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sde la nada. Incluso contraté a su nueva asistente, una mujer idénti
ba embarazada de su hijo. Y durante meses, las vitaminas prenatales que
me provocó un aborto. Pe
aron de la empresa de mi familia y me dejaron sin nada,
a para quemarlo todo conmigo dentro, descu
muerte y
a en la tranquila posada de la que ahora s
ítu
s con su asistente ejecutiva, Carla Herrera. El mundo se tambaleó y luego se vino abajo. Esa misma mañana, un pequeño aleteo
mi cabeza. Conduje sin rumbo, pero la finca en Valle de Bravo, nuestro hogar, me atraía como un imán. No buscaba consu
é desde la distancia, el calor era un extraño consuelo contra el frío que me calaba los huesos. Na
r. El aire de San Miguel de Allende era fresco, limpio, tan diferente de los verano
olvió al presente. Señaló un folleto brillante sobre
o y en negritas, me miraba desde el registro de huéspedes. Mi mundo, tan
, más ancho, con un mechón plateado en las sienes que no tenía hace cinc
en mí. Se quedó helado. La risa murió en sus labios, reemplazada por una expres
nexpresivo, una más
-dije, con voz firme, sin delata
ante, luego otro, sin
urro, un fantasma de un pasa
tensa y formal-. Debe confundirme co
con el ceñ
areces exacta
a. Una mujer estaba a su lado, con la mano entrelazada en su brazo. Carla. Sus ojos, entre
ble, señor Roth -dije, mi voz goteando una ironía qu
, buscando algo. Parecía inseguro, perdido. E
e cinco años, salió corriendo de detr
tengo
zura empalagosa que m
cariño -miró a Damián, y luego a
le insistió, con voz
de mí, sacudiendo l
a, con una ternura cuidadosamente construida en s
iosidad a algo más frío. Apretó más fuerte el brazo de D
os, entró saltando al vestíbulo desde la trast
podemos ir
ció de su rostro. Miró a Emma, luego a mí, y de nuevo a Emma, una pregunta aterradora formándose en las prof
nas un aliento. Las palabras quedaron suspendid

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