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Historia

Capítulo 3 Cálculo frío

Palabras:1397    |    Actualizado en: 19/05/2026

mente alto en el silencio del despacho. Al trazar la última letra de su nombre, Sien

La pieza final

us manos, extendiéndose por sus brazos hasta llegar a su pecho. Siena bajó la cabeza, ocultando el rostro entre las palmas, y liberó u

oz rasgada por una desesperación que habrí

epredador en la cúspide de la cadena alimenticia, y el son

por el contrato, sino extraídas del pozo profundo del duelo por su padre. Usó ese dolor crudo y antiguo para alimentar la farsa del presente. Cuando

ahogara en su propia angustia durante unos largos y tortuosos segundos, estableciendo firmemente quié

nal a sus espaldas, sumergiendo a Siena en su sombra. Rodeó el escritorio de obsidiana

una mezcla fría de vetiver, cedro y algo me

ro que se había pegado a la mejilla húmeda de la mujer. El contraste entre e

dido su libertad a cambio de su futuro. Es el trato más justo que firmará en su vida. Séquese esas lágrimas. Las

sillo de su chaqueta y lo dejó caer sobre el reg

secó el rostro, asintiendo mecánicamente, con l

la mujer rota que busca desesperadamente complacer a su n

quier brecha emocional que pudiera haberse abierto-. Mi asistente, el señor Thorne, la está esperando afuera. Le entregará un teléfono co

slizándolo dentro de una carpeta de c

a solo lo estrictamente necesario, lo que tenga un valor sentimental real. El resto de su guardar

ñor Bla

n en los de ella con una intensidad posesiva-. Frente al resto del mundo, e

.. D

un simple gesto de la mano.

e roble macizo con pasos vacilantes, manteniendo la cabeza baja y los hombros encogidos. Al salir al pasillo, el asistent

o la mirada fija en los números digitales que disminuían, obligándose a seguir temblando ligera

uertas giratorias para el deleite silencioso de los guardias de seguridad. Salió a la calle y el estrue

abarrotada de gente, dejándose tragar por la multitud anónima que se apresuraba en la hora pico. Bajó las escaleras h

letes rota, en un rincón mal iluminado y fuera de

uridad del metro, l

nderezaron lentamente, estirando la columna hasta adoptar una postura letal y orgullosa. Siena respiró hondo, un suspi

ervaba el aroma a vetiver y poder. Lo arrugó sin piedad dentro de su

ances financieros de todos los que lo rodeaban, acababa de abrirle la puerta principal de su fortaleza a la arqui

il grueso, un modelo descartable y encriptado que Camila le había proporcionado la noc

de texto rápido a un

mpletado. El rey me acaba de

és, la pantalla se iluminó

todas en una sola transferencia masiva hace dos minutos.

jeta negra brillante y el teléfono seguro de la empresa. Sopesó el plástico d

poder pagar un tratamiento, mientras Dante Blackwood

e podía ver a través del cemento y el acero, directamen

e -susurró al vacío de la estación-. D

dirigió hacia el andén. Era hora de hacer las maletas; el in

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