de la fusión no solo había multiplicado la carga de trabajo, sino que había instalado una paranoia colectiva entre los emplead
l de revisión a los contratos preliminares de la fusión. Era un proceso estructurado que ella misma había diseñado: primero ejecutaba una exhaustiva «etapa uno», escaneando el documento en busca de cualquier error de formato, puntuación o sintaxis; inmediatamente después, pasaba a la «etapa dos»,
ivado rompió el frenético teclear de la oficina. Las puertas de ace
ncios. Isabella Vanguard
e. Su cabello rubio platino caía en ondas perfectas sobre un abrigo de tweed blanco de diseñador, y sus zapatos de aguja escarlata golpeaban el mármol con el ritmo de un metrónomo letal. Detrás de ella caminaban do
mulando estar inmersos en sus carpetas. Isabella ni siquiera fingió que le importaba su existencia. Sus ojos azules, ta
rincón del piso-. Hace que todo el mundo parezca enfermo. Toma nota, Chloe -le ordenó a una de sus asistentes sin mirarla-. Habla
uscando polvo donde no lo había. Se detuvo justo frente al área de soporte de la presidencia. Elena, que habí
ndo, procesando la información con la frialdad de un escáner: el traje de sastre de confección modesta, el cabello castaño recogido de forma práctica, la ausencia
intiva y territorial, se encendió e
movimiento de barbilla-. ¿Quién eres y qué haces res
nada a la presidencia -respondió, manteniendo la voz firme y un tono estrictament
ejara un mal sabor en la boca-. Eres demasiado joven. Y tu dobladillo es un centímetro más corto de
humillación pública, pero se obligó a no bajar la mirada. Ese pequeño
n a ser ejecutivas creyendo que una cara bonita las salvará. A partir de hoy, las reglas cambian. Quiero un té de loto blanco. A setenta grados exactos. Con una rodaja de limón deshidratado, no fresco. Lo quie
jo Elena, asintiendo levemente, bloqueando
er atisbo de calidez. Era la sonrisa de un depredador que acababa de marcar su te
sa están llenos de chicas desechables que creyeron ser indispensa
a tocó. Abrió las puertas con la confianza absoluta de quien es dueña del mundo y entró, dejando que la m
creía que el trabajo duro la protegería de cualquier ataque, pero la mirada de Isabella Vanguard le había revelado una verdad aterradora: en las altas esferas del poder, no necesitabas c
e té de loto blanco. No tenía tiempo para el miedo. La trampa corporativa acababa de colocar

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