Dianco se encontraba allí, sumergido en las sombras de la alcoba; el recuerdo de lo sucedido lo atormentaba, una tormenta de pensamientos que fue interrumpida cuando la puerta sonó con un golpe seco, resonando en la madera noble.
Era Otelo. Su rostro reflejaba una gravedad de hierro que confirmó los peores presagios del joven heredero.
El general cruzó el umbral con paso firme, la armadura tintineando apenas contra el silencio del lugar.
-Tenías razón en sospechar, Dianco -dijo el general con voz sombría.
Dianco alzó la mirada, clavando sus ojos azul glaciar en él.
-¿A qué te refieres, Otelo?
-A la muerte de los reyes, joven príncipe. No fue una fatiga del lobo lo que les arrebató la vida. Sus órganos estaban en perfecto estado hasta que algo los detuvo en seco.
Dianco apretó las mandíbulas, sintiendo una furia helada recorrerle las venas.
-Lo sabía, Otelo. Imaginé que había algo más.
-Los han envenenado con Belladona de Luna -murmuró el general, y su voz sonó como un rasguño de metal en la oscuridad.
-El veneno entró en su torrente sanguíneo mientras dormían, apagando a sus lobos antes de que pudieran siquiera intentar defenderse.
-¿Qué es eso de Belladona de Luna? -preguntó Dianco con voz ronca.
-Es un agente raro, silencioso y casi indetectable que paraliza el sistema nervioso central mientras el sujeto duerme.
-No sintieron dolor, pero no tuvieron oportunidad de defenderse. Su lobo interno fue apagado antes de poder reaccionar. Eso fue lo que me informó el doctor Max.
Dianco apretó los puños con tanta fuerza que las yemas de sus dedos se volvieron translúcidas.
-Malditos traidores... Algún día la pagarán, Otelo.
-Sí, señor. Lamento ser yo quien le haga llegar esta noticia.
El vapor del aliento de Dianco comenzó a condensarse en la penumbra del despacho; la fría calma de su estirpe, conteniendo la respiración a solo un año de su despertar, amenazaba con congelar sus propias venas.
El aire a su alrededor se espesó, cargado por la presión sorda de su frustración y el frío que empezaba a emanar de su interior.
-Mantén esto bajo secreto de estado absoluto, Otelo. Yo me encargaré de informar a la manada -ordenó Dianco con una frialdad letal.
-Cierra las fronteras de inmediato. Nadie entra. Nadie sale.
-Todo el protocolo de seguridad ya fue aplicado, señor. Las fronteras están cerradas y el personal sospechoso está confinado en las mazmorras -informó Otelo antes de hacer una reverencia-. Me retiro a seguir con la coordinación del funeral.
-Gracias, comandante -respondió Dianco.
Otelo se retiró del despacho, dejando a Dianco a solas con sus demonios y un torbellino de preguntas: ¿Quiénes están detrás de todo esto? ¿Quién traicionó a la corona desde adentro?
Horas más tarde, el cielo sobre Aethelgard se vistió de un gris plomizo y denso, mientras el tañido fúnebre de las campanas de la Catedral de Cristal resonaba en el aire, pesado y desgarrador.
La caminata hacia la Plaza de los Ancestros fue eterna.
Dianco marchaba al frente, con los músculos de la espalda rectos como lanzas, seguido por su hermana Lira, que lloraba desconsolada bajo un velo oscuro, y su primo Kyle.
Miles de ciudadanos se agolpaban en las avenidas, bajando la cabeza con profundo respeto y temor ante la tragedia que decapitaba a la corona.
Al llegar a la plaza, los dos féretros de mármol blanco esperaban bajo el Gran Arco de los Alfas, rodeados por antorchas de fuego azul.
Dianco subió al estrado, sintiendo el peso de miles de miradas.
Se acercó a los féretros y puso una mano sobre el mármol frío de la tumba de su padre.
«Te fallé, padre», pensó, mientras una punzada de dolor le recorría el pecho. «Me distraje mientras el enemigo cruzaba tu puerta. Pero te juro por mi linaje que no habrá rincón en Dravonis donde el traidor pueda esconderse de mi justicia».
