d debería haber estado en silencio, pero en el piso cuarenta y cinco de Blackwood Industries, el a
dos primeros botones de su blusa de seda, buscando aire en una oficina que, a pesar del aire acondicionado central, se sentía sofocante. Las hojas de cálculo bailaban ante su vista, pero las proyecciones f
blancas, un hormiguero de vidas que parecían insignificantes desde esa altura. El silencio del edificio era
quí, seño
rciopelada, enviando una descarga eléctrica directa a la
angas de su camisa blanca estaban remangadas hasta los antebrazos, revelando una musculatura tensa y un reloj d
ndo el aliento-. Me dio cuarenta y ocho ho
sos eran silenciosos sobre la alfombra de felpa. Se detuvo frente al escritorio de Elara,
capturado las sombras de la noche-. La mayoría de las personas se habrían rendido tras la junta
torio-. Y usted lo sabe. Por eso me puso esta trampa. Esperaba que fallara
ue una risa, pero carecía de alegr
eñorita Vance. Pero no p
o que la había perseguido durante todo el día. Él extendió una mano y tomó u
to en su vigilia -dijo é
o por un momento su hostilidad ante la oportunidad de probar su punto-. Si observa la página cuatro, verá
tas de Elara-. Eso es lo que escribió a
. -Fue una elección de palabras poco afortuna
monitor principal. Estaba tan cerca que Elara podía sentir el calor que emanaba de su
ozando la pantalla-. Si ajustamo
al lado de su oído-. El riesgo de volatilidad en esa pla
mensaje -insistió ella,
os se encontraron sobre la
as ambos intentaban alcanzar el mismo documento impreso. Pero en el v
su pecho, acelerando su corazón hasta un ritmo alarmante. Killian no retiró la mano. Al contrario, sus ded
la frialdad corporativa. Sus pupilas estaban dilatadas, devorando el gris de sus iris, transformándolos e
lla, aunque no sabía si era un
a peligrosa y ronca. Por primera vez, usó su nombre de pila, y el sonido hizo qu
gla ahora -desafió ella, aunque su vo
tímetro de aire entre ellos. La imponente presencia física del hombre la rodeó, atrapándola entre su cuerpo y el escr
labios de Elara-. Desde el momento en que entraste en esa sala y me miraste
mbre con una audacia que la asustó a ella misma-. Solo es
l líder implacable que había construido un muro de hielo a su alrededor y el hombre hambriento que el
a que sus frentes casi se rozaron-. Debería despedirte ahora mismo. Debería sacarte de est
e? -desafió Elara, su respira
el aroma de ella. Cuando los abrió, el deseo animal que Elar
maldito egoísta
de fuego a su paso. El roce de sus dedos contra la piel sensible de su antebrazo hizo que Elar
destruiría todas las barreras, que quemaría los contratos y las reglas de oro. Ela
fono vibrando sobre el escritorio rompió el hechizo. Era el móvil de Elara, una alarma que e
si la piel de Elara lo hubiera quemado. Su rostro volvió a transformarse en es
nándolo por primera vez en el día, y ret
d cortante, aunque todavía vibraba con una aspereza residual-. Y asegúrese
oficina, sus pasos resonando en el pasillo
us costillas y la mano donde él la había tocado todavía ardiendo. Mi
cía letal. Era el fuego que ocultaba debajo del hielo, un incendio que, ella lo sabía ahora, est
eclear, Elara supo que la verdadera prueba no sería el jueves por la mañana. La verdadera prueba ser

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