Era el elemento en el que mis pulmones habían aprendido a expandirse y mi piel a endurecerse como el diamante.
Caminar fuera de los muros de la mansión Moldoveanu se sentía como cruzar un portal hacia otra dimensión. Tras veinte años de ser la "Princesa de Cristal" -un título que cargaba con más ironía que honor en los pasillos de mi hogar-, el asfalto de la universidad bajo mis botas era el suelo más firme que jamás había pisado.
La mansión siempre había sido una jaula de oro y hielo. Allí, cada mueble de caoba y cada moldura de mármol parecía recordarme que yo era una anomalía, una mancha violeta en un linaje de pureza grisácea. En casa, no había guardias de ojos plateados vigilando cada uno de mis suspiros de manera obvia, pero la Virtud de Anulación de mi padre, Alistair, siempre estaba presente, flotando en el aire como una neblina invisible que sofocaba cualquier rastro de emoción espontánea. Estar fuera, bajo el cielo plomizo de Snorre-Vik, era como aprender a respirar de nuevo.
- Engel, por el amor a lo que sea que adoren los humanos, relaja los hombros. Estás tan tensa que pareces estar a punto de estallar en mil pedazos -la voz de Bianca, vibrante y llena de una energía que yo envidiaba, rompió mi trance.
Bianca no era mi prima de sangre, pero era mi sangre en todo lo que importaba. Mi tía Serafina la había convertido hacía años, rescatándola de una muerte segura en los barrios bajos de Oslo, para que yo no creciera en una soledad absoluta. A diferencia de mí, Bianca era una "Impura" con orgullo. No poseía la belleza estática y perfecta de los nacidos vampiros, pero su Virtud del Eco le permitía leer las auras, ver los colores de las almas ajenas como si fueran pinceladas de luz sobre un lienzo oscuro. Ella era mi brújula en este nuevo mundo de ruidos y olores.
- Es la libertad, Bianca. Tiene un peso extraño, como si el aire fuera más denso aquí afuera -respondí, ajustando mi bufanda de seda oscura.
El tejido era una barrera entre el mundo y yo. Ocultaba mi mandíbula afilada, pero nada podía ocultar mis ojos. Mis ojos violetas, la herencia maldita de una madre hechicera que solo conocía por los susurros prohibidos del servicio y las miradas de lástima de mi padre. El violeta no era un color permitido en la paleta de los Moldoveanu; era el color de la transgresión.
El campus era un hervidero de vida humana. Era fascinante y aterrador a la vez. Cientos de estudiantes corrían de un lado a otro, y yo podía sentir sus corazones latiendo con un ritmo frenético, como pequeños tambores biológicos golpeando en la base de mi cráneo. Sus aromas eran un asalto sensorial: perfumes baratos de vainilla, el olor metálico del sudor tras una carrera, el aroma amargo del café recién hecho y el químico de los detergentes de ropa. Comparado con el olor a cera, mármol y antigüedad de mi hogar, la universidad olía a urgencia. Olía a vida que sabe que tiene un final.
- ¡Oigan! ¿Son nuevas? -una voz masculina nos detuvo frente a la imponente escalinata de piedra del auditorio principal.
Me tensé por instinto, mis dedos buscando la empuñadura de una daga que mi padre me había prohibido traer. Pero no era un enemigo. Era un chico de cabello castaño revuelto y una sonrisa tan amplia que parecía incapaz de guardar secretos.
- Soy Dean -dijo él, extendiendo una mano cálida. No la tomé. No por arrogancia, sino por el miedo atávico a que mi temperatura de bajo cero quemara su piel humana-. Y esta es Maya. Estábamos discutiendo si eran de este planeta o si acababan de bajar de un glaciar de Svalbard.
Maya, una chica de cabello oscuro cortado en un estilo bob y una chaqueta de mezclilla llena de parches de bandas de rock, nos dio una mirada apreciativa, libre de la malicia que yo esperaba.
- Ignora a Dean, es un idiota amable. Pero tiene razón, tienen un estilo increíble. ¿Artes o Historia?
Bianca dio un paso al frente, sus ojos zafiro brillando por un segundo mientras su Eco escaneaba a los recién llegados. Noté cómo su postura se relajaba al instante; sus hombros bajaron y una sonrisa genuina apareció en sus labios.
- Historia del Arte. Yo soy Bianca y ella es mi prima, Engel.
