yoría de los clientes, era solo un ruido de fondo; para Mia Carte, era la banda sonora de su supervivencia. Llevaba seis horas de pie, sus tobillos pulsaban d
estab
explotara. En su lugar, había un pequeño muffin de vainilla con una vela solitaria que Mia había comprado con las propinas del turno de mañana. Leo, ajeno a la amargura que consumía
el niño, levantando el cuaderno con una sonri
castaño. Notó, con una punzada de preocupación, que el color de las mejillas de su her
ó ella, besando su frente-. En cuanto termine el turno, ire
a? -preguntó él co
ió Mia, aunque sabía que tendría que contar la
ara convertirse en el único pilar de un niño que apenas entendía por qué papá y mamá ya no estaban. Sus padres, Arturo y Micaela, no solo les habían robado el futuro
es. Mia sintió un escalofrío recorrer su espalda. Odiaba la lluvia; le recordaba a los faros de un auto y al l
el crayón cayendo al su
Le
us brazos. Mia dejó caer la bandeja que sostenía, ignorando el estrépito de las t
hilo. Sus labios tenían un tinte azulado que hizo que el corazón de Mi
or. Respira conmi
a Leo en brazos, sintiendo lo ligero y frágil que era, y salió corriendo hacia la calle bajo la lluvia inclemente. No tenía dinero para un taxi, per
n! -gritó al entrar en
ija en las puertas batientes de la unidad de cuidados intensivos. Finalmente, un médico de mediana edad, el d
e que está bien -dijo ella, p
a válvula está fallando más rápido de lo que esperábamos -el doctor suspiró, frotándose el puente d
con firmeza-. Hagan
specialistas y un equipo que esta clínica no tiene de forma gratuita. El costo del procedimie
dólares. Ella ganaba ocho dólares la hora más propinas. Pod
haber una forma. Un
us puertas a la familia Carte. Es injusto, lo sé, pero el hospital requiere un depósito inicial para programar el q
a, cerrando los ojos. La imagen de Leo coloreando al dinosaurio hacía apenas un
mil razones para morir
o y con un motivo lo suficientemente oscuro para disfrutar verla suplicar. Sabía que buscarlo era abrir las puertas
de rasgos afilados, ojos gélidos como el invierno y una presencia que irradiaba poder absoluto miraba a la c
ía su casa, su pasado y ahora, el
entras las lágrimas finalmente rodaban por sus mejillas-. Voy a
, pero ya no sentía frío. Solo sentía una determinación gélida. Mañana por la mañana, Mia Carte dejaría de exi

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