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Capítulo 1 El Testamento Definitivo

Palabras:1182    |    Actualizado en: Hoy, a las 09:00

ro observaba las gotas deslizarse por el cristal con una expresión indescifrable. Su postura era rígida, impecable dentro de su traje negro hecho a medida. A sus veintiocho años, ya e

steniendo un maletín de cuero. Benito conocía a su jefe lo suficientemente bien como par

aba un grueso fajo de documentos con manos temblorosas. Arturo había sido el confident

su voz grave y autoritaria resonando en las paredes revesti

niños, la dueña de su lealtad absoluta y de su corazón. Su plan era simple: tomar el control del sesenta por ciento de las acciones que su abuelo poseí

quitándose las g

uelo no es tan sencillo como esperabas. Don

rse en su tono-. Él y yo construimos la expansión de esta empresa juntos dur

ibles: propiedades menores donadas a la caridad, fideicomisos para empleados leales y una generosa suma para Isabel

Tragó saliva y miró hacia la esqu

n una silla de respaldo bajo, casi mimet

a era tan recta como la de Javier, pero sus ojos oscuros, fijos en sus propias manos entrelazadas sobre su regazo, parecían vacíos, resignados. Javier sintió una punzada de asco al verla. Camila,

lla aquí? -exigió Javier, señaland

tipula la transferencia del paquete mayoritario de acciones de Industrias Mon

zó una sonr

ar las acciones, el control de las cuentas en el extranjero y la presidencia de la junta directiva, Javier Montenegro deberá contraer m

asfixiante. El sonido de la lluvia

un grito, pero la letalidad en su voz hiz

r ciento de las acciones pasará a un fondo ciego de caridad y

cayó hacia atrás con un estruendo sordo. Sus ojos,

stro. No había triunfo ni malicia. Solo una inmensa y profund

ador acechando a su presa-. Tú envenenaste la mente de ese ancian

se detuvo a escasos centímetros de ella. Podía oler el ligero aroma a vainilla que despr

peraba en altura, ella no retrocedió. Sostuvo

olor de una herida que llevaba quince años sangrando en silencio-. Y si crees que d

l con el puño cerrado-. ¡Has envidiado a Isabel t

ez salvó del fuego, el mismo que ahora la miraba como si fuera la peor escoria de la tierra. Cuando vo

l respaldo de la silla-. Las reglas de tu abuelo están sobre la mesa. Firma el contrato y

irmes. Antes de salir, se giró levemente, ofrecié

el altar, fu

olor. En ese instante, bajo la sombra de la tormenta, tomó una decisión inquebrantable. Se casaría con ella. Firmaría ese maldito papel para proteger el futuro de

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