o el desánimo y, para mi sorpresa, lo único que deseé f
samiento fútil y aleatorio; ojalá esta fuera mi mayor preocupación hoy. Me puse un vestido de tela ligera y blanco con
a esperar algo así; estaba empezando a ser demasiado vieja si comparab
no quería
estaría aquí y, a pesar de tantas cosas a mi alrededor, me enfoqué en el objeto de cuatro colores: el
lo, pero ya no era una niña pequeña y tampoco mi nivel afectivo hacia mi padre estaba en su punto más alto, así que lo dejé donde estaba cuando empecé a hacer las maletas. Separando solo mis mejore
, apreciando cada detalle de la casa y lo hice sin prisa. Inspirando aire en mis pulmones, inhalé el olor familiar a follaje y la b
on la pulsera que me regaló mi abuela, y ella estaría sentada en el banco bajo el
que con gustos muy diferentes. Independientemen
sa, mi jaula de oro, que parecía mucho más acogedora ahora, y me extrañó la sensación de vacío que sentiría por este lugar que durante años me h
mesa estaba puesta para el desayuno. Mis abuelos ya estaban allí, con
sbozando una sonrisa forzada, pero sus o
Sus emociones eran más complicadas de leer; al igual que mi padre, era bueno oc
olo eso
o soldado más con
maba (hacerlo demasiado temprano solía ser un indicativo sutil de su mal humor), mi abuela
el clima incómodo dando una excusa cualquiera de que necesitaba ir a los establos y anunció que saldríamo
e conformé con solo beber pequeños
enda, cabalgar y leer bajo el árbol en las tardes más
cionar buenas alianzas entre nuestras familias y debía estar ag
mente notando cómo me esforzaba por tener fuerzas y pare
r en su matrimonio, al igual que mi madre, pero como dicen:
es y me lo metí en la boca. Mi abuela obviamente captó la ind
do llegué a la puerta. Simona pidió un segundo y corrió hacia dentro, alegando que se había olvidado de algo; no esperé para ver qué fue lo que se detuvo a poner en el maletero, pero después dejé que sujetara mis mano
itada de la ventana, y entonces estábamos en una carretera desierta. Pasados unos minutos, aparecieron dos coches; uno se posicionó
as miradas por encima del hombro de Simona y las comprobaciones de mi abuelo por el retrovisor
nuestra derecha, en el viento que agitaba mi cabello y en el silencio a mi alrededor d
ería mi
la Cosa Nostra tiene las suyas, cierta
til conmig
ron interrumpidos po
su arma en cuestión de segundos. El coche de delante perdió el control y se fue contra el acantilado, cayendo y provocando una explosión poco después; más adelante había dos
uela gritó cuando vinieron más disparos y vi cómo mi abuelo l
das; probablemente el enemigo se dio cuenta de que no valdría de
abuelo; él miraba a su alreded
que protegía nuestra retaguardia con las puertas abiertas y cuerpos sin vida por el suel
que tu mujer y tu nieta están contigo. Yo solo quiero a la chica -mis ojos buscaron los de ellos y ambos se mir
ada
ó erguido en su asiento, ca
n lágrimas en los ojos
ozó una sonrisa triste y apasionada al mismo tiempo y sentí el peso de la injusticia; las cosas no deberían suceder así-. Y Paola... -lo miré, las lágrimas que intentaba contener resbalaban por mis mejillas-. Se la van a llevar. Sé fuerte,
que él abriera la puerta y bajara de

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