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ES
. Aquí no eres heredera, no eres intocable... no eres nadie. Y el jeque Joaan Al-Nayef lo sabe. Tú lo desafiaste anoche, lo hum
dola sentir atrapada. Yo soy tu única salida. Entrégate a mi. Cásate conmigo, entrégate
ación rozó
igo... o con él. Pero
ÍAS
stener la respira
s, brillaban bajo el titilar de los faroles, y las fachadas de piedra parecían dormidas en un silencio expectante. Las últimas hojas del otoño danzaban al
con una mezcla de nerviosismo y dulzura. París era su escenario favorito, el lugar donde l
La seda marfil caía con una delicadeza que parecía respirar. Había sido diseñado por
do el sol asomara por los tejados parisinos, caminaría hacia el altar tomada del brazo de su padre, el gran Car
s negocios con la misma naturalidad con que sabía pronunciar un juramento. Heredero de la poderosa familia Ferreiro
ar un suspiro. Tod
vida que se abría ante ella
la esposa de
rcaba las once y media. París se deslizaba hacia la medianoche y, sin embargo, algo en
tación se vio interrumpido por el
a cabeza hacia
lanos y fotografías de la boda, mostraba en la esquin
ció e
a esas horas. Había dejado instrucciones
bía descansar. Pero el correo insistía, parp
sobre la mesa, el c
de reposa el vestido, el eco d
u rostro con un respl
nte era de
a dirección de correo anó
unos segu
el beso de mañana, en las flores blancas que cubrirían la iglesia. Pensaría en como s
siempre la había guiado en su traba
zo
rreo s
el mundo pare
un vuelco tan violento que
ido por la calidez de la lámpara,
s sienes y una presión a
pero su garga
no solo una sola ima
nconfundible,
u prom
turo e
había dicho te a
ato, envuelto entre sábanas blancas, el torso desnud
talmente desnudos, era evidente l
da pa
podí
piel clara, los labios
beth P
u
a menor de
omo si la imagen tuviera el p
os, un rugido ahogado que la
obre la me
ió marcando el tiempo c
ferente, hermosa, mientras en el interior del apa
áusea le subió d
laban la
agen como un ojo que la vigilab
or aún no hab
undos después, o
rreo, del mi
aliento, impulsada por una
ez, no er
un
vo tardó
, y con cada porcentaje que aumentaba, el
se volvió i
ente apareció, el aire s
rpos ent
arto, las mi
en un vaivén que no d
masculina que ella reconoció de inmediato: la voz de Enzo, pr
onido seguía allí, latiendo en la
contenidas en algún lugar profundo, d
minó, pero no
ivos se descargab
ogra
fotog
te a una ventana abierta, los cabellos de ella des
taurante, las manos entrela
Eran de un diseño Perlado, hermoso y distinguido, en otras fotografías Elizabeth tenía algunos vestidos de Amanda, eran vestidos que ella tenía en resguardo en la oficina
anda se contrajo
ó que el mundo se hab
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