Habían pasado seis años desde que tuvieron a su primera hija, Eva, pero no había vuelto a quedar embarazada hasta ahora. Sabía que Aiden estaría encantado, y por eso quería compartir la noticia de una manera especial. Su esposo, Aiden Miller, el alfa de la Manada Luna Roja, una de las más grandes de la región norte, se pondría dichoso. Sin embargo, el vasto territorio tenía fronteras peligrosas, infestadas de rogues dispuestos a destrozar a cualquiera que se acercara demasiado.
Amelia se apartó de la ventana y llamó a las criadas para que la ayudaran a decorar su habitación. Sonrió satisfecha cuando terminaron. Después de eso, fue a la cocina a preparar la comida favorita de Aiden, que también era la predilecta de Eva. Pensando en lo mucho que su hija se parecía a su esposo, volvió a sonreír.
"Luna, no tiene que cocinar. Yo prepararé lo que usted quiera", dijo Elena, la cocinera.
Amelia se volvió hacia ella y sonrió. "Esta noche cocinaré para nosotros, así que tómate el día libre y descansa".
"Gracias, Luna. El alfa se pondrá muy contento cuando se entere de que usted le preparó su plato favorito. Él no suele comer mucho, pero cuando usted guisa, no deja de comer".
La otra se sonrojó; la cocinera tenía razón: A Aiden le encantaba cómo cocinaba. Siempre lo había hecho.
Después de terminar de cocinar, volvió a su habitación. En ese momento, la puerta se abrió y entró su hija junto con la niñera, Octavia.
"¡Mami!", gritó la pequeña, corriendo a sus brazos.
"Mi Eva", sonrió la mujer, besándole las mejillas y acariciándole el pelo.
"Hola, Luna", la saludó Octavia.
Amelia suspiró suavemente mientras dejaba a su hija en el suelo. "Octavia, ya te lo he dicho varias veces: deja de decirme Luna. Solo llámame por mi nombre".
"Lo intentaré", dijo la niñera, notando lo especialmente feliz que se veía su ama ese día. "Ayudaré a Eva a cambiarse de ropa", añadió antes de salir de la habitación.
Cuando se fue la niñera, la otra se dirigió al baño, se dio una ducha y se puso algo elegante. Luego esperó a su esposo en su dormitorio. Pero cuando volvió a abrir los ojos, gimió en voz baja, ya que se había quedado dormida en el sofá.
Al revisar su celular, vio que eran las doce y media de la madrugada, lo cual le extrañó, porque su esposo nunca había llegado tan tarde a casa. Con los problemas en el perímetro de la manada y las exigencias de dirigir la empresa, Aiden solía trabajar hasta tarde, pero por lo general llegaba lo suficientemente temprano como para pasar tiempo con Eva, aunque después tuviera que seguir trabajando desde casa.
El tictac del reloj resonaba ensordecedoramente. Preocupada, intentó llamarlo, pero no contestó; de hecho, ni siquiera entraba la llamada.
Entonces llamó a su oficina, pero le dijeron que no había aparecido por ahí en todo el día. '¿A dónde fue?', se preguntó, aún más preocupada.
Entonces oyó el sonido de un auto entrando en la casa de la manada. El alivio la invadió cuando la puerta se abrió y el aroma familiar de su pareja llenó la habitación. Con el corazón acelerado, corrió hacia él, emocionada de al fin poder darle la buena noticia. Incluso en la penumbra se veía tan guapo como siempre.
"¿Por qué sigues despierta a estas horas?", preguntó él con frialdad, apartándose de su abrazo y dejando la maleta en el suelo.
'Seguro está cansado del trabajo', pensó ella, aún sonriendo con alegría.
"Estaba preocupada por ti. Te ves agotado", respondió la mujer con suavidad, ayudándolo a quitarse la chaqueta y a aflojarse la corbata.
"Amelia, tenemos que hablar", soltó Aiden, deteniéndose al notar lo decorada que estaba la habitación.
¿Estaban celebrando algo? No preguntó, ya que tenía algo más apremiante que decir.