- Dean y Maya... -susurré, probando los nombres en mi lengua. Se sentían ligeros, sin los títulos y apellidos pesados que solían acompañar a cada presentación en mi mundo. Sus auras, según el gesto de aprobación de Bianca, eran como hogueras acogedoras en una noche de tormenta.
- Vengan con nosotros -invitó Maya, señalando la entrada del auditorio-. Si se sientan solas, los de la fraternidad Hellefjord las acecharán como buitres buscando carne fresca. Nosotros somos un escudo mejor, aunque Dean solo sepa defenderse con chistes malos.
El Auditorio y el Rey de la Tormenta
El interior del auditorio de Snorre-Vik era una pieza arquitectónica que parecía querer devorar la luz. Madera de roble oscuro, techos tan altos que se perdían en las sombras y un eco que amplificaba el murmullo de cientos de estudiantes. Nos sentamos en la zona media. Dean no paraba de hablar sobre lo difícil que era conseguir una hamburguesa decente en el pueblo, mientras Maya le reñía por sus prioridades existenciales. Yo intentaba escucharlos, intentaba asimilar cómo era ser una humana de veinte años preocupada por la comida, pero entonces el escenario se llenó.
La Directora Vance caminó hacia el podio con una elegancia que me recordaba a un halcón. Su presencia era magnética, pero mi mirada, gobernada por un instinto que no reconocía como propio, se desvió hacia la fila de académicos situados detrás de ella.
Y entonces, el aire de mis pulmones simplemente se evaporó.
Había un hombre sentado al final de la mesa. No vestía las túnicas académicas tradicionales, sino una camisa de algodón oscura que se ajustaba a unos hombros que parecían cargar con el peso de una montaña. Su cabello era oscuro como el ala de un cuervo, pero fueron sus ojos los que detuvieron mi sistema circulatorio.
Eran grises. Pero no el gris estático y muerto de mis familiares. Eran el gris de una tormenta eléctrica en el Mar del Norte, cargados de una energía cinética que hizo que mi propia Virtud vibrara bajo mi piel como una cuerda de violín a punto de romperse.
En el momento en que nuestras miradas se cruzaron, sentí un choque térmico devastador. Una ola de calor, un fuego líquido que no debería existir en mi mundo de hielo, viajó desde las plantas de mis pies hasta la nuca, conectándome a él a través de la distancia. El ruido del auditorio se apagó por completo. Dean desapareció, Maya desapareció, incluso la presencia protectora de Bianca se volvió un borrón insignificante. Solo estábamos él y yo, dos puntos de luz en un universo que acababa de colapsar.
Sus ojos se entrecerraron, fijos en el violeta de los míos. Pude ver cómo sus fosas nasales se dilataban ligeramente, como si estuviera rastreando mi esencia a través del oxígeno compartido, filtrando mi olor a nieve y magia entre el hedor de los humanos. No era una mirada de profesor a alumna. Era la mirada de un depredador que acababa de encontrar algo que las leyes de la naturaleza decían que no debería existir.
Forcé la vista hacia mis rodillas, apretando los puños sobre la falda de lana. Mi piel, que siempre estaba a una temperatura que congelaría el agua, estaba... caliente. Mi sangre latía con una urgencia que me asustaba. Durante todo el discurso de la Directora, no escuché una sola palabra. Solo sentí el peso de su observación, una presión gravitacional que me mantenía anclada a mi asiento. No necesitaba mirar para saber que el "Profesor de los ojos grises" no había dejado de estudiarme ni un segundo.
El Almuerzo: Un Espejismo de Humanidad
- Engel, ¿estás segura de que no quieres probar el estofado? Está sorprendentemente bueno para ser comida de cafetería -dijo Dean mientras nos acomodábamos en una mesa de madera bajo los robles centenarios del patio.
- No tengo mucha hambre, gracias -mentí, aunque el olor de la carne especiada me revolvía el estómago de una forma extraña. Mi hambre hoy era de otro tipo, una sed de respuestas que ningún alimento humano podría saciar.
Observé a Dean y Maya con una fascinación silenciosa. Ellos hablaban de sus orígenes en Oslo, de cómo habían decidido estudiar en Snorre-Vik para escapar de la tecnología y el caos de la capital. Eran simples, eran reales. Maya sacó un cuaderno de bocetos y empezó a trazar la silueta de los fiordos con trazos rápidos de carboncillo, mientras Dean bromeaba sobre sus fallidos intentos de aprender a esquiar sin terminar en el hospital.
