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as y su estructura imponente parecían devorar las nubes, proyectando una sombra fría sobre las calles concurridas del distrito financiero. Para cualqu
culosamente la noche anterior. No era ropa; era una armadura. A sus veintiséis años, conseguir el puesto de Jefa de Marketing en una de las firmas de inversión y desarrollo más agresivas del p
controlado del vestíbulo principal. El interior era una exhibición obscena de riqueza y minimalismo: mármol blanco, detalles en cro
entras los números digitales marcaban su ascenso hacia el piso cuarenta y cinco, su estómago dio un vuelco. Repasó mentalmente su discurso de pr
rajes impecables se movían con una urgencia palpable, hablando en susurros urgentes o tecleando fre
na voz femenina la s
e unos treinta años, con gafas de montura estr
yo. Bue
rado-. Su oficina está al final del pasillo, pero no hay tiempo para que se instale. La junta directiva trime
ajustando el as
do. Esto
ados, Chloe bajó ligeramente la voz, lanzan
xcelentes recomendaciones de su antigua agencia, pero aquí las cosas func
el ceño. -¿El
reestructuración del departamento tras el despido de su predecesor. Solo... sea directa. No divague. Si él hace una
tono profesional, aunque la advertencia de Chloe había
da. Las revistas de negocios lo describían como un genio financiero; los tabloides lo llamaban "El Rey de Hielo". Era famoso por su aversión a la prensa, su carácter implacable y una política de tolerancia cero hacia los errores. Y, según los ru
eó suerte con un asentimiento tenso y se marchó apresuradamente. Elara t
ios ventanales que ofrecían una vista vertiginosa de la ciudad. Una docena de ejecutivos ya estaban sentados, murmurando entre ellos en tonos bajos, revisan
s cerca del extremo inferior de la mesa. Abrió su maletín, sacó su tableta y su cuade
eve en
golpe. Fue tan repentino que Elara levantó la vista, sorprendida por el silencio sepulcral que había
la sala de junt
tación pareció descender
con una presencia física tan arrolladora que parecía hacer que la enorme sala se encogiera a su alrededor. Llevaba un traje negro hecho a medida que se ajustaba a la perfección a unos hombros anchos y un pecho
u frente, dándole un toque salvaje que contrastaba con la severidad de su ropa. Su mandíbula era cuadrada, tensa, cu
ilencio era ensordecedor. Arrojó una carpeta sobre el mármol negro
re la mesa y, finalme
ofundo y tempestuoso, que parecían hechos de acero fundido. Había una frialdad cortante en esa m
os -dijo
o de sonido que resonaba directamente en el pecho de quienes lo escuchaban. Elara sintió un escalofrío involuntario recorrer su esp
illian no se sentó. Se mantuvo de pie, escuchando con una expresión indescifrable mientras su mirada gris comenzaba a barrer
ible. La presencia de Killian irradiaba una energía tan densa que era casi
nces,
wood se detuvo. Ya no esta
dejarse intimidar en su primer día, y
o distante e ininteligible. Durante un segundo interminable, solo existieron esos ojos grises chocando contra los de ella. El
lido por una intensidad tan abrasadora y posesiva que Elara sintió como si una mano invisible le apretara la garganta. No era la mirada de un jefe evaluando a una nueva em
aferró al borde de la mesa de mármol. Su pecho subió y bajó en una resp
jo vientre, traicionando todo su profesionalismo, toda su preparación. En ese cruce de miradas, silencioso
ababa de romperse en mil pedazos, y ni siq
e tensó hasta parecer tallada en granito mientras volvía su at
ad de una frase. Su voz sonó más ronca, más áspera qu
lla. Pero la única mirada que importaba, la que quemaba como fuego s
Pero mientras se ponía de pie, sintiendo el peso de la tormenta en los ojos de Killian, supo con u

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