"Claro. Te prepararé un baño caliente y luego podremos hablar. Yo también tengo algo que contarte", dijo ella, dirigiéndose al baño.
"No hace falta. Quiero hablar ahora".
Amelia se detuvo; algo no iba bien. La expresión de su esposo era indescifrable, reservada y fría. Como su pareja, ni siquiera podía percibir sus pensamientos con claridad. ¿Se trataba del ataque de los bandidos de hacía unos días? Pensaba que ese asunto estaba resuelto.
"¿Qué pasa, Aiden? ¿Volvieron a atacar a la manada?", preguntó con preocupación.
"No, no es eso...".
"¿Entonces qué es?".
Él la miró fijamente durante un largo rato antes de entregarle un expediente. Ella lo abrió: acuerdo de divorcio. Al leer esas palabras, se le encogió el corazón.
"Aiden...", susurró. "¿Pero por qué?".
El hombre la miró a los ojos y le respondió: "Sofia volvió".
"¿Sofia? ¿Tu ex? ¿Qué tiene que ver con esto?", preguntó ella, confundida.
"La noche que descubrimos que éramos pareja, me sedujiste para que me acostara contigo. Sofia se fue cuando se enteró de que estabas embarazada. Esa mujer fue mi primer amor y quiero volver con ella".
"Aiden... pero yo soy tu pareja, elegida por Diosa de la Luna...".
"A la mierda la Diosa. Me importa un bledo que seas mi pareja. Mi padre nunca se casó con su pareja, y aun así crio a un alfa poderoso como yo. Quiero el divorcio, y es definitivo".
Sus palabras la golpearon con fuerza. Amelia se enamoró de Aiden en la universidad, aunque él tenía una novia en ese momento, Sofia. Pero cuando descubrieron que eran parejas destinadas, se casaron de inmediato.
"¿Di... vorcio?", tartamudeó ella, aunque el documento que tenía en la mano ya lo confirmaba. Le temblaban las manos.
"Sí. Este matrimonio fue un error".
Ella lo miró, atónita, y dijo: "Pues si lo único que he hecho es amarte. Me levanto temprano para prepararte la comida, cumplo con mis deberes como Luna. ¿Qué hice mal?". Se le quebró la voz. Le castañetearon los dientes mientras las lágrimas se desbordaban.
"¿Qué hice? ¿En qué me equivoqué?", susurró ella, hundiéndose en el suelo, llorando.
Lo había dejado todo por ese hombre: su familia, su orgullo, su hogar, ¿y así era como él se lo pagaba?
"¿Y Eva?", preguntó entre lágrimas.
"Ella sigue siendo mi hija. Se quedará aquí conmigo, pero tú te irás. Todo está detallado en el acuerdo".
Dicho eso, salió, dejándola sola y destrozada.
"No... esto debe ser una pesadilla", susurró Amelia, temblando.
En ese momento, tocaron la puerta; intentó responder, pero no le salieron las palabras.
"Luna, Eva está preguntando por usted. No puede dormir... Creo que tiene mucha fiebre", dijo Octavia.
La otra se levantó deprisa, se secó las lágrimas y corrió a la habitación de su hija. La pequeña estaba acostada en la cama, con los ojos muy abiertos y el cuerpo ardiendo.
"Eva, cariño".
"Mami", susurró la niña cuando su madre se sentó a su lado.
Las lágrimas volvieron a brotar mientras Amelia acariciaba la frente ardiente de su hija. Habían sido una familia de tres muy feliz, y pronto serían cuatro. ¿Cómo era posible que ahora Aiden quisiera el divorcio? Era patético.
"Estás ardiendo en fiebre", dijo la mujer presa del pánico. Luego corrió al baño en busca de una toalla húmeda y se la puso en la frente.
"Octavia, ve a llamar a Aiden. Tenemos que llevarla al hospital".
Cuando la niñera regresó momentos después, le dijo: "El alfa Aiden no aparece por ninguna parte. Se fue de la casa".