- En realidad, yo crecí cerca del mar -decía Maya sin levantar la vista de su dibujo-. Hay algo en el movimiento del agua que me hace sentir en paz. ¿Y ustedes? Siempre han vivido en esa mansión en la colina, ¿verdad? Es un poco... intimidante.
- Es una herencia familiar complicada -respondió Bianca con una soltura que yo envidiaba, cubriéndome como siempre-. Nuestra familia prefiere el aislamiento, pero Engel y yo necesitábamos ver qué había más allá de los muros de piedra. La historia es mejor vivirla que leerla en libros de hace doscientos años.
Bianca se inclinó hacia mí, fingiendo que me arreglaba un mechón de cabello platino.
- Son almas puras, Engel -susurró para que solo yo la oyera, su voz cargada de la vibración de su Eco-. Dean es lealtad pura, su aura es de un naranja cálido, como una chimenea. Y Maya... ella es como el agua profunda, tranquila pero fuerte. Podemos ser nosotras mismas con ellos, dentro de lo que cabe. No ven monstruos, solo ven a dos chicas raras.
Por un momento, me permití reír de una broma absurda de Dean sobre un profesor de latín. Fue un sonido extraño para mis propios oídos, como cristales chocando entre sí en una brisa suave, pero se sintió bien. Por un momento, no fui la heredera de un linaje que esperaba mi cristalización. Fui solo una chica de veinte años haciendo amigos bajo el sol pálido de Noruega.
El Regreso al Castillo de Hielo
Sin embargo, el hechizo de normalidad se rompió en cuanto el sol empezó a ocultarse tras las montañas escarpadas. Las sombras en Snorre-Vik se alargaban como dedos negros y delgados, recordándonos que nuestro tiempo en el mundo de los vivos, bajo la luz que todo lo perdona, había terminado por hoy.
Caminamos de regreso hacia la mansión en silencio. A medida que ascendíamos por el sendero arbolado, la calidez que Dean y Maya habían dejado en mi pecho se evaporaba, reemplazada por la rigidez de mi apellido. Las puertas de hierro forjado se abrieron con un chirrido que, para mis oídos, sonó como el cierre de una celda.
- Bianca -dije cuando finalmente estuvimos en la seguridad del ala oeste de la mansión, rodeadas de nuevo por el silencio sepulcral-. El hombre del auditorio... el profesor de los ojos grises. ¿Lo sentiste?
Me detuve frente a un gran espejo de plata con marco de obsidiana. Mi reflejo parecía el de un fantasma; mi piel era más pálida que el mármol, casi translúcida, y mis ojos violetas brillaban con una intensidad febril, como si hubiera una tormenta eléctrica atrapada en mis iris.
Bianca se abrazó a sí misma, un gesto de vulnerabilidad que en ella era tan raro como la lluvia en el desierto. Sus ojos zafiro estaban fijos en la nada, perdidos en las frecuencias que aún vibraban en su memoria sensorial.
- Lo sentí, Engel. Pero no fue como lo sentiste tú -su voz era apenas un susurro que se perdía en la inmensidad del pasillo-. Mientras tú te quedabas sin aliento, mi Eco se volvió completamente loco. No pude ver su aura, Engel. Era imposible. Fue como intentar mirar directamente al sol con los ojos bien abiertos.
Se acercó a mí y me tomó de los hombros. Sus manos, generalmente firmes, temblaban contra mi piel fría.
- Algo en ese hombre no es humano, Engel. Pero tampoco es vampiro. El instinto que mis ancestros me dejaron como "Impura" gritaba que corriera en la dirección opuesta. Sentí una energía volcánica, algo tan destructivo que si él simplemente quisiera, todo este castillo de hielo ardería en llamas en cuestión de segundos. Me dio pánico, Engel. Un miedo primario, el de una presa frente a un incendio forestal que no puede apagar.
Me quedé en silencio, mirando mi reflejo en el espejo de plata. El miedo de Bianca era lógico; era el instinto de supervivencia que había mantenido a los de su clase vivos durante siglos. Pero yo, por alguna razón que me aterraba más que el propio hombre, no sentía miedo. Sentía una atracción gravitacional, una fuerza que me arrastraba hacia ese incendio forestal.
El profesor de los ojos grises. El hombre que hacía que mi sangre de hielo hirviera. Mañana tendría su clase de Alquimia, y por primera vez en mi vida de porcelana, no estaba asustada por lo que vendría. Estaba ansiosa por quemarme.