img La Gruta del Deseo  /  Capítulo 2 El pacto de la alfombra | 5.13%
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Historia

Capítulo 2 El pacto de la alfombra

Palabras:1761    |    Actualizado en: 15/06/2026

men. El silencio en la sala solo era interrumpido por el zumbido monótono del ventilador de techo, que movía el aire caliente s

fin, tragando saliva-. Elena, estás loca

Sentía una oleada de orgullo y excitación recorriéndome el pecho. Sabía el poder que t

í debajo de él. Cuando salí, me pegué a su cuerpo. Le agarré el brazo con la excusa de que me hundía y obligué

on las manos. Isabel se inclinó aún más, con las

guntó Marta en un hil

elástica. Fue glorioso, chicas. Estuve a punto de correrme allí mismo, en medio de la piscina, mientras ustedes nadaban al otro lado. Si Javier no se hubiera acercado, les juro que don Julián me mete la man

isiblemente afectada-. Es que... don Julián está buen

en mis ojos, sino que bajaba inconscientemente hacia mi escote y mis

a excusa de pedir un libro prestado, pensando que me metería y me follaría de una vez por todas. Pero se acobardó. Me abrió la puerta, me miró como si fu

de quedarnos a medias encendió un fuego en la habitación que ya no se podía apagar con palabras. Marta se estiró en la alfombra

de clase son unos idiotas que no saben ni besar, los maduros se

hico para empezar -soltó Marta de rep

una electricidad nueva, prohibida pero extrañamente natural. Muchas chicas lo hadn't

abel, aunque su voz delataba que

sentándose de golpe. Su timidez habitual se había esfumado, reemplazada por la misma

y el deseo que ya nos humedecía las bragas. Pero la tensión acumulada de todo el verano

u mirada antes de juntar nuestros labios. El primer contacto fue suave, un tanteo tímido, pero la necesidad nos arrastró de inmediato. Metí mi lengua en su boca, encontrando una cal

dome apenas un milímetro, con la respira

ceremonias. Camisetas, biquinis, shorts. Ver los cuerpos desnudos de mis amigas y contemplarme a mí misma frente al espejo de la có

s y erectos que apuntaban hacia el frente con descaro; su cintura era estrecha, quebrando una línea perfecta hacia unas caderas anchas. Isabel, en cambio, era un contraste exquisito: su piel poseí

nchas, de un marrón encendido que delataba mi constante estado de excitación. Al quitarme el biquini, la marca blanca de la tela contrastaba de golpe con la piel dorada de mis caderas anchas y de mis glúteos firmes, redondos, que se tensaban con cada paso. Mi vientre, suave y ligeramente curvado hacia abajo

vocaba un escalofrío general. Isabel se colocó entre mis piernas; sus manos, temblorosas pero ansiosas, subieron lentamente por la parte interna de mis muslos, acariciando la piel suave antes de qu

ido entre mis piernas, y empezó a lamer mi coño con una devoción experta, recorriendo mis labios menores y concentrándose en mi clítoris co

recisión matemática. Marta se inclinó sobre Isabel, frotando sus pechos bronceados contra los senos blanquísimos de ella mientras lamía su vagina ardiente con entusiasmo; Isabel, a su vez, tenía la cabeza entre

s, escuchando sus gemidos ahogados que estimulaban a Isabel para lamerme a mí con más fuerza. Disfrutamos de infinidad de orgasmos encadenados. No hubo recoveco de nuestros

eshizo lentamente. Terminamos agotadas, sudorosas y sumamente felices, estiradas en la cama desh

ó decir Isabel, con la voz ronca y u

Marta, abrazándose a mí, dejando que su

hecho era maravilloso, una liberación perfecta, pero mientras me duchaba y sentía el ag

a. Necesitaba ser poseída por un hombre que supiera exactamente cómo romperme por dentro. Y si los hombres de la urbanización eran unos cobardes, tendría que buscar en otra

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