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Historia
El Precio de tu Libertad

El Precio de tu Libertad

Autor: S. Mejia
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Capítulo 1 El peso del apellido

Palabras:1839    |    Actualizado en: 15/04/2026

lvo centenario era el único perfume que Al

enéficas, siempre del brazo de algún heredero insípido con más fondos fiduciarios que personalidad. Esa era la jaula de cristal que le había sido asignada al nacer. Pero Alessia había renunciado a ese mundo de sonrisas plásticas y alian

do en la mezcla exacta de solventes químicos. Lo rodaba con una paciencia infinita sobre la superficie agrietada de un óleo sobre tabla de finales del siglo XVII. Milímetro a milímetro, retiraba la m

a de solvente, y siglos de historia podrían disolverse para siempre. Aquí, en el silencio sepulcral de su estudio, aislada del frenesí metropolitano, ella no era el codiciado "trofeo" de la é

alor de los seres humanos pura y exclusivamente por la cantidad de ceros a la derecha en sus cuentas bancarias offshore y la influencia que podían ejercer en las juntas directivas. P

s galerías enteras para decorar nuestros pasillos y luego nos olvidamos de que existen", le había espetado la noche que el

rtenecía solo a ella. Su galería de arte, modesta en tamaño pero sumamente elitista en su curaduría, junto con su reputación internacional emergente como restauradora, le proporcionaban los ingresos suficientes para sostener su propia

el rostro con los residuos de la pintura. Suspiró profundamente, enderezando la espalda y sintiendo el crujido familiar en sus lumbares tras cuatro horas de estar e

de los negocios multimillonarios de Piazza degli Affari. El cielo se había tornado de un gris plomizo y una lluvia fina comenzaba a repiquetear contra l

emente. Estaba a s

sesperado de la campanilla de la puerta principal destr

e un estallido brusco y violento que hizo que Alessia diera un respingo. La pesada puerta de caoba maciza de la galería fue empujada con una fuerz

ien admirando arte. Eran erráticos, pesados, tropezando de forma torpe y frenética contra el ec

trico, negándose a permitir que el susto arruinara su obra, pero su corazón ya había comenzado a latir con una cadencia acelerada. Se limpió las manos apresur

nventario. Si desea concertar una cita para una eval

tos de veces murieron decapitadas en su garganta

de incalculable valor histórico a las que no prestaba ni la más mínima atención,

su p

ncia avasalladora, un titán. Alto, de hombros anchos que nunca se encorvaban y una postura erguida que exigía sumisión instantánea. Emanaba una arrogancia

parecía un espectro demacrado, un anciano decrépito que llevaba pue

papada por la lluvia exterior y colgaba torcida de sus hombros caídos de manera antinatural. Su corbata de seda italiana, siempre anudada con una precisión matemática que rozab

angre de Alessia se helara en sus venas,

como si sus pulmones hubieran olvidado cómo procesar el oxígeno. Finas gotas de sudor frío y brillante perlaban su frente y sus sienes, mezclándose con las gotas de lluvia. Y sus ojos... esos ojos

abandonó sus labios como un

s. Dio un paso apresurado hacia adelante, la preocupación desplazando cualquier sombra de resentimiento. Lo primero que cruz

ia casi a la carrera-. ¿Estás enfermo? ¿Es tu

i intentara agarrarse a una cuerda invisible para no hundirse en el abismo. Miró a su alrededor con movimientos paranoicos y espasmódicos

y dolorosamente quebrada, como si llevara horas

tro de él, la confusión l

tro de la tarde, la cerra

! ¡Baja las persianas de acero

atónita. No era el tono de autoridad condescendiente de un patriarca furioso al que estaba tristemente acostumbrada. Era e

cumplir la orden absurda y bajar las pesadas persianas metálicas que aislar

nadie, se había derrumbado sobre el suelo de madera de su pequeña galería. Estaba de rodillas, con la cabeza enterrada entre sus m

lienzos y restauraciones se resquebrajaba irrevocablemente. La normalidad acababa de morir en su suelo, y cualq

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