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vuelo desde Milán se había retrasado tres horas, y durante todo el trayecto solo había tenido una prisa: llegar a c
ntrato vital para la fábrica textil que dirigía-la única parte del imperio Delvaux que aún llevaba, en secreto, la marca de su propio
la recibió con un
e llaves, tembló ligeramente al ver a Catalina
tá Samuel?
egado. La señorita Flora e
conocida, casi rutinaria ya, que había aprendido a ignorar. Dej
e colores, con la lengua asomada por la concentración. Al ver a su madre,
de los niños que aún no saben medir el peso de una ausenc
marillo brillante. Sonrió, pero algo en ella se congeló ante esa imagen t
-Besó la frente de su
a llegar para la cena pero llamó, di
iernes por la noche. La noch
encontrar, aunque fuera una nota sobre la mesa, un gesto, una señal. No había nada. Ni siquiera un mensaje en su teléfono, mientras su
de Sa
Conocía sus costumbres: cuando no llegaba y no respondía, solía estar en el restaurante El
Milán-el que se había prometido usar esa noche
vés del escaparate, vio primero la silueta familiar de Samuel, su traje gris
nunca le había visto dirigir a nadie más que a Samuel. No era una reunión de trabajo. No había ningún documento sobre la me
hacía meses, tal vez años. Extendió la mano y apartó un mechó
cera, la mano sobre la manija de
parte de ella, la más joven, la más ingenua-la que se había casado con Samuel con la certeza d
írle a otra mujer la noche de su cumpleaños, y sintió que algo extraño ocurría de
regresó a la vill
scribió ni una carta de reproches ni una lista de agravios. Redactó, con una calma que la sorprendió a ella misma, la solicitud de separación de
cajón con llave de su escritorio. Todavía no era el momento
dido: ya no quería solo irse. Quería entender. Entender desde cuándo, entender por qué, y sobre todo, entende
s dos años, y su ascenso fulminante ya había hecho rechinar más de un diente-incluido el de Beatriz, la mejor amiga de Cata
un instante en la oscuridad, y por primera vez
da hubiera pasado. Pero dentro de ella, algo ac
r de ahora, iba a
inua

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