ños de
aba. En este rincón olvidado de la costa de Maine, el aire siempre sabía a sal y a pino, un aroma lo sufic
de tres años observaba el horizonte con una in
ño. Su voz era suave, pero tenía una
do, de un azul pálido y gélido. No
-respondió ella, acariciándole el cabello os
stió Leo, sin apartar la vista d
os, había dejado de llorar por completo; a los tres, era capaz de mover sillas de madera maciza que a Elena le costaba arrastrar. Y luego estaban sus o
comer -dijo ella, tratand
rfil bajo. Para los vecinos, era una viuda joven y reservada. Nadie hacía preguntas, y e
taba en el jardín trasero, frente a un enorme perro labrador de un vecino que se había esca
. Estaba a punto de gritar cuando
. Fue un gruñido bajo, una vibración que pareció sacudir los cristales de la ventana. El labrador, un animal domesticad
nos y volvió a jugar con sus pie
Leo se volvía más difícil de contener. El niño era un Alfa en potencia, un heredero de una sangr
periódico de hace un año. En la foto, Julian Vane aparecía en una gala benéfica. Se veía más delgado, más severo, con una mirada que parecía capaz de calc
o, el ai
callaron. Elena se puso de pie, su instinto de madre -y algo más, ese ví
aña, dos puntos de luz ámbar brillaron entre
Elena comenzó a latir con la misma v
ó, con un nudo
la respuesta: el tiempo de esconderse se había terminado. El mar ya no podía ocul

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