-He dicho que quiero el divorcio -repitió él sin el menor asomo de remordimiento-. Los documentos estarán listos en unos días.
Esta vez no había lugar para dudas. El semblante de Leonica se quebró apenas, vencido por la angustia, y una punzada le atravesó el corazón.
-¿Por qué? -preguntó con toda la calma que fue capaz de reunir. No quería perder la compostura ni atraer la atención de los asistentes al funeral.
-Porque ya no te soporto -respondió él con frialdad, sin una pizca de compasión por su esposa, que aún no se había recuperado de la muerte de la abuela de Gabriel un mes atrás.
-¿Ya no me soportas? -repitió despacio. El dolor le oprimió el pecho y los ojos comenzaron a arderle.
Aunque aquel matrimonio había sido concertado por sus familias y por la difunta abuela de Gabriel, Leonica lo amaba. Lo había colmado de atenciones y de una pasión capaz de derretir el corazón del hombre más frío.
Había renunciado a su puesto en el grupo empresarial de su familia para convertirse en una buena esposa. Se había alejado de sus amigos para estar a su lado. ¿Y todo para acabar escuchando aquello?
-¿No vas a decirme por qué, cariño? -se atrevió a preguntar, con los ojos brillantes por las lágrimas contenidas.
Gabriel hizo una mueca al oír aquel apelativo afectuoso. Lo detestaba. En sus tres años de matrimonio, jamás había disfrutado de la ternura con que ella lo llamaba, ni de aquel amor y aquella pasión que él consideraba falsos. Ni siquiera soportaba escucharla gemir su nombre cuando hacían el amor.
Todo en ella lo exasperaba.
-No es asunto tuyo. Lo único que necesitas saber es que quiero divorciarme -sentenció, dando por terminada la conversación antes de alejarse.
Leonica lo vio regresar junto a los invitados y sintió que el corazón estaba a punto de dejarle de latir.
La muerte de la abuela había afectado a muchas personas, pero a nadie tanto como a Gabriel. Durante su solitaria infancia, cuando sus padres estaban demasiado ocupados con sus carreras, aquella anciana bondadosa había sido su único refugio. Era la persona más importante de su vida.
Leonica recordaba la devastación de Gabriel cuando recibieron la noticia. Algo esencial se había derrumbado dentro de él, y ella había permanecido a su lado para compartir su dolor.
Cuando la caída de las acciones de la compañía lo había sumido en una crisis, Leonica se ocupó en silencio de todos los preparativos del funeral. Cada vez que él regresaba a casa agotado, encontraba un baño caliente y la cena preparada. Incluso cuando necesitaba alguna manera de desahogarse, ella se prestaba a calentar su cama con la esperanza de aliviar su pena.
Después de haber superado juntos aquellos días tan difíciles, Leonica creyó que Gabriel sería capaz de percibir al menos una parte de sus sentimientos. Creyó que el vínculo entre ambos se fortalecería. Nunca imaginó que sería el comienzo del fin de su matrimonio.
Los ojos volvieron a arderle. Las lágrimas amenazaban con desbordarse, pero ella alzó de inmediato el rostro y parpadeó para contenerlas. No permitiría que estropearan su maquillaje ni que llamaran la atención de nadie.
El funeral todavía no había terminado. No pensaba arruinarlo. Ya resolvería sus problemas con Gabriel, pero no allí.
Se tragó el orgullo y el dolor, recompuso su expresión y, con la barbilla bien alta, volvió a atender a los invitados.
Varias horas después, el funeral llegó a su fin y Leonica subió junto a Gabriel al asiento trasero del Rolls-Royce que compartían.
En cuanto el vehículo se puso en marcha, le lanzó una mirada furtiva. Gabriel contemplaba el paisaje a través de la ventanilla.
Su atractivo perfil la dejó absorta por un instante. ¿Cómo demonios había podido enamorarse de un hombre tan distante? Salvo en la cama, él apenas le demostraba pasión. Aun así, ella se había conformado. Jamás había contemplado la posibilidad de divorciarse.
-Voy a mudarme -dijo Gabriel, rompiendo el silencio sin apartar la vista de la ventanilla.
Leonica palideció.
-Dime por qué -pidió, bajando la cabeza mientras estrujaba la tela del vestido entre los dedos.
-No es asunto tuyo, Leonica -replicó él con frialdad, pronunciando su nombre casi con repugnancia.
-Soy tu esposa, Gabriel. ¡Tengo derecho a saberlo! Tengo derecho a saber por qué exiges el divorcio y por qué quieres abandonar de repente nuestra casa -añadió, luchando por mantener firmes tanto la voz como las emociones.
-¡No es asunto tuyo, joder! -estalló Gabriel, volviéndose hacia ella.
La ira y la frialdad de sus ojos bastaron para que Leonica se encogiera en el asiento.
Nunca lo había visto así. Jamás había visto a Gabriel perder el control.
-Pero ¿por qué? -murmuró-. Todo iba bien. Vivíamos en paz, cenábamos juntos y por las noches incluso... incluso hacíamos el amor. Éramos felices, Gabriel. ¿Por qué te comportas así de repente?
-¿Felices? -repitió él con una risa desdeñosa-. Deja de engañarte, Leonica. La única que ha sido egoístamente feliz en este matrimonio eres tú. Yo no lo he sido desde que apareciste en mi vida. No has hecho más que irritarme. Te has convertido en una espina clavada en mi carne.
El corazón de Leonica se contrajo. Las lágrimas volvieron a agolparse en sus ojos y sus labios comenzaron a temblar.
¿Cómo podía mostrarse tan cruel? Ella no recordaba haber hecho nada que justificara semejante desprecio. ¿O había algo más detrás de todo aquello?
-G-Gabriel... -lo llamó con voz débil.
El timbre del teléfono de él la interrumpió.
Gabriel ignoró a su esposa destrozada y sacó el móvil del bolsillo interior de la chaqueta. En la pantalla apareció un nombre acompañado de un corazón rojo.
Angelina.
Una sola mirada bastó para que Leonica comprendiera por qué Gabriel tenía tanta prisa por divorciarse.
Su antiguo amor había regresado.