pequeños. Pero todos en grupos. Hay sólo dos mesas con menos personas que las demás: la mía y de Alex, y otra sólo ocupada por una persona.
Por un chico, en realidad. Tengo buena retentiva con respecto a los detalles, así que cuando observo al extraño sentado solo en aquella mesa de cafetería escolar, me doy cuenta que va vestido similar al chico con el que me encontré en el tercer piso del edificio. Podría decir que usaban la misma ropa.
El chico de aquella mesa también usa la capucha de la chaqueta.
¿Será el chico con el que me encontré minutos antes? ¿Cuál será su motivo para usar la capucha? ¿Tendrá alguna cicatriz? ¿Alguna marca que le atraviesa el rostro como para que lo esconda tanto? ¿Por qué se viste sólo de negro? ¿Querrá pasar desapercibido? ¿O querrá llamar la atención?
Tantas preguntas y tan pocas respuestas.
Me percato de que me quedo mirando hacia esa mesa mucho tiempo, entonces me volteo a la mía. Es mucho más complicado de lo que pensé. Tal vez y sólo tal vez, cuando sentía que me observaban era cierto. Y es él quien me observa.
«¿Qué demonios?» No puedo sacar conclusiones tan apresuradas. ¿Y sólo fue mera coincidencia que me lo encontrara? ¿Y sólo quería saber cómo me llamaba? Si, exacto. No sé cuál es su motivo de usar su capucha. ¿Intimidar? ¿Esconderse?. No puedo confundir una casualidad. Me da miedo creer que se trata de un acosador. A simple vista, tiene pocas características de un acosador.
Pero no puedo. No puedo sacar este tipo de conclusiones sin saber nada. Ya es suficiente todo lo que me está pasando, como para sumarle esto.
Alex vuelve de su viaje a encontrar una merienda de la máquina dispensadora con dos bolsas de Doritos -que sabe muy bien que sin mis favoritos.
-Doritos para la princesa Sandy -dice al sentarse. Siempre me dice este tipo de cosas.
Creo que le gusto, pero sabe que nuestra amistad, que es más una hermandad, no puede ir más allá.
-¿Estas bien? -pregunta preocupado.
-Si, -salgo de mi trance, que hasta ahora no me había dado cuenta que estaba dentro de uno. -No te preocupes.
Me di una cachetada mental. ¿Como puedo ser tan estúpida? Al decirle que no preocupe, se preocupa más. Su expresión incrédula lo dice todo.
-Alex, dejalo, ¿si? -suplico- No tiene importancia.
Suspira. Va a venir otra vez con el cuento de "soy tu mejor amigo y puedes contarme lo que sea". Bah, si le digo le parecerá una tontería. Hasta pensará que estoy loca.
-Sandy, sabes que puedes confiar en mí... -otra vez con discurso.
Puse los ojos en blanco y me dispuse a interrumpirlo.
-Alex, estoy bien de verdad.
Busco su mirada, y por alguna extraña razón, se ve un pequeño brillo en ellos. Pero no un brillo de felicidad, un brillo triste. Es extraño.
-Sandy... -empieza a decir.
Noto que se ha acercado a mi rostro unos cuantos centímetros.
«¡Ay no, por favor, no! ¡Esto no!»
-Alex... No.
Está muy cerca. Casi puedo ver el gris en sus ojos verdes grisáceo.
-Te dijo que no -interrumpe una voz grave, que al instante se me hace familiar.
Alex y yo volteamos al mismo tiempo. El chico de la capucha está a tan sólo unos centímetros de donde nos encontramos. Y si las miradas mataran, Alex ya estaría cantando con los personajes de Coco.
Alex tiene plasmado en su rostro una expresión de confusión y frustración, cuando lo mira.
Estas cosas sólo me pasan a mí.
El chico de la capucha tiene su semblante serio e inescrutable. Sin expresión alguna. Pero puedo ver el destello de furia en sus ojos, que son oscuros como la noche, casi negros.
Miro a los dos chicos frente a mi y la escena no me agrada: parecen dos perros peleando por un pedazo de carne. Les falta que boten espuma por la boca de la rabia.
Si, mi analogías no son las mejores.
Alex se levanta desafiando al chico de la capucha. Quisiera saber su nombre para no llamarlo así.
Lo que hace la testosterona en el cuerpo de un hombre.
Necesito ayuda.
Esto va a terminar mal, muy mal.
★★★
Stella alguna vez disfrutó de la devoción de Marc, pero su crueldad oculta la lastimó profundamente. Mientras él enviaba mensajes coquetos a su amante, ella quemó la foto de bodas frente a él. Con el pecho apretado y los ojos encendidos, Stella le dio una bofetada. Luego borró todo rastro de su identidad, se unió a una misión de investigación confidencial, desapareció sin dejar rastro y le dejó una bomba secreta. El día del lanzamiento, Stella se fue; esa misma mañana, el imperio de Marc se vino abajo. Todo lo que encontró fue el certificado de defunción de su esposa, y su corazón se hundió. Cuando volvieron a verse, fue en una gala. Stella, elegante, estaba junto a un magnate. Marc le suplicó que volviera. Ella, con una sonrisa burlona, respondió: "No me mereces, hombre".
Mi vida terminó con el sonido agudo y constante de un monitor cardíaco. En un quirófano blanco y estéril, mi cuerpo finalmente se rindió. El estrés de cinco años de abandono y tres años viendo a mi marido pasearse con su amante me había destrozado por dentro. La enfermera hizo una última llamada desesperada. Al otro lado de la línea, la amante de mi marido se rio. -Guillermo está en la ducha -dijo su voz, dulce como el veneno-. Deja de llamar, Cielo. Fingir una emergencia en nuestro aniversario es patético. Oí la voz de mi marido al fondo, aburrida y distante. -Si se muere, llama a la funeraria. Tengo una reunión por la mañana. La línea se cortó. Y un segundo después, también lo hizo mi corazón. Grité en la oscuridad, un lamento silencioso de arrepentimiento. Arrepentimiento por amar a un hombre que me veía como una molestia. Arrepentimiento por dejar que mi propio apellido se pudriera mientras yo interpretaba el papel de la esposa sumisa. Arrepentimiento por morir sin haber vivido nunca. Pero entonces, el aire regresó de golpe. Abrí los ojos de golpe, mirando a la oscuridad de mi antiguo dormitorio. El calendario del teléfono lo confirmó: había vuelto cinco años atrás, al día de mi primer aniversario de bodas. El día en que la humillación realmente comenzó.
-¿Aceptas a esta mujer como tu legítima esposa, para amarla y respetarla, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, hasta que la muerte los separe? -Sí. Tras la afirmación, se inclinó hacia ella, su rostro a centímetros del suyo retiró el velo, quedando expuesto el rostro de Chiara. Mientras tocaba suavemente su mejilla, su mirada recorrió su rostro y luego su cuerpo, como si estuviera evaluándola. Luego, se inclinó aún más, su aliento cálido en su oído. Ella se puso muy nerviosa, esperando el beso que recibiría de su, ahora, esposo. Pero este parecía antes querer decirle algo. -Solo para que quede claro-susurró con una voz baja, pero cargada de una frialdad cortante, estremeciendo completamente el cuerpo de Chiara por la sorpresa de esa voz fría-eres completamente insignificante para mí. Ella cerró los ojos por un momento, asimilando sus palabras. Cuando los abrió de nuevo, las lágrimas salían de sus ojos, buscando algo en el rostro de su esposo, pero solo había una expresión fría y aquella mirada dura que él le daba. -Yo...-Se había quedado sin hablar, recibiendo aquellas palabras carentes de todo en lugar del beso-. ¿Qué se supone que significa eso? -había hecho todo lo posible porque las palabras salieran claras de su boca. -Ya estamos casados, eso fue lo que se me pidió. Tú tienes un esposo y yo sigo a cargo de mi empresa. -Las palabras resonaron en la iglesia como un eco de hielo. La novia estaba paralizada por la humillación mientras él se alejaba de ella con determinación. Pero justo cuando parecía que la ceremonia seguiría su curso, la puerta de la iglesia se abrió de golpe cuando Davide solo se había alejado unos metros de la novia.
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