Mis manos, ásperas y manchadas de tierra, devolvían la vida a cerámicas mientras mi esposo Ricardo suspiraba sobre lo mal que iba todo, apenas alcanzándonos para las cuentas, o al menos eso creía yo. Entonces, un mensaje de una vieja amiga y una foto destrozaron mi mundo: Ricardo, sonriendo en un yate de lujo con su exnovia Camila, y a su lado, mi hijo Leo, de cinco años, vestido con ropa carísima y sosteniendo un juguete aún más caro. La descripción: "Celebrando la vida con mis dos amores". Miré mis manos sucias, el plato de frijoles a medio comer. La mentira era tan descarada, tan cruel que me causó náuseas. Esa misma noche, lo escuché susurrar por teléfono: "Sí, mi amor, ya estoy en esta pocilga... No sospecha nada, se cree todo el cuento de que soy pobre." Y luego: "Claro que te amo a ti, Camila. Lo de Sofía fue solo un capricho, una apuesta que se me salió de las manos." Cada palabra fue un golpe, el peso de una pared desplomándose sobre mí. ¿Mi vida? ¿Mis sacrificios? ¿Una maldita apuesta? Ya no había lágrimas en mis ojos, solo una calma helada. Sabía que se acabó. Abrí la puerta y, con una voz fuerte y extraña, le dije: "Ricardo, quiero el divorcio."