Dianco se giró hacia su pueblo. Su voz, amplificada por su naturaleza alfa, retumbó en cada rincón de la plaza, cortando el viento helado:
-Pueblo de Aethelgard. Hoy no solo despedimos a un Rey y a una Reina que amaron este suelo. Hoy despedimos la inocencia de nuestro continente.
-Mis padres fueron asesinados por la espalda, traicionados por aquellos que comían en su mesa y juraban lealtad a su corona.
Un murmullo de indignación recorrió a la multitud como una ola contenida. Dianco levantó una mano y el silencio volvió a ser absoluto.
-Muchos de ustedes tienen miedo. Muchos se preguntan qué pasará con la manada ahora que las sombras han entrado al palacio. Mi respuesta es simple: el luto termina con este entierro.
-A partir de mañana, Aethelgard no será una presa para los traidores. Iniciaremos una purga interna para limpiar cada rastro de deslealtad.
-No habrá piedad para los cómplices, ni olvido para los asesinos.
Al bajar del estrado, en mitad del pasillo de honor, uno de los miembros del Consejo se interpuso sutilmente en su camino, quebrando el protocolo con una arrogancia mal disimulada.
-Príncipe Dianco... Entendemos su dolor, pero hablar de purgas y cerrar fronteras sin la aprobación del Consejo es una imprudencia política. Su juventud no le permite tomar atribuciones todavía...
Dianco se detuvo en seco. El aire alrededor de ambos pareció descender varios grados, condensando el aliento.
El Alfa de Hielo clavó sus ojos azules en el anciano con una intensidad tan letal que el consejero palideció, dando un paso involuntario hacia atrás.
-Mi juventud es lo único que va a garantizar que yo tenga la fuerza suficiente para arrancar la cabeza de los traidores. Y si el Consejo intenta interponerse en mi camino, empezaré la limpieza por esta misma plaza. Apártese de mi vista.
El consejero retrocedió con torpeza, perdiéndose entre la multitud.
Dianco continuó su marcha militar de regreso al palacio, con el eco de sus botas marcando el ritmo del poder absoluto.
Al entrar en su despacho privado, el silencio lo recibió como una losa pesada. Se hundió en la silla de cuero de su escritorio, sintiendo el peso de la corona que aún no se ceñía formalmente en su cabeza.
Safari entró poco después, cerrando la pesada puerta de madera detrás de ella con absoluta discreción, su perfume sutil contrastando con la tensión del ambiente.
-Señor, he iniciado el protocolo de emergencia -dijo Safari, con una serenidad profesional que ocultaba cualquier temblor-. La princesa Lira está bajo custodia en sus aposentos. Está devastada, pero la seguridad es total.
-Gracias, Safari -respondió Dianco sin apartar la vista de los documentos, la voz ronca por el cansancio-. Necesito que seas mis ojos y mis oídos en las sombras.
-Lo sé, señor. Los consejeros están nerviosos.
-Que lo estén -reclinándose en su silla, la voz del joven alfa cortó el aire como un cuchillo-. A partir de hoy, las reglas han cambiado. Y yo también.
Safari asintió con solemnidad y se retiró del despacho, dejando a su paso un rastro de fría eficiencia.
Solo de nuevo en la penumbra, Dianco abrió el enlace mental con Otelo. Su voz resonó en la mente del general como un trueno gélido:
-Otelo, escucha bien. Refuerza la investigación. Interroga a cada uno de los trabajadores confinados en las mazmorras; no quiero excusas, quiero verdades.
-Y encuentra a Dino; desde la muerte de mis padres está desaparecido. Búscalo hasta debajo de las piedras si es necesario, pero tráemelo ante mí.
-Así lo haré, señor -respondió Otelo de inmediato, sintiendo el peso del nuevo soberano sobre su conciencia.
Justo cuando cortaba la comunicación con el general, Dianco sintió una vibración familiar y punzante en la base de su cráneo; una conexión que reconoció al instante a pesar de los muros de hielo que él mismo había levantado.