ÍTU
o. Desde entonces marcaba las once y veinte de la noche, y todo lo que hacía con los relojes posteriores -los relojes del cas
ual era poco para su nivel y bastante para el de la rubia que le pasaba la mano por el muslo cada vez que él
o whisky.
eñ
tr
, llev
vamos
a, s
rillo en una sala donde estaba prohibido fumar y nadie iba a
ia se
surró al oído, con el tono de qu
no la
N
¿por
dos meses contigo y todavía no te has
é re
no pr
abrió la pue
s porque eran las caras de los guardaespaldas de su abuelo desde que te
mo. Su abue
que estoy
a petició
la respue
ner que ins
do a montar en bici a los seis años. Tenía una cicatriz en la ceja que él se había hecho con
nta seria. ¿Cuánt
iciente
ho qué pasa
, s
ue te despida s
sas palab
más o
menos
nicero. Apartó la mano de la rubia
hacer que Ramón pierda el tra
ie tuviera que sostenerlo, porque Máximo Salvatierra llevaba cinco a
lla en la limusina
es
va a recibir ol
bien, no me habría hecho ven
alla,
oalla se quedó marrón. La dejó en el suelo
ión Salvatierra en
esperaba en
uesta era la sonrisa que Máximo le recordaba desde lo
, her
eja
qué te ha lla
N
sa
sé, Ale
n venir. Pasa. Está en el despacho. Te reco
del primer tramo con la espalda recta. Llegó arriba con la respi
medio fumar en el cenicero. Y una mirada que Máximo, durante un segundo entero, no supo si era de de
ént
ro esta
cho que t
sen
e has en
herm
estoy en el Royal. Luc
que tú mismo, Máximo.
para encender otro cigarrillo. Es
os a hablar no se habl
puro de su abuelo, lo cual era una falta de
veintioc
o
cinco
o
este último año. He pagado a una embajada para que no te aparezca una foto en una página de socie
ti
s vamos a pone
do ninguna sol
ías veintitrés años y te recog
quedó mu
co años. La tercera vez era ahora, y la usaba como las viejas pistolas que
sábado -dij
erd
s. La nieta de Rafael. La conoces de
s de
acerlo, hij
o. ¿Estás bien? ¿Te tomas tus pastillas?
uc
signif
mbio te entrego el Grupo Salvatierra. El día que nazca el niño. No antes. No menos. Te entrego setecientos millones de euros de empresa y te quito a Alejandro de e
No fue una risa
hijo a una parapléjica. Tampoco
ado. Lo de los hijos lo hablan los dos después. Tienen un año. Y un año, h
i me
año al hospital donde nadie te identifica para que tu nombre no aparezca en ningún registro de paciente. Y cancelo también la lista del taller donde se reparó el coche aquella noche. La list
no se
lada larga, despacio, como un hombre que
alda sin pedirte nada. Hoy te lo pid
ce
sa
de acuerdo. Te dije sí porque no
ejo c
lgo
l, sobrio, afeitado y vestido. Si bebes una sola gota antes del sí,
ten
Vete a
tenía la cabeza ya en otra cosa. En una carpeta. En un papel. En cualquier cosa que no f
bu
im
lla n
é no
ste? ¿Por qué pagaste todo eso? ¿P
a vieja. Esperada hacía cinco años. Mil veces ensa
nietos se les saca de las calles mojadas. Au
es una r
ica que t
mo s
a visto nunca pero cuyo apellido conocía como si fuera el suyo. Anabe
co
pe
ta el coxis. Una sospecha pequeña. Estúpida. Imposible. Una de esas sospechas que un ho
bidor sin pe
ro ya n
nde de la entrada reflejaba la escalera, Alejandro Salv
r el otro imperio del país. Acababa de darle a Máximo, en bandeja, el
o -murmuró al
espacio, son
setenta y ocho años. Y porque las bo

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