como si evaluara cada costura del vestido. No hubo tiempo para respirar; ant
ra en la pista. Qui
par se desmoronaba, atrapado en esa red de expectativas familiares
nca había mostrado su pecho de manera tan evidente, bajó la mirada con timidez, avergonzada de la atención que despertaba. Él exte
la mano, se adentraron en la pista. Ella, con el vestido que no había elegido, con la vida que no
el centro, mientras Darío, con paso seguro, extendía la mano hacia Amelia. Ella la aceptó c
, inclinándose apenas hacia ell
inceridad o como parte de la puesta en escena. Sus labios se entrea
arío parecía decidido a no dejarle espacio para retrocede
en voz baja, tan solo para que ella lo escuchara-.
responder. Lo que no pudo evitar fue notar el aroma que lo envolvía: un perfume cálido, especiado, que despertó en ella sensaciones que prefe
ibir su tensión, ace
nerviosa -susurró-. D
os no eran lo que él creía, pero se contuv
oy acos
vez en toda la noche, Amelia sintió que el tiempo se ralentizaba; el murmullo de los invitados parecía lejan
el hechizo, y Amelia apartó la mirada al instante, volviendo a
rlo. Rieron, conversaron animadamente, brindaron con él. Darío, corté
migos, Amelia deslizó la servilleta sobre la mesa, fingiendo que iba al baño. Se levant
pasillo lateral del salón. El murmullo de los invitados quedaba atrás, la música sonaba lejana.
peraba. Un hombre mayor, de cabello plateado y porte digno, la
cálida, firme, con
la, sintiendo cómo toda
dejó envolver en ese abrazo que olía a hogar, a infan
-preguntó con suavidad, apartándose sol
vivido demasiado, tomó sus manos y, con un gesto que evocaba los tiempos en que bailaban en el
para seguir el ritmo -rió apenas, con ternura-. Sie
ó los labios
ora, abuelo.
gó de
pedimos, pero nos da lo que necesitamos. No cierres tu corazón antes de tiemp
ojos enrojecidos, int
uiero enamo
ió con me
eces simplemente sucede. Dale una oportunidad, mi
se clavaron como un peso dulce y doloroso. Sintió que, una vez más, su intento de huir se había
rició su meji
no te vean como una fug
do entre la ternura y la desesperación, volvió sobre sus pasos, sabien

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