e vista
ue no sentir miedo. Ni siquiera al verlo transformado, con los ojos carmesí, los
o cont
taba emb
so, y me ardían los dedos de ganas de recorrerlos. Apenas asimi
spera volvió a r
telo o
n que entré en el territorio de la Manada
de encaje negro. El aire frío me mordió la piel. Se me erizó el vello y los pezones se endurecieron bajo la fina
indiferencia, como si yo no fuer
gué a su altura, me envolvió su olor: masculinidad pura y un ligero rastro de t
apretando los muslos contra la dureza de sus músculos. Se pu
n tono sombrío-. Las mujeres que se acercan
uve la
s. Simplemente... me
demasiado fugaz para qu
areció la clavícula. Con el segundo, quedó a la vista la curva del pecho.
palmas sobre él, el calor casi
do... -murmur
ivos, inquietos. Una presión me cerró el pecho. El puls
denó en un mu
aba mucho
o. El corazón le palpitaba a un ritmo firme, pero acelerado. Tenía la palma l
la mirada
, saqué la lengua con timidez y recorrí su labio inferior. Su sabor me mareó. Sin pens
un pescado muerto. Lame,
espiración se hizo más pesada. Mi cuerpo se inclinó por voluntad propia, y mis pechos, todavía cubiertos de e
c... -m
nó suave, extrañ
vió el beso con una fuerza brutal. Me abrió los labios con la len
a dejar escapar gemidos débiles y entrecortados. El beso era demasiado intenso. Demasiado brusco. Sentía
ado brusco... -logré jad
ortunidad de
e hinchados. La vista se me había nublado y el pecho s
loco...
n tanto por el beso que
ora saca la lengu
mezclado con el calor de su piel, me provocó otro espasmo en el vientre. Las bragas estaban innegab
abaco... -admití
otra
bula y alzó dos d
ejarlos limpios.
oco, centímetro a centímetro, curvando la lengua sobre cada nudi
mis labios. Oía los tenues sonidos húmedo
-pregunté con la voz
pero la presión inflexible de
ue aprend
ada en mi cintura ardía. Sus dedos se hundieron un
portado bien
dad entre mis muslos y pr
prender también a recibir
pera
fuerza mis labios bajo el encaje, y una oleada de deseo se
engua se deslizó entre mis muslos. Las yemas ásperas presionaron el fino encaje que
piernas... no
me atravesó en oleadas eléctricas; mis paredes internas se contrajeron
nadas breves. Aun así, las caderas se arquearon hacia
ma -ordenó sin dejar de mo
ubir el dobladillo poco a poco. Primero quedaron al descubierto los muslos. Des
da y me hizo estremecer. Un hilo de hu
ie
e había oído. Apartó el encaje con los dedos y
es lo
encia contra mi muslo. Caliente. Gruesa. Su respiración se había
sab
duro
des
nte... -supliqué a
cia su mano. Cada caricia amenazaba con hacerme
presó la muñeca
me arranc
s se congeló y fue sustituido po
as
eándome hasta chocar contra la pared fría, donde tuve que ap
o abrochar, el pecho todavía agitado y un bulto
como si nada hu
isión lenta y metódica. Cada movimiento
voz glacial, afilada como una esquirla de hielo-. ¿Creías que i
imponente silla, como si contemplarm
Recuerda cuál es tu tarea: estás aquí para cumplir los términos de n
murmuré, ape
palpitaba de dolor, y avancé con
huella de humillación y angustia
desbocado, pero ya
entido. No
n me habí
había decidi
rosa hasta qué punto ansiaba a aquel hombre. Muc
r había sido una imprudencia descomunal. Sin embargo, yo no me había derrumb
davía ansiaba sus caricias. El fantasma de ese placer eléctrico seguía cosquilleándome
de mi propio ju
exc
o, jamás me había
r q
e en el territorio de la Manada Luna de
a era darles l
h
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