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Historia

Capítulo 3 El arte de no saber respirar

Palabras:1084    |    Actualizado en: 28/01/2026

10 años

ente en mi cerebro como estática de radio a todo volumen. El simple hecho de pensar en entablar una conversación con alguien fuera de mi círculo familiar me provoca una jaqueca

n cerdo directo al matadero. Me hundo en la capucha de mi sudadera negra, tratando d

lla... ella es diferente. Pequeña, delicada, con unos ojos celestes que atraparon mi atención la primera vez que se cruzaron con los míos en la cafetería. Jamás he tenido

eza a subir por mi garganta como bilis. Vuelve a casa, Logan, me susurra mi mente. Pero entonces recuerdo las palabras de mi hermana: "E

mi vida, ignoro el impulso de salir

tá l

ar con mis pies. Ella me mira como si fuera un fantasma. De inmediato, mi ansiedad dis

ón está anclada en ella. Murmura cosas para sí misma: "té", "pie", "voz". Se ve fascinante cuando arruga la frente en concentración. De repente, l

. lo más lindo que han visto

el hecho de que siempre busca pagarme a mí personalmente... La chica de mis sueños me ha notado.

o mis ojos en dieciocho años -le suelto,

toda su fuerza. Mis manos sudan, el rostro me pica y el aire se vuelve sólido, imposible de tragar.

ión y furia protectora. Me tiende una bolsa con uno de sus tés de hi

egunta, sosteni

el aliento-. Básicamente le confesé que

nde ella con una sonrisa de suficiencia-. Está claro q

mancha en la máquina de expreso. Jonah es un imbécil, siempre deja todo pegajo

os llegado

la lámpara de metal. El estruendo es digno de una come

ndo, sintiendo el calor de la v

ta del mostrador, recoge las servilletas del suelo y se acerca tanto q

cercando su mano a mi rost

me golpeé. Podría estar echándome ácido y me d

me sorprendis

sculpas tú? -suelta una ri

odos -respondo a la defensiva, el viejo mec

e ella, y por un segundo s

y sé que es ahora o nunca

o digo tan rápido que parec

detiene,

son un mar de sudor, p

alir alguna

el sol por primera vez. Se acerca, toma el bolígra

s para dejar que sus labios rocen mi m

no tengo ni la menor idea de a dónde llevarla. La culpa es de Grace. Pero mientras guardo su número en mi teléfono, me doy cuenta de

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