e Isabel quedó sepultada bajo el peso del uniforme del colegio: la falda plisada por debajo de la rodilla, la camisa blanca abotonada hasta el cuello y los calcetines al
es se habían fundido en un solo torbellino de jugos y orgasmos. El espacio seguro que habíamos construido entre nosotras era perfecto para aliviar la urgencia del momento, pero no apagaba la verdadera hoguera que me consumía por dentro.
pilla, cuando encontré el objetivo perfecto. En el altar, guiando los rezos con una v
hizo humedecer las bragas al instante bajo la tela pesada de mi falda. Su rostro era serio, anguloso, con unos ojos oscuros que parecían taladrar los bancos de las alumnas. Él no era un muchacho asustadizo de la urbanización; era u
ral de la capilla para escuchar las faltas de las estudiantes. El lugar era perfecto: un mueble de madera oscura, antigua, con una celosía tupida que separaba el cubículo de la
o la capilla quedó en un silencio sepulcral, roto solo por el eco lejano de mis zapatos sobre el mármol, me acerqué al
o y cerré la portezuela de madera. El espacio olía a cera de vela, madera vieja y a la c
u voz, un murmullo grave que v
respondí, pegando los l
apenas se distinguía su silueta en la penumbra.
ando un tono falsamente sumiso-. He tenido pensamie
ltas para limpiar tu alma -dijo él, con la distancia profesional de quien ha es
que me metan mano. No puedo evitarlo -solté sin ane
ó la frente de su mano y giró levemente la cabeza hacia la rejilla.
Debes apartar esos pensamientos... -intentó reconducir, pero su
e mi falda contra mis muslos hiciera un leve ruido en el cubículo-. Había un hombre en la piscina de mi urbanización. Un hombre maduro, fuerte... casado. M
da del otro lado de la celosía
alles innecesarios,
los agujeros de madera-. Sus dedos eran grandes y duros. Me aplastó el clítoris con una fuerza brutal a través de la tela húmeda, frotándome hasta que estuve a
stumbrándome a la oscuridad, percibí que el padre Andrés ya no me miraba de reojo; estaba completamente girado hacia mí. Sus manos y
nsando en él. Imaginé que su mano áspera rompía la tela, que sus dedos largos se introducían en mi vagina, hundiéndose en mis entrañas para lamer mis jugos desde dentro, como un ser libidinoso que m
ya no era el de un confesor; era el de un hombre excitado, atrapado en la trampa psicológica que le había tendido. El sonido sutil de un frotamiento rítmico llegó a mis oí
ón por sentir una polla de verdad entrando en mi gruta del deseo. Los gemidos apagados del sacerdote se hicieron más evide
se escuchaba el intento del padre Andrés por recuperar la compostura. Se limpió discretamente y se acomo
r de sus cuerdas vocales-. La absolución requiere una penitencia especial. Quédate en l
respondí, con una sonrisa de triu
es. Estaba nerviosa, con las piernas cruzadas apretando mi propia entrepierna para contener el latido de mi coño. Iba a ser mi primera vez con un hombre. ¿Me dolería? ¿Sería salvaje o se conte

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