mo se cuenta el de un héroe de cuento, se le atribuían hazañas que jamás había realizado, simplemente porque parecían plausibles viniendo de él. Su madre, ya anci
tés insistencia, como se rechaza un alimento del que ya no se tiene hambre. No era que despreciara el amor - era más b
paz de resistírsele, ni un solo territorio que no hubi
ecer por entero al dios de la caza - no prestadas, como el resto del bosque, sino poseídas en cuerpo y alma. Ningún cazador, desde hacía generaciones,
ás antigua, más obstinada, que quizá se remontaba a aquella noche en que había gritado al cielo tras la muerte de su padre: quería saber si existía, en algún lugar, un
sin decírselo a nadie
no de sus pasos. Los árboles allí eran más viejos, más retorcidos, cubiertos de un musgo tan oscuro que parecía casi negro.
dido, desde hacía tiempo, a hacerse invisible a sus ojos. Comenzaba a pensar, no sin cierta decepción, que quizá había
rlo, como se sigue un rastro
dorada de lo que debería dejar pasar semejante espesur
bargo, recorrido por un brillo que ninguna cabellera humana debería poseer. No parecía haber notado su presencia, o quizá fingía simplemente ignorarl
de una reina, la mirada de una bestia salvaje alojada en un rostro de una dulzura casi insoportable. Incluso la manera en que se sostenía, en que sus pies desnudos
ó por fin el rostro hacia él - sin sorpresa, sin miedo, como si lo hubiera esperado desde e
ma como el agua a sus pies, y sin embargo cargada de una autoridad tr
e una certeza, incluso antes de que tuviera tiempo de razonarlo: aquella mujer no era de sangre común. Se hallaba, pensó, an

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