img La doble vida de la secretaria  /  Capítulo 4 La voz en la penumbra | 40.00%
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Historia

Capítulo 4 La voz en la penumbra

Palabras:1288    |    Actualizado en: 09/09/2026

re la alfombra al lado de la cama de Emma, con la espalda apoyada contra la pared. El cuerpo le pedía a gritos cerrar los ojos aunque fuer

en cuando. Chloe la observaba con ternura desde la penumbra. Detrás de todo el dinero de su padre y la estricta dis

gitada. Emma empezó a mover las manos en el aire

.. -murmuró la pequeña con una

rientada. Un grito ahogado le salió del pecho y rompió la calma de la noche. La niña comenzó a hiperventilar, temblando de los p

oy -dijo Chloe rápidamente, mantenie

pretaba los puños contra las orejas, sofocada por el miedo. Intentar tocarla en ese estado podía ser peor, así que Chloe record

mente la cara hasta la nariz y empezó a mecerse suavemente. Luego, dejó salir un hilo de voz, dul

te, mi

noche y

ellas en

dieron s

ipio, los sollozos de Emma eran tan fuertes que casi ahogaban las palabras, pero Chloe no se det

mas a la

iento se

os ojito

í me qu

s y giró despacio la cabeza hacia Chloe. Sus ojos grandes y llorosos se clavaron en la figura de la niñera en medio de la osc

e, se dejó caer hacia adelante, buscando refugio en el pecho de Chloe. Chloe la acogió entre sus brazos con de

habitación no estaba completamente cerrada. Ha

omo una sombra imponente, Julian

para entrar y enfrentar la habitual crisis que ninguna niñera anterior había sabido manejar. P

ción podía ver a la niñera -aquella chica de uniforme gris que no decía una sola palabra de m

a falsedad de la gente que solía rodearlo. Era una voz llena de una c

sentía un segundo de paz. Su vida se había convertido en una guerra diaria de balances financieros, abogados, presiones de la junta directiva y el dolor constante de ver a su hija apa

la oscuridad, Julian sintió cómo un peso enorme se le desprendía del pecho. Una extraña sensación de alivio, una c

entos y pausados otra vez. Emma se había quedado profundamente

a sobre las almohadas y la cobijó hasta el cuello. Le acarici

ás en la sombra del pasillo, ocultándose en la penumbra para no se

es de salir. Todo estaba en calma, bañado apenas por la luz tenue del recibidor. No not

ro, se pasaba una mano cansada por la frente y regresaba a sentarse en el sillón

el menor ruido. Al entrar, se apoyó de espaldas contra la puert

ababa de hacer en un par de horas lo que docenas de especialistas y médicos no lograron en un año. Le había

a y tomó una decisión rápida. Se prometió a sí mismo que, no importaba el costo ni

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