ME IN
ro Ma
. Esa mujer era un total enigma y, al analizarla en persona, la impresión que me causó fue aún mayor. Es una mujer
osté en mi gran sillón, cuando de repente la puerta de mi ofic
nnifer golpeó mi escritorio y sus ojos azules se
tengas un título profesional y, por lo que veo, el único título que obtendrás será el de madre soltera. La miré de arriba abajo, irritado. Con solo 22
loquees mis cuentas. Tengo necesidades, g
s que ese imbécil no tiene dinero para hacerlo? Ah, cier
a los tobillos. Además, hermanito, debe estar revolcándose en
dolor de otra mujer, una que acababa de perder a su hi
ciste, J
ión con Valentino para que abandone
de un rojo intenso mien
felicidad a expensas de
ma. ¿Por qué la
te no es por ella por quien estoy preocupado, Jennifer. ¡La que me preocupa eres tú! No quiero perderte, y menos a manos de
nudillos blanquecinos parecía
voca, ella es la que hace que le pegue y la tra
alidad de las cosas. Estás enamorada de un hombre que es demasiado malo. Herm
razón, pero definitivamente estaba cegada por el amor.
dejes en paz. Soy adulta, y si no me devuelvesno, te ordeno que te alejes de Valentino. Soy tu herma
ó furiosa y sac
-Jennifer salió de mi oficina, dando un fuerte portazo
idas para siempre. La única persona que podía ayudarme era Katherine Olson. Si ella lo
. Ella tenía que escucharme; estaba en sus manos evitar
sta dirección, por favo
or, como
algo peculiar y estaba muy por encima de los estándares de una familia promedio qu
ucé el umbral, tocando el timbre en la en
el timbre de nuevo y, otra vez, no obtuve respuesta. Una oscura premonición se apoderó de mí, llenándome de nervios. Intenté forz
scando a
ndro Mackenzie. ¡Katherine! -l
r cómo vivían, empecé a recorrer cada rincón de la casa. Cada espacio era frío y p
era evidencia de un abandono obv
tación de invitados, y no vi nada fuera de lo común. Al final del pasillo, había una habitación con la puerta entreabierta. A medida que me acercaba, mi corazón palpitaba co
mida, ¿o tal vez muerta? Junto a ella estaba su teléfono celular y un frasco de pastilla
nchas púrpuras de los golpes que el salvaje le había dado. Quería desmayarme; me hubiera gustado agarra
s brazos y encontré la puerta pri
, ayúdeme,
puerta trasera y me ayudó a colocarla en el asient
ercy, a la parte de med
ro,
er pensamientos nefastos y confusos. Katherine tenía 25 años y yo 41. Tragué saliva con arrepentimiento por encontrar atractiva a
e volviera en sí, pero no reacc
avor, resiste -repetía, ac
eflejaba demasiada tristeza, y me conmovió sa
a la clínica. Rigoberto me ay
ce que se intoxicó o intent
fermera desde lejos-. Por favor
saron las horas mientras permanecía allí; aunque perfectamente podría haber llamado a Valentino, no tenía forma de explic
Jennifer tenía un corazón de piedra. Lo peor era que ella también corr